Mucho antes de que existiera ciudad alguna, la región del extremo noroeste de la actual Baja California estaba habitada por pueblos originarios de cultura yumana, principalmente los kumiai (también escrito kumeyaay), cuyo territorio se extendía a ambos lados de la actual frontera entre México y Estados Unidos. Eran pueblos seminómadas que vivían de la caza, la recolección y la pesca, y que conocían profundamente el territorio de cañadas, costa y montaña de la región.
El propio nombre 'Tijuana' está rodeado de teorías y se vincula con esa raíz indígena. La hipótesis más aceptada sostiene que deriva de un topónimo de la lengua kumiai, posiblemente relacionado con un paraje o un manantial de la zona. Existen, sin embargo, otras explicaciones populares —algunas más fantasiosas que rigurosas— que circulan desde hace más de un siglo, lo que vuelve el tema un clásico de debate local.
Durante el período colonial y los primeros tiempos del México independiente, esta región fue tierra de ranchos. El antecedente directo de la ciudad fue el Rancho Tijuana, una propiedad ligada a la familia Argüello, una de las familias terratenientes de la Alta y Baja California. Sobre esas tierras ganaderas, alejadas de los grandes centros del país, nacería con el tiempo la ciudad fronteriza.
La Tijuana moderna nació en el contexto del crecimiento de la frontera norte de México en el siglo XIX. Tras la guerra entre México y Estados Unidos y el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848), la línea fronteriza quedó trazada muy cerca de estas tierras, lo que con el tiempo convertiría a la región en un punto estratégico de contacto entre los dos países.
La fundación oficial de la ciudad suele datarse el 11 de julio de 1889, fecha en que se considera que quedó formalizado el trazado urbano del poblado sobre las tierras del Rancho Tijuana, ligadas a la familia Argüello. Ese acto, vinculado a acuerdos entre los propietarios de las tierras, marca el inicio simbólico de Tijuana como asentamiento planificado, aunque en sus comienzos era apenas una pequeña localidad fronteriza.
Durante sus primeras décadas, Tijuana creció lentamente como un poblado de paso, beneficiado por su cercanía con la creciente región de San Diego, en California. La llegada del ferrocarril y de los caminos, y el desarrollo turístico del sur de California, fueron acercando cada vez más visitantes estadounidenses a la frontera, sentando las bases de lo que sería su vertiginoso crecimiento en el siglo XX.
El gran salto en la historia de Tijuana llegó con la Ley Seca (Prohibition) en Estados Unidos, vigente entre 1920 y 1933, que prohibió la producción y venta de bebidas alcohólicas en ese país. Para los estadounidenses del sur de California, cruzar la frontera hacia Tijuana se convirtió en la manera de seguir disfrutando del alcohol, los casinos, las carreras de caballos y los espectáculos que en su país estaban prohibidos.
Tijuana vivió entonces su 'época dorada' como destino de placer y entretenimiento. Se levantaron bares, cantinas, salones de juego y, sobre todo, el emblemático complejo del Casino Agua Caliente, inaugurado en 1928: un lujoso resort con casino, hotel, hipódromo, spa y campo de golf que atrajo a estrellas de Hollywood y a la alta sociedad estadounidense. La ciudad se hizo célebre —y a la vez se cargó de una fama de ciudad pecaminosa— gracias a este turismo de frontera.
El fin de la Ley Seca en 1933 y, poco después, la prohibición de los casinos por parte del gobierno mexicano (en el sexenio del presidente Lázaro Cárdenas) golpearon esa economía del entretenimiento. El Casino Agua Caliente cerró y la ciudad debió reinventarse. Pero la huella de aquella época —la imagen de Tijuana como destino de diversión y la cultura de la calle y el turismo fronterizo— quedó marcada para siempre en su identidad.
A partir de mediados del siglo XX, Tijuana experimentó uno de los crecimientos demográficos más acelerados de América Latina. La ciudad se convirtió en imán de migrantes internos provenientes de todo México, atraídos por las oportunidades de empleo, por la cercanía con Estados Unidos y por la posibilidad de cruzar la frontera. Muchos llegaban con la intención de pasar al país vecino, y un buen número terminaba quedándose, lo que hizo de Tijuana una ciudad de migrantes y de enorme diversidad de orígenes.
Un factor decisivo de ese crecimiento fue el desarrollo de la industria maquiladora a partir de la década de 1960, con el Programa de Industrialización Fronteriza. Las maquiladoras —fábricas que ensamblan productos para exportación, aprovechando la mano de obra y la cercanía con el mercado estadounidense— se multiplicaron en Tijuana, convirtiéndola en uno de los grandes polos industriales del país y generando un flujo constante de trabajadores.
Este crecimiento vertiginoso transformó a Tijuana en una metrópoli, pero también trajo grandes desafíos: expansión urbana desordenada, asentamientos irregulares en las cañadas, presión sobre los servicios y, más adelante, los problemas de seguridad asociados a la frontera. Aun así, la ciudad consolidó una identidad propia: trabajadora, mestiza, binacional y resiliente, forjada en el cruce permanente de personas, mercancías y culturas.
Pocos lugares del mundo encarnan tan bien la idea de frontera como Tijuana. Junto con la ciudad estadounidense de San Diego, forma una de las regiones metropolitanas transfronterizas más pobladas y dinámicas del planeta, y la garita de San Ysidro, que las conecta, es considerada uno de los cruces fronterizos terrestres más transitados del mundo, con decenas de millones de cruces al año.
La vida de Tijuana está marcada por ese contacto permanente con Estados Unidos. Miles de personas cruzan a diario la frontera para trabajar, estudiar, comprar o visitar a sus familias en ambos lados de la línea. Esa realidad binacional se refleja en la economía, en el idioma (con una fuerte presencia del 'spanglish'), en la gastronomía y en una cultura híbrida que no es del todo mexicana ni estadounidense, sino genuinamente fronteriza.
El muro fronterizo, que en Playas de Tijuana se interna en el océano Pacífico, se convirtió en uno de los símbolos más potentes y a la vez más controvertidos de la ciudad, escenario de murales, manifestaciones artísticas y reflexiones sobre la migración. Tijuana es, en definitiva, una ciudad de paso y de llegada, de despedidas y de encuentros, una urbe que vive su condición de frontera como su rasgo de identidad más profundo.
En las últimas dos décadas, Tijuana protagonizó una notable transformación que cambió su imagen ante México y el mundo. Tras años marcados por la fama de la frontera y por episodios de violencia ligados al narcotráfico, la ciudad encauzó un renacimiento cultural y, sobre todo, gastronómico, que la posicionó como uno de los destinos más creativos del país.
El mayor protagonista de ese renacimiento es la cocina. Tijuana se consolidó como una de las capitales gastronómicas de México y como cuna de la cocina 'baja med', una corriente que fusiona los productos del mar de Cortés y del Pacífico, las verduras y el vino del cercano Valle de Guadalupe, y técnicas e influencias mediterráneas, mexicanas y asiáticas. A esto se sumó un boom de la cerveza artesanal que convirtió a la ciudad en uno de los grandes polos cerveceros del país, y la revalorización de su comida callejera, con sus famosos tacos y mariscos.
La renovación también alcanzó a la cultura y al espacio urbano: la Avenida Revolución y sus pasajes (como el Pasaje Rodríguez) se llenaron de galerías, arte urbano, librerías y cafés; floreció una escena de música, diseño y arte contemporáneo; y el Centro Cultural Tijuana (CECUT) afianzó su papel como faro cultural. La Tijuana del siglo XXI se reinventó así como una ciudad joven, mestiza y vanguardista, orgullosa de su condición fronteriza y de su mesa.