La región donde hoy se levanta Mazatlán estuvo habitada en época prehispánica por pueblos originarios del noroeste de México, entre ellos los totorames, además de otros grupos de la costa y la sierra de la actual Sinaloa. Vivían de la pesca, la caza, la recolección y la agricultura, aprovechando la riqueza del litoral del Pacífico, sus esteros y su fauna.
El propio nombre de la ciudad delata su origen indígena: 'Mazatlán' proviene del náhuatl 'mazātl' (venado) y 'tlān' (lugar de), por lo que significa 'lugar de venados' o 'tierra de venados'. El topónimo refleja la abundancia de estos animales en la región en tiempos antiguos, y el venado sigue siendo hoy un símbolo de la ciudad (presente en monumentos y en el nombre de la cercana Isla de Venados).
Cuando los españoles llegaron a estas costas en el siglo XVI, durante las exploraciones del Pacífico mexicano, encontraron un litoral de gran belleza pero también de difícil colonización. A diferencia de otras regiones de México, el noroeste costero no tenía grandes centros urbanos prehispánicos, y el asentamiento de Mazatlán tardaría siglos en consolidarse como ciudad.
Durante la mayor parte del periodo colonial, Mazatlán no fue una ciudad propiamente dicha, sino un fondeadero y un punto en la costa del Pacífico de importancia secundaria. La región quedó integrada a las gobernaciones del noroeste novohispano, pero el asentamiento permaneció pequeño y disperso, sin el desarrollo de los grandes centros mineros o agrícolas del interior.
La bahía de Mazatlán, sin embargo, era un refugio natural para las embarcaciones que recorrían el Pacífico, y su posición la convirtió en un punto conocido por navegantes, comerciantes y también por piratas y corsarios que asolaban las costas del Pacífico en busca de los galeones y del comercio español. La tradición recuerda la presencia de bucaneros en estas aguas durante los siglos coloniales.
Fue recién hacia finales del periodo colonial y, sobre todo, tras la independencia de México, cuando Mazatlán empezó a despegar. Su excelente bahía y su ubicación estratégica en el Pacífico, en un momento de apertura del comercio internacional, lo convertirían en uno de los puertos más importantes del país durante el siglo XIX, atrayendo a una población e inversiones que transformarían para siempre al modesto asentamiento.
El siglo XIX fue la época dorada de Mazatlán. Con la independencia de México y la apertura del comercio internacional, el puerto creció hasta convertirse en uno de los más importantes del Pacífico mexicano, una puerta de entrada y salida de mercancías para todo el noroeste del país y para el comercio con Europa, Asia y América. Su actividad portuaria atrajo a comerciantes, marinos e inmigrantes de muchas nacionalidades.
Destacó especialmente la inmigración alemana: comerciantes y empresarios de origen alemán se establecieron en Mazatlán y dejaron una huella profunda en la ciudad. Fundaron casas comerciales, impulsaron la economía y, según la tradición, introdujeron dos elementos que hoy son emblemáticos de Sinaloa: la cerveza (Mazatlán tiene larga tradición cervecera) y, sobre todo, la música de banda con instrumentos de viento, que al fusionarse con la cultura local dio origen a la célebre banda sinaloense. También llegaron franceses, españoles, italianos y otros europeos.
Esta prosperidad se reflejó en la arquitectura: el Mazatlán del siglo XIX se llenó de elegantes casonas, edificios públicos y joyas como el Teatro Ángela Peralta (inaugurado en 1874 como Teatro Rubio) y la catedral, que hoy forman el bello Centro Histórico. Pero el siglo también trajo conflictos: por su importancia estratégica, el puerto fue bombardeado, bloqueado u ocupado en distintos episodios, como durante la intervención francesa y diversas guerras y revueltas internas. Pese a todo, Mazatlán se consolidó como una de las grandes ciudades del Pacífico mexicano.
Una de las tradiciones más arraigadas y famosas de Mazatlán es su Carnaval, que se celebra desde fines del siglo XIX y está considerado uno de los más antiguos de América y uno de los más grandes del mundo. Nacido de las celebraciones populares previas a la Cuaresma, el carnaval mazatleco fue creciendo y organizándose hasta convertirse en el evento más importante del calendario de la ciudad.
El Carnaval de Mazatlán tiene rasgos propios que lo distinguen: combina los desfiles de carros alegóricos por el malecón y la coronación de los reyes del carnaval con tradiciones cultas como los Juegos Florales (un certamen literario de poesía con larga historia) y la entrega de premios literarios, junto a manifestaciones populares como la 'Quema del Mal Humor' (la quema de un monigote que representa a un personaje del momento) y el 'Combate Naval' de fuegos artificiales sobre la bahía, que recuerda episodios históricos del puerto. La música de banda sinaloense es la banda sonora de toda la fiesta.
Durante varios días, en febrero o marzo, la ciudad entera se vuelca a la celebración, atrayendo a cientos de miles de visitantes. El carnaval es no solo una fiesta, sino una expresión profunda de la identidad mazatleca, que mezcla su herencia portuaria, su cultura musical y su alegría costeña. Hoy es uno de los principales atractivos turísticos de la ciudad.
A lo largo del siglo XX, Mazatlán consolidó su papel como uno de los grandes puertos del Pacífico mexicano y como un importante centro pesquero, especialmente camaronero (Sinaloa es líder en producción de camarón). La actividad portuaria, industrial y pesquera sostuvo el crecimiento de la ciudad, que se expandió notablemente.
Desde mediados del siglo XX, Mazatlán empezó a desarrollarse también como destino turístico de playa. La construcción de hoteles a lo largo de su costa, sobre todo en la llamada 'Zona Dorada', atrajo a un creciente turismo nacional e internacional, atraído por sus playas, su clima y su ambiente. Mazatlán se ganó el apodo de 'La Perla del Pacífico' y se convirtió en uno de los balnearios clásicos de México, además de escala frecuente de cruceros.
En las últimas décadas, la ciudad vivió un notable renacimiento de su Centro Histórico: tras años de cierto abandono, la restauración del casco antiguo del siglo XIX —con la recuperación del Teatro Ángela Peralta, la revitalización de la Plazuela Machado y la apertura de museos, galerías y restaurantes— devolvió el brillo a una de las zonas más bellas de la ciudad, convirtiéndola en un atractivo cultural de primer orden. Hoy, Mazatlán combina su alma de puerto trabajador, su tradición carnavalesca y musical, sus playas y su patrimonio histórico, ofreciendo al visitante un destino completo y con personalidad propia en el Pacífico mexicano.