Antes de llamarse Tulum, la ciudad se conocía como Zamá, palabra maya que suele traducirse como 'amanecer' o 'mañana'. El nombre describe a la perfección su emplazamiento: la urbe mira al este, hacia el Caribe, de modo que cada día el sol nace sobre el mar frente a sus templos. Para los mayas, una cultura profundamente atenta a los ciclos del cielo, una ciudad orientada al amanecer y consagrada en parte al planeta Venus —la 'estrella de la mañana'— tenía un fuerte sentido simbólico y ceremonial.
El nombre con el que hoy la conocemos, Tulum, es más tardío y de carácter descriptivo: en maya yucateco significa 'muro', 'cerca' o 'recinto amurallado', en referencia a la muralla que rodea el núcleo monumental por tres de sus lados (el cuarto da al acantilado y al mar). Esa muralla, de hasta cinco metros de alto y varios de ancho, con estrechas entradas y pequeñas torres, convierte a Tulum en una de las pocas ciudades mayas fortificadas que se conservan, y es lo que le dio su nombre moderno.
Tulum se levanta sobre un acantilado de unos doce metros de altura, en la costa oriental de la península de Yucatán, en lo que hoy es el estado de Quintana Roo. Esa posición —rara entre las ciudades mayas, casi todas del interior— respondía a su función: Tulum fue ante todo un puerto, una ciudad de cara al mar, pensada para controlar y aprovechar las rutas comerciales marítimas que recorrían el Caribe.
Aunque en la zona hay vestigios de ocupación más antiguos —una estela hallada en el sitio lleva una fecha del siglo VI d.C.—, Tulum como ciudad floreció sobre todo en el Posclásico Tardío, entre los siglos XIII y XV, ya en la última gran etapa de la civilización maya, después del colapso de las grandes capitales clásicas como Tikal o Calakmul. Fue, por tanto, una ciudad 'joven' dentro del mundo maya, contemporánea de la llegada de los españoles.
Su razón de ser era el comercio. Tulum funcionó como puerto y centro de redistribución de una extensa red de intercambio que conectaba, por mar y por tierra, el Golfo de México con Centroamérica. Por sus playas y embarcaderos pasaban canoas cargadas de sal, miel, cera, algodón, jade, obsidiana, conchas, cacao (que servía además como moneda) y otros bienes de lujo. La ciudad estaba integrada al cacicazgo (provincia) de Ecab y mantenía estrechos vínculos con otros centros de la costa y del interior, como Cobá, a la que se conectaba por antiguos caminos (sacbés).
El núcleo amurallado concentraba los principales templos y los edificios de la élite gobernante y sacerdotal, mientras que la mayor parte de la población vivía fuera de la muralla, en viviendas más sencillas. Entre los edificios destacan El Castillo —el templo más alto, que asomado al acantilado pudo funcionar como faro para guiar a las canoas a través de una abertura del arrecife—, el Templo de los Frescos, con sus pinturas murales, y el Templo del Dios Descendente, con la enigmática figura de una deidad que baja del cielo, uno de los motivos más característicos de Tulum.
Cuando los europeos comenzaron a explorar la costa de Yucatán, Tulum todavía estaba habitada y activa. En 1518, la expedición española de Juan de Grijalva navegó frente a la costa oriental y avistó la ciudad amurallada. Las crónicas de la época, como las del cronista Juan Díaz, describen con asombro una población grande, con torres y edificios blancos, que algunos compararon con ciudades de la España de entonces. Fue uno de los primeros encuentros visuales de los europeos con una urbe maya en pie.
La conquista española no destruyó Tulum directamente con las armas, pero sí desencadenó el proceso que llevó a su abandono. La irrupción europea trajo enfermedades epidémicas —viruela, sarampión, gripe— ante las que la población indígena no tenía defensas, provocando una mortandad catastrófica. Al mismo tiempo, la conquista desarticuló las redes de comercio marítimo que daban sentido a la ciudad: sin ese tráfico de canoas, un puerto como Tulum perdía su razón de ser.
A lo largo del siglo XVI y comienzos del XVII, Tulum fue despoblándose. Es posible que siguiera teniendo cierta vida ceremonial o un uso esporádico durante un tiempo, pero como centro urbano dejó de funcionar. La selva fue ganando terreno sobre los templos y la ciudad cayó en el olvido para el mundo exterior, aunque las comunidades mayas de la región nunca dejaron del todo de conocerla y, durante la Guerra de Castas del siglo XIX, la zona volvió a tener significado para los mayas rebeldes.
Tulum volvió a la atención del mundo occidental a mediados del siglo XIX, de la mano de dos figuras claves en la historia de la arqueología maya: el explorador y escritor estadounidense John Lloyd Stephens y el artista y dibujante inglés Frederick Catherwood. En sus célebres viajes por Centroamérica y Yucatán, la pareja documentó decenas de sitios mayas, y en 1841 llegaron a Tulum.
Stephens describió la ciudad amurallada y Catherwood la dibujó con su característica precisión, dejando algunas de las primeras imágenes detalladas del sitio. Esos dibujos y relatos, publicados en obras como 'Incidents of Travel in Yucatan' (1843), tuvieron un enorme impacto: revelaron al público de Europa y Estados Unidos la magnitud y la sofisticación de la civilización maya, en una época en que muchos aún atribuían esas ruinas a otros pueblos. Tulum, con su muralla y sus templos sobre el mar, se convirtió en una imagen icónica de ese mundo redescubierto.
A lo largo del siglo XX, el sitio fue objeto de exploraciones y trabajos arqueológicos más sistemáticos, y el Estado mexicano, a través del INAH, asumió su protección, estudio y apertura al público. La conservación de sus frescos y estructuras frente a la erosión del mar y al enorme flujo de visitantes ha sido, desde entonces, un desafío constante.
A lo largo del siglo XX y, sobre todo, desde el desarrollo turístico de la Riviera Maya en las décadas finales, Tulum pasó de ruina olvidada a uno de los sitios arqueológicos más visitados de México, solo por detrás de Teotihuacán y Chichén Itzá. Su combinación única —ruinas mayas, acantilado y playa caribeña— lo convirtió en una postal mundialmente reconocible y en parada obligada de excursiones desde Cancún, Playa del Carmen y los cruceros.
Ese éxito trajo aparejados problemas: la enorme afluencia de visitantes, el crecimiento desordenado del pueblo y la zona hotelera de playa, y la presión sobre un entorno natural frágil (cenotes, selva, arrecife y tortugas marinas que anidan en sus arenas). Para ordenar el sitio y proteger el ecosistema, el gobierno federal impulsó la creación del Parque del Jaguar, inaugurado a partir de 2023, que integra la zona arqueológica, áreas naturales protegidas, senderos, playas y un nuevo museo, el Museo de la Costa Oriental.
La nueva gestión modificó la forma de acceso y los cobros: hoy el visitante paga la cuota del INAH por la zona arqueológica y, además, la entrada al parque (CONANP), con un transporte interno opcional. En 2025 las tarifas se actualizaron, con valores diferenciados para extranjeros, nacionales y residentes. Tulum vive así una tensión muy contemporánea: la de un patrimonio milenario que debe conservarse mientras recibe a millones de visitantes y convive con uno de los desarrollos turísticos más intensos del Caribe.