El nombre de Taxco proviene del náhuatl 'Tlachco', palabra que la mayoría de las fuentes relacionan con el juego de pelota mesoamericano: suele traducirse como 'lugar del juego de pelota' o 'lugar donde se juega a la pelota'. La raíz 'tlachtli' designaba precisamente la cancha de ese juego ritual tan extendido en Mesoamérica, lo que sugiere que el asentamiento prehispánico de la zona pudo tener un campo de juego o estar asociado a esa actividad.
Con la llegada de los españoles y la castellanización de los topónimos indígenas, 'Tlachco' se transformó por adaptación fonética en 'Taxco', forma con la que se conoce hasta hoy. Es el mismo tipo de proceso que sufrieron tantos nombres de lugares mexicanos al pasar del náhuatl al español.
El nombre completo oficial del municipio es 'Taxco de Alarcón', apellido que se añadió en honor a Juan Ruiz de Alarcón, célebre dramaturgo del Siglo de Oro español nacido en esta región (a comienzos del siglo XVII), una de las grandes figuras del teatro en lengua castellana. Así, el topónimo de Taxco une en sus palabras la herencia prehispánica del juego de pelota y el homenaje a una gloria literaria local.
Antes de la llegada de los españoles, la región de Taxco estaba habitada por pueblos de la zona montañosa del actual Guerrero, integrados en las redes de poder y comercio mesoamericanas. En el periodo de auge del imperio mexica, los asentamientos de esta región quedaron bajo su dominio y figuraban entre las comunidades que rendían tributo a Tenochtitlan.
Entre los productos que la región aportaba al tributo mexica, las fuentes mencionan bienes propios de la zona, y es muy probable que ya entonces se conociera y explotara, al menos de forma incipiente, la riqueza mineral de estas montañas. La presencia del nombre 'Tlachco' (ligado al juego de pelota) apunta a la existencia de una vida ceremonial y comunitaria organizada en la zona.
Esta integración en el mundo mesoamericano y, sobre todo, la riqueza mineral del subsuelo serían determinantes para el destino de Taxco: cuando los españoles llegaran a la región, lo que despertaría su interés de inmediato no sería el juego de pelota ni el tributo, sino la promesa de los metales preciosos que esconderían aquellas montañas, en especial la plata que daría fama mundial al pueblo siglos más tarde.
Tras la conquista de México, los españoles dirigieron muy pronto su atención hacia las montañas de Taxco al conocerse la existencia de yacimientos de plata y otros metales. Ya en las décadas siguientes a la caída de Tenochtitlan, la región se convirtió en uno de los primeros reales de minas de la Nueva España, atrayendo a buscadores de fortuna, mineros y comerciantes.
La explotación minera del siglo XVI dio origen al asentamiento colonial y a las primeras edificaciones. Por la zona pasaron y operaron figuras vinculadas a la minería temprana del virreinato, y se establecieron las labores que extraían la plata de las vetas de la sierra. La minería marcó desde el principio la fisonomía del pueblo: su trazado se adaptó a la ladera empinada donde se concentraban las minas y las viviendas, dando lugar al laberinto de calles que hoy lo caracteriza.
La relación de Taxco con la plata sería de altibajos a lo largo de los siglos, con periodos de gran bonanza seguidos de fases de agotamiento de las vetas y decadencia. Pero el sello quedó marcado para siempre: Taxco nació, como pueblo colonial, de la minería de la plata, y a ella debería tanto su mayor esplendor en el siglo XVIII como su renacimiento en el siglo XX.
El gran momento de esplendor de Taxco llegó en el siglo XVIII, y está unido a un nombre: José de la Borda. Este minero, de origen francés (su apellido original era Laborde), llegó a la región y, tras años de trabajo y de descubrir vetas extraordinariamente ricas, acumuló una de las mayores fortunas de la Nueva España. A él se atribuye la célebre frase, quizá apócrifa, 'Dios da a Borda, y Borda da a Dios', que resume su relación entre la riqueza minera y la devoción religiosa.
Como muestra de agradecimiento por la fortuna que le habían dado las minas de Taxco, José de la Borda financió por completo la construcción de la iglesia de Santa Prisca, levantada en un tiempo asombrosamente corto (hacia 1751-1758). El resultado es una de las obras maestras absolutas del barroco churrigueresco mexicano: una fachada de cantera rosa exuberantemente labrada, dos altas torres, una cúpula de azulejos y un interior deslumbrante con retablos completamente recubiertos de hoja de oro y pinturas de Miguel Cabrera.
Santa Prisca convirtió a Taxco en un pueblo monumental y dejó testimonio del nivel de riqueza que la plata podía generar. La familia Borda, además, dejó huella en otros lugares (como el Jardín Borda de Cuernavaca). Aquel siglo de oro minero, sin embargo, no duraría para siempre: tras el auge, las vetas más ricas se fueron agotando y Taxco entró en un largo periodo de decadencia que se prolongó durante buena parte del siglo XIX.
Tras el esplendor del siglo XVIII, Taxco vivió una larga decadencia. El agotamiento de las vetas más productivas, sumado a las convulsiones del siglo XIX —la guerra de Independencia, las luchas internas— hicieron que la minería perdiera fuerza y que el pueblo quedara como un hermoso conjunto colonial detenido en el tiempo, sin la pujanza económica de antaño. Esa misma 'detención', sin embargo, preservó su arquitectura y su trazado, que llegarían intactos al siglo XX.
El renacimiento de Taxco llegó en la década de 1930, y otra vez de la mano de la plata, pero por un camino nuevo: el diseño y la artesanía. El estadounidense William Spratling (en México, Guillermo Spratling), arquitecto y artista, se instaló en Taxco y tuvo una idea decisiva: en lugar de limitarse a extraer la plata, había que transformarla en joyería y objetos de diseño. Spratling abrió talleres, formó a artesanos locales y combinó la tradición platera con motivos y técnicas inspirados en el arte prehispánico y popular mexicano.
El éxito fue rotundo. Los diseños de Spratling y de los talleres que surgieron a su alrededor dieron a Taxco fama internacional y convirtieron al pueblo en la capital de la platería de México. Generaciones de plateros mantuvieron y desarrollaron el oficio, y la plata pasó a ser el motor económico y la seña de identidad del lugar. Spratling es recordado hoy con un museo que lleva su nombre.
El Taxco actual vive en buena medida de su belleza y de su plata. Su excepcional conjunto urbano colonial —el trazado de calles empedradas, las casas blancas de tejados rojos, la iglesia de Santa Prisca— está protegido como patrimonio, y el pueblo fue incorporado al programa de Pueblos Mágicos de la Secretaría de Turismo de México, distinción que reconoce a las localidades con atributos especiales que las hacen únicas.
La platería sigue siendo el corazón económico y cultural del lugar. Las calles del centro están repletas de talleres y tiendas, y cada año se celebra la Feria Nacional de la Plata, que reúne a los mejores artesanos en concursos y exposiciones, manteniendo viva y en constante renovación la tradición iniciada por Spratling. La artesanía de plata de Taxco se exporta y es reconocida en todo el mundo.
A esto se suman su rica vida religiosa y festiva —con celebraciones muy tradicionales, especialmente en Semana Santa— y un turismo que llega atraído por la combinación de paisaje, historia y compras. Bien comunicado con la Ciudad de México, Cuernavaca y Acapulco, y cerca de maravillas naturales como las Grutas de Cacahuamilpa, Taxco se ha consolidado como uno de los pueblos coloniales más queridos y visitados de México: un lugar donde la plata, la fe y la piedra se funden en un escenario inolvidable.