Si parás hoy en el malecón de Valle de Bravo y mirás el lago, estás mirando un paisaje que no existía hace un siglo. Bajo esas aguas donde navegan veleros hubo antes tierra firme, laderas de labranza y caminos que se hundieron para siempre cuando el hombre decidió embalsar el río. La postal que enamora a la Ciudad de México —el pueblo de casas blancas y tejados rojos asomado a un espejo de agua— es, en realidad, el resultado de una de las mayores obras de ingeniería del México del siglo XX. Antes de todo eso, sin embargo, hubo montaña, bosque de pino y pueblos que llevaban aquí más de mil años.
La región de Valle de Bravo, en el occidente del actual Estado de México, estuvo habitada en tiempos prehispánicos por pueblos como los matlatzincas y mazahuas, que aprovechaban los recursos de un entorno de montañas, bosques y valles templados. La zona, ubicada en una transición entre el Altiplano y las tierras bajas hacia el sur, formaba parte de un mosaico cultural complejo, en contacto con la influencia mexica y, hacia el occidente, con el ámbito purépecha de Michoacán.
Tras la conquista española, la evangelización de la región corrió a cargo de los frailes franciscanos, que en el siglo XVI fundaron el asentamiento en torno a un convento y un templo dedicados a San Francisco de Asís. El lugar fue conocido durante mucho tiempo como San Francisco del Valle de Temascaltepec, en referencia a la jurisdicción minera de Temascaltepec a la que estuvo vinculado.
Durante el período colonial, el pueblo se desarrolló como una población de montaña, con economía agrícola, forestal y ligada a la actividad minera de la región. Su clima templado, sus bosques y su entorno natural definieron desde el principio el carácter del lugar, asentado en una ladera con vistas al valle.
En el siglo XIX, ya consumada la Independencia y en el marco de la organización del país, la población cambió su denominación colonial por la de Valle de Bravo. El añadido 'de Bravo' rinde homenaje a Nicolás Bravo, destacado militar y político de la época de la Independencia y de los primeros años de la República mexicana, que llegó a ocupar la presidencia en varias ocasiones.
A lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, Valle de Bravo siguió siendo un pueblo de montaña relativamente apartado, dedicado a la agricultura, la ganadería y el aprovechamiento forestal, con su vida organizada en torno a la plaza y el templo de San Francisco. Su belleza natural y su arquitectura tradicional de casas blancas con tejados rojos se fueron consolidando como sus señas de identidad.
El pueblo conservó así, durante mucho tiempo, su carácter rural y tranquilo, sin imaginar la transformación radical que traería, en pleno siglo XX, una gran obra de ingeniería que cambiaría para siempre su paisaje y su destino.
El acontecimiento que transformó por completo a Valle de Bravo fue la construcción, a mediados del siglo XX, de la presa Miguel Alemán, una gran obra hidroeléctrica que formaba parte del sistema destinado a generar energía y a regular las aguas de la región para abastecer al centro del país. La presa embalsó las aguas en el valle, creando el extenso lago artificial que hoy es el alma del lugar.
La aparición del lago cambió radicalmente el paisaje y la vocación del pueblo. Lo que había sido una población de montaña se convirtió en un destino acuático, con un espejo de agua rodeado de montañas que pronto atrajo a aficionados a la vela y los deportes náuticos, así como a familias de la Ciudad de México que buscaban un lugar de descanso a una distancia razonable de la capital.
A partir de entonces, Valle de Bravo inició su transformación en lugar de villas de fin de semana, clubes náuticos y turismo, combinando el encanto de su pueblo tradicional con las nuevas actividades en torno al lago. El descubrimiento, además, de las excelentes condiciones para el vuelo libre lo convirtió con el tiempo en un referente internacional del parapente.
En las décadas más recientes, Valle de Bravo se consolidó como uno de los destinos de escapada más populares y sofisticados del centro de México. La combinación de un pueblo bonito de casas blancas y tejados rojos, un lago para deportes acuáticos, montañas y bosques para senderismo, parapente y ciclismo, y la cercanía con los santuarios de la mariposa monarca, lo convirtieron en un imán para los habitantes de la Ciudad de México y para visitantes de otros lugares.
El pueblo desarrolló una notable oferta de hoteles boutique, restaurantes de autor, galerías y comercios de diseño, adquiriendo un aire elegante y bohemio que convive con su carácter tradicional y su mercado local. Su incorporación al programa de Pueblos Mágicos reconoció oficialmente su valor turístico, cultural y natural.
Hoy, Valle de Bravo encarna una mezcla particular: la del antiguo pueblo franciscano de montaña transformado por el lago en un destino de naturaleza, deporte y descanso. Su belleza, su clima y su ambiente lo mantienen como una de las escapadas favoritas del país en cualquier época del año, especialmente en invierno, cuando suma el espectáculo de las mariposas monarca.
Hay un capítulo en la historia de Valle de Bravo que trasciende el turismo y la naturaleza, y que lo inscribió en la memoria cultural de todo un país: el Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, celebrado los días 11 y 12 de septiembre de 1971 en el valle de Avándaro, junto al pueblo. Concebido inicialmente como el marco musical de una carrera de autos, el evento desbordó por completo cualquier previsión: se calcula que reunió a entre 100.000 y 300.000 jóvenes, una multitud descomunal para el México de la época, que convirtió al pequeño valle en un mar de gente durante dos días de lluvia, barro y música.
Sobre el escenario pasaron bandas mexicanas de rock que cantaban en inglés y en español —Three Souls in My Mind (después El Tri, de Alex Lora), Los Dug Dug's, Peace and Love, El Epílogo, entre otras—, y el festival quedó bautizado por la prensa como el «Woodstock mexicano». Fue un estallido de contracultura, libertad y juventud que ocurría apenas tres años después de la matanza estudiantil de Tlatelolco de 1968, en un país gobernado con mano dura.
La reacción del poder fue inmediata y feroz: el gobierno y los medios conservadores condenaron el festival como un símbolo de decadencia moral, y siguió una era de represión conocida como el «avandarazo», que durante años empujó al rock mexicano a la clandestinidad de los «hoyos fonqui». Por eso, cuando hoy se pasea por el tranquilo y exclusivo Avándaro, cuesta imaginar que este mismo lugar fue, por un fin de semana, el epicentro de la mayor sacudida cultural de la juventud mexicana del siglo XX.