Una ciudad no cambia de nombre todos los días, y menos para llamarse como uno de sus hijos. Morelia lo hizo: durante casi tres siglos se llamó Valladolid, hasta que en 1828 decidió honrar a José María Morelos —nacido entre sus calles— rebautizándose con su apellido. Pero la historia de esta capital de piedra rosada empieza mucho antes, en un valle que ya tenía dueño cuando llegaron los españoles.
La ciudad fue fundada en 1541 con el nombre de Valladolid, por orden del primer virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, en el antiguo territorio del señorío purépecha de Michoacán. La región había sido el corazón de uno de los pueblos más poderosos del México prehispánico, los purépechas o tarascos, cuya capital, Tzintzuntzan, se alzaba a orillas del lago de Pátzcuaro y cuyo imperio nunca fue conquistado por los mexicas.
La fundación de Valladolid respondió al deseo de la Corona y de las autoridades novohispanas de crear un núcleo de población española que equilibrara el peso de Pátzcuaro, la primera capital regional impulsada por el obispo Vasco de Quiroga. Con el tiempo, Valladolid fue ganando preeminencia y se convirtió en la sede del poder civil y eclesiástico de la provincia, desplazando a Pátzcuaro como capital hacia 1580.
La ciudad se construyó siguiendo el trazado en cuadrícula característico de las urbes coloniales, y muy pronto adoptó como material distintivo la cantera rosa, una piedra volcánica de la zona que da a sus edificios el inconfundible tono rosado que perdura hasta hoy. Templos, conventos, colegios y casonas se levantaron con esta piedra, dotando a Valladolid de una unidad arquitectónica tan rara como valiosa: pocas ciudades del continente están construidas casi enteramente con una sola piedra.
Durante los siglos XVII y XVIII, Valladolid vivió su época de mayor esplendor. Como sede de la diócesis de Michoacán, concentró un notable poder religioso que se tradujo en la construcción de templos, conventos y, sobre todo, de su gran catedral. Levantada a lo largo de más de un siglo y concluida hacia mediados del siglo XVIII, la catedral de cantera rosa, con sus altas torres gemelas, se convirtió en el símbolo de la ciudad.
Valladolid fue también un importante centro educativo. Allí funcionó el Colegio de San Nicolás —heredero de la institución fundada por Vasco de Quiroga, considerada una de las casas de estudios más antiguas del continente—, que formaría a destacadas figuras. La ciudad albergaba además el seminario, conventos de distintas órdenes y una vida cultural intensa para los estándares de la época.
A mediados del siglo XVIII se construyó la otra gran obra de ingeniería de la ciudad: el acueducto, promovido por el obispo Fray Antonio de San Miguel para mejorar el abastecimiento de agua. Sus más de 250 arcos de cantera y la arbolada calzada que lo acompaña son, junto con la catedral, las imágenes más reconocibles del patrimonio vallisoletano.
Valladolid tuvo un papel relevante en los albores de la Independencia de México. En sus colegios y seminarios se formaron varios de los protagonistas de la insurgencia, entre ellos Miguel Hidalgo y, sobre todo, José María Morelos y Pavón, nacido en la ciudad en 1765. Morelos, antiguo alumno del Colegio de San Nicolás, se convertiría en uno de los más grandes líderes militares y políticos del movimiento insurgente tras la muerte de Hidalgo, autor de los célebres 'Sentimientos de la Nación'.
Durante la guerra de Independencia, iniciada en 1810, Valladolid fue escenario y objetivo de las campañas insurgentes, y la región michoacana vivió intensamente el conflicto. La memoria de sus hijos próceres quedó profundamente arraigada en la identidad de la ciudad.
En 1828, ya consumada la Independencia, el Congreso del estado decretó cambiar el nombre de Valladolid por el de Morelia, en honor a José María Morelos, su más ilustre hijo. Desde entonces la ciudad lleva ese nombre, que la vincula para siempre con la gesta independentista y con la figura del Siervo de la Nación.
A lo largo de los siglos XIX y XX, Morelia consolidó su papel como capital del estado de Michoacán y como uno de los principales centros culturales del occidente mexicano. La ciudad creció, modernizó parte de su infraestructura y desarrolló instituciones educativas de prestigio, como la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, heredera del antiguo Colegio de San Nicolás.
Uno de los grandes méritos de Morelia fue la conservación de su extraordinario conjunto arquitectónico colonial. A diferencia de otras ciudades que demolieron su patrimonio en aras de la modernización, Morelia logró mantener la armonía de su centro histórico de cantera rosa, con cientos de edificios catalogados. En reconocimiento a ese valor, en 1991 la Unesco inscribió el centro histórico de Morelia en la lista del Patrimonio de la Humanidad.
En las décadas recientes, Morelia ha sumado a su patrimonio una vibrante vida cultural contemporánea, con festivales de proyección internacional como el Festival Internacional de Cine de Morelia y el Festival de Música, además de una gastronomía michoacana muy valorada. Capital señorial, cuna de próceres y ciudad de cantera rosa, Morelia es hoy uno de los grandes destinos coloniales de México y la puerta de entrada a las maravillas de Michoacán.
Si el siglo XVIII dio a Morelia su catedral y su acueducto, el siglo XX y el XXI le dieron su alma cultural moderna. En 1917, en plena Revolución, el antiguo Colegio de San Nicolás se transformó en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, una de las universidades públicas más importantes del occidente de México, que convirtió a la ciudad en un polo estudiantil y le dio ese aire joven y bullicioso que contrasta con la solemnidad de sus fachadas de cantera.
El reconocimiento de la Unesco en 1991 no fue un punto final, sino un impulso. A partir de esa fecha, Morelia apostó por su patrimonio como motor cultural y turístico. En 2003 nació el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), que en pocos años se convirtió en el certamen cinematográfico más prestigioso de México y en una plataforma clave para el cine mexicano contemporáneo, con la presencia habitual de directores como Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu. Cada octubre, las salas y plazas de la ciudad se llenan de estrenos, retrospectivas y público.
A ese festival se sumó, ya desde 1989, el Festival de Música de Morelia Miguel Bernal Jiménez, dedicado a la música de cámara y sacra, que aprovecha la acústica de los templos coloniales. Y por debajo de todo late la gastronomía michoacana, reconocida por la Unesco en 2010 como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad dentro de la 'cocina tradicional mexicana': las carnitas, las corundas y uchepos, las enchiladas morelianas, la sopa tarasca y la dulcería de ate y morelianas que se vende a granel en el Mercado de Dulces.
Hoy, Morelia combina las dos caras que la hicieron: la ciudad señorial de piedra rosa, cuna de próceres y sede episcopal, y la capital cultural viva, universitaria y golosa, que sigue siendo la mejor puerta de entrada a las maravillas de Michoacán, desde el lago de Pátzcuaro hasta el santuario de la mariposa monarca.