Mucho antes de que existiera Mexicali, la región del delta del río Colorado, donde el gran río desemboca en el golfo de California, estaba habitada por pueblos originarios, principalmente los cucapá (cucapah o cocopah), un pueblo de cultura yumana cuya vida giraba en torno al río. Los cucapá vivían de la pesca, la caza y una agricultura de aluvión que aprovechaba las crecidas del Colorado, que periódicamente fertilizaban las tierras del delta. Eran, en cierto sentido, 'el pueblo del río'.
El paisaje de la región era extremo: un desierto cálido y árido atravesado por el río Colorado, que en su parte baja formaba un fértil delta. Esa combinación de desierto y agua sería, andando el tiempo, la clave del nacimiento de la ciudad: el desierto inhóspito podía transformarse en tierra agrícola si se lograba encauzar y distribuir el agua del río.
Durante los siglos coloniales y los primeros tiempos del México independiente, esta región remota del extremo noroeste del país permaneció escasamente poblada y al margen de los grandes acontecimientos nacionales. Solo a fines del siglo XIX y comienzos del XX, con los proyectos de irrigación del valle, comenzaría a poblarse y a tomar forma la ciudad que hoy conocemos.
Mexicali nació a comienzos del siglo XX al calor de los grandes proyectos de irrigación del valle del río Colorado. Compañías estadounidenses, interesadas en convertir el desierto en tierra agrícola, construyeron canales para desviar y distribuir el agua del Colorado, dando origen a un fértil valle de cultivo (especialmente de algodón) que se extendía a ambos lados de la frontera. Para trabajar esas tierras se necesitaban poblaciones y mano de obra, y así surgieron, una frente a la otra, dos ciudades fronterizas gemelas.
La fundación oficial de Mexicali se ubica el 14 de marzo de 1903. Del lado estadounidense de la línea creció Calexico, y del lado mexicano, Mexicali. Los nombres de ambas son un juego espejado de las palabras 'México' y 'California': Calexico (California + México) y Mexicali (México + California), un reflejo perfecto de su naturaleza de ciudades hermanas separadas por la frontera y unidas por el mismo valle agrícola.
En sus primeros años, Mexicali fue un poblado agrícola y fronterizo en pleno crecimiento, marcado por la economía del algodón y por la llegada de trabajadores de muy distintos orígenes. La ciudad se construyó, literalmente, sobre la idea de hacer florecer el desierto gracias al agua del río Colorado, una hazaña de ingeniería hidráulica que definió su destino.
Uno de los capítulos más singulares y definitorios de la historia de Mexicali es la llegada de la inmigración china. A comienzos del siglo XX, las compañías que desarrollaban el valle agrícola necesitaban abundante mano de obra para abrir canales, desmontar tierras y cultivar el algodón. Una parte muy importante de esos trabajadores fueron inmigrantes chinos, que llegaron en gran número a la región y se convirtieron en pieza clave del desarrollo del valle.
Con el tiempo, muchos de esos trabajadores chinos se establecieron en el centro de Mexicali y crearon comercios, asociaciones, restaurantes y viviendas, dando origen a La Chinesca, el barrio chino más importante de México. La comunidad china dejó una huella profunda en la vida de la ciudad: en su comercio, en su cultura y, sobre todo, en su gastronomía, hasta convertir a Mexicali en la capital de la comida china del país.
Una particularidad fascinante de La Chinesca fue su desarrollo subterráneo: para escapar del calor extremo del verano, parte de la vida, el comercio y la vivienda del barrio se trasladó bajo tierra, a túneles y sótanos. La historia de la comunidad china en Mexicali no estuvo exenta de episodios duros —incluyendo períodos de discriminación y violencia antichina que se dieron en distintas partes de México en las primeras décadas del siglo XX—, pero su legado perdura como uno de los rasgos más distintivos de la identidad mexicalense.
A medida que crecía, Mexicali fue ganando peso político y administrativo dentro del territorio de la Baja California. En 1915, en plena Revolución Mexicana, la ciudad fue designada capital del entonces Distrito Norte de la Baja California, desplazando a otras poblaciones de la región y consolidándose como el centro de poder del extremo noroeste del país.
Durante las décadas siguientes, Mexicali se afianzó como capital política y como motor económico de la región, gracias a la agricultura del valle, al comercio fronterizo y, más tarde, a la industria. El gran salto institucional llegó a mediados del siglo XX: en 1952, el territorio del norte de la Baja California fue elevado a la categoría de estado libre y soberano de la federación, naciendo el estado de Baja California, y Mexicali fue ratificada como su capital.
Desde entonces, Mexicali ha desempeñado el papel de capital estatal, sede de los poderes de gobierno de Baja California y centro administrativo de un estado que incluye a ciudades más grandes en población, como Tijuana. Esa condición de capital le da a Mexicali un carácter institucional, universitario y burocrático que convive con su identidad agrícola, industrial y fronteriza.
A lo largo del siglo XX, la economía de Mexicali se sostuvo sobre tres pilares que siguen marcando su identidad: la agricultura del valle, la industria y el comercio de frontera. El valle de Mexicali, regado con las aguas del río Colorado, se consolidó como una de las grandes zonas agrícolas del noroeste de México, con cultivos como el algodón —emblema de sus primeros tiempos—, el trigo y las hortalizas, sostenidos por un complejo sistema de canales de riego.
Un tema sensible y recurrente en la historia de la región fue el reparto del agua del río Colorado entre México y Estados Unidos, regulado por tratados internacionales. Como el río nace y atraviesa en gran parte territorio estadounidense antes de llegar a México, la cantidad y la calidad del agua que finalmente alcanza el valle de Mexicali ha sido motivo de negociaciones y tensiones binacionales durante décadas, un asunto vital para una ciudad que vive del riego en pleno desierto.
A la base agrícola se sumó, en la segunda mitad del siglo, el desarrollo industrial, con la llegada de la industria maquiladora que aprovechó la frontera para instalar fábricas de exportación, generando empleo y atrayendo migrantes de todo el país. Todo ello, junto al constante intercambio con la vecina Calexico y el sur de California, hizo de Mexicali una ciudad profundamente fronteriza, donde la vida cotidiana —el trabajo, las compras, los estudios, las familias— transcurre a ambos lados de la línea.
La Mexicali del siglo XXI es una ciudad capital, multicultural y orgullosa de su singularidad. Su identidad se construye sobre la mezcla de orígenes —mexicanos de todo el país, descendientes de chinos, y la permanente influencia estadounidense de la frontera— y sobre una cultura local fuerte, con su propio acento, su música y sus tradiciones, como la histórica Fiesta del Sol.
La gran embajadora de Mexicali ante el resto de México sigue siendo su gastronomía. La comida china y sino-mexicana, herencia directa de La Chinesca, es su sello más reconocible y la convierte en un destino gastronómico de visita obligada. A ello se ha sumado en años recientes un notable auge de la cerveza artesanal, que ha hecho de Mexicali uno de los polos cerveceros del norte de México, junto a una sólida tradición de cocina norteña y de mariscos del cercano golfo de California.
La ciudad también ha apostado por revalorizar su patrimonio histórico, con proyectos de renovación de La Chinesca y de su centro, y por una vida cultural y universitaria activa, propia de una capital de estado. Lejos de los circuitos turísticos masivos de la península, Mexicali ofrece al viajero curioso una experiencia auténtica: una ciudad de desierto y frontera con una historia única, una identidad firme y una mesa que es, quizá, la mejor manera de conocerla.