Mucho antes de que Los Cabos fuera un destino turístico de fama mundial, el extremo sur de la península de Baja California estaba habitado por los pericúes (también llamados pericú o pericúe), un pueblo originario que ocupaba la región del Cabo y algunas islas del Golfo de California. Eran cazadores, recolectores y, sobre todo, hábiles pescadores y navegantes, que aprovechaban la enorme riqueza del Mar de Cortés y vivían en un entorno desértico y costero que exigía un profundo conocimiento del medio.
Los pericúes se organizaban en bandas seminómadas que se desplazaban según las estaciones y la disponibilidad de alimento, recolectando frutos del desierto como las pitahayas, mariscos, peces y caza menor. Construían balsas de juncos o troncos para navegar entre la costa y las islas, y dejaron testimonios de su cultura en pinturas rupestres y en sus prácticas funerarias, que llamaron la atención de los primeros europeos. Su lengua, hoy extinta, era distinta de las de otros pueblos de la península, lo que ha llevado a los estudiosos a debatir sobre su origen.
El contacto con los europeos resultó catastrófico para ellos. A partir del siglo XVI, con la llegada de expedicionarios y, más tarde, de los misioneros, los pericúes sufrieron el impacto de las enfermedades para las que no tenían defensas —como la viruela y el sarampión—, además de las tensiones con el sistema misional. En 1734 protagonizaron una gran rebelión contra las misiones (la llamada rebelión de los pericúes), que fue duramente reprimida. Entre las epidemias, los conflictos y el desarraigo, el pueblo pericú se extinguió como cultura diferenciada a lo largo del siglo XVIII, dejando como legado su huella en la arqueología y en la memoria del territorio.
La llegada europea al extremo sur de la península fue temprana. Tras la conquista de Tenochtitlan, Hernán Cortés impulsó una serie de expediciones marítimas para explorar el llamado 'Mar del Sur' (el Pacífico) y buscar nuevas tierras y riquezas. En 1535, el propio Cortés llegó a la bahía donde hoy está La Paz e intentó, sin éxito duradero, fundar un asentamiento. Durante un tiempo se creyó que California era una isla, idea que tardó en corregirse y que alimentó mapas erróneos durante décadas.
La región del Cabo adquirió importancia estratégica con una de las rutas comerciales más largas y ricas de la historia: la del Galeón de Manila (la Nao de China), que durante más de dos siglos unió Acapulco con Filipinas, trayendo sedas, porcelanas y especias de Asia. Los galeones, cargados de mercancías valiosísimas, navegaban frente a las costas de Baja California en su regreso hacia Acapulco, y el extremo de la península era uno de los puntos donde recalaban para reabastecerse de agua y víveres tras la travesía del Pacífico.
Esa riqueza convirtió las aguas del Cabo en territorio de piratas y corsarios. Navegantes ingleses y holandeses —como el célebre Thomas Cavendish, que en 1587 capturó un galeón cargado de tesoros cerca de Cabo San Lucas— acechaban la zona para asaltar a los galeones. Las ensenadas y bahías del extremo sur de la península servían de escondite y emboscada. Durante mucho tiempo, sin embargo, la región siguió siendo un territorio prácticamente despoblado por los europeos, recorrido por barcos pero sin asentamientos estables, hasta que llegaron los misioneros en el siglo XVIII.
La colonización efectiva del sur de la península no llegó de la mano de soldados ni de colonos, sino de los misioneros. A partir de 1697, los jesuitas iniciaron en Baja California una vasta empresa de evangelización, fundando una cadena de misiones que, durante el siglo XVIII, fueron los únicos núcleos de población estable europea en un territorio inmenso y árido. Las misiones combinaban la labor religiosa con la organización del trabajo, la agricultura y la ganadería, y se convirtieron en la base de la futura red de pueblos de la península.
En el extremo sur, la Misión de San José del Cabo Añuití fue fundada en 1730 por el jesuita Nicolás Tamaral, cerca de la costa y del estuario que todavía hoy existe. La ubicación tenía sentido estratégico: el lugar disponía de agua dulce y podía servir de punto de reabastecimiento para los galeones de Manila que pasaban frente al Cabo. La misión congregó a los pericúes de la zona en torno a la vida misional, con sus consecuencias dramáticas para esa población.
La convivencia fue tensa y, a veces, sangrienta. En la rebelión pericú de 1734, el padre Tamaral fue asesinado, y la misión vivió años difíciles. Cuando los jesuitas fueron expulsados de los dominios españoles en 1767, las misiones pasaron primero a los franciscanos y luego a los dominicos. Para entonces, las epidemias habían diezmado a la población indígena, y los asentamientos del Cabo —San José del Cabo y el caserío de Cabo San Lucas— quedaron como pequeñas poblaciones de pescadores y agricultores, lejos de los grandes centros de la Nueva España. Así seguirían, modestas y aisladas, durante todo el siglo XIX y buena parte del XX.
Durante la primera mitad del siglo XX, Cabo San Lucas y San José del Cabo seguían siendo poblaciones pequeñas y aisladas, dedicadas a la pesca y a la incipiente industria conservera. La península de Baja California, separada del resto del país por el Mar de Cortés y por enormes distancias desérticas, permanecía como una de las regiones más remotas de México, sin carreteras que la conectaran con el continente y con un acceso difícil.
El primer gran cambio llegó por el mar y por el aire, y de la mano de un atractivo muy concreto: la pesca deportiva. A mediados del siglo XX, las aguas del extremo sur, riquísimas en marlines, peces vela y dorados, comenzaron a atraer a deportistas, magnates y celebridades —muchos de ellos estadounidenses— que llegaban en yates y avionetas privadas en busca de capturas de récord. Se abrieron los primeros hoteles y campamentos de pesca, y Cabo San Lucas empezó a ganarse su fama de paraíso para los pescadores, un prestigio que con el tiempo le valdría el apodo de 'Capital Mundial del Marlín'.
Ese turismo de élite, exclusivo y de bajo volumen, fue el germen del Los Cabos moderno. Famosos de Hollywood y figuras del jet set internacional empezaron a frecuentar la zona, atraídos por el mar, el clima y la tranquilidad. Pero, mientras la pesca deportiva ponía a Los Cabos en el mapa de unos pocos privilegiados, la región seguía siendo de difícil acceso para el gran público. El despegue masivo solo llegaría cuando el Estado mexicano decidiera apostar por el turismo planificado y, sobre todo, cuando una carretera conectara por fin la península con el resto del país.
El gran salto de Los Cabos se produjo en la década de 1970, fruto de dos decisiones clave que transformaron a un remoto pueblo de pescadores en uno de los destinos turísticos más importantes de México. La primera fue la construcción de infraestructura: en 1973 se inauguró la Carretera Transpeninsular (la Federal 1), que recorre la península de Baja California de norte a sur, desde Tijuana hasta Cabo San Lucas. Por primera vez, era posible llegar por tierra al extremo sur de la península, lo que rompió siglos de aislamiento.
La segunda decisión fue la apuesta del Estado por el turismo planificado. En esos años, el gobierno mexicano creó el Fondo Nacional de Fomento al Turismo (FONATUR), el organismo encargado de desarrollar grandes destinos turísticos desde cero o casi. Igual que hizo con Cancún en el Caribe, FONATUR identificó el potencial de Los Cabos y promovió la creación de infraestructura, servicios y un Corredor Turístico entre San José del Cabo y Cabo San Lucas, sentando las bases para la llegada de grandes inversiones hoteleras.
A partir de entonces, el crecimiento fue acelerado. La construcción y ampliación del aeropuerto internacional, la llegada de cadenas hoteleras, resorts de lujo, campos de golf y all-inclusive convirtieron a Los Cabos en un destino de sol y playa de prestigio internacional, especialmente popular entre viajeros de Estados Unidos y Canadá. En 1981 se constituyó como municipio de Los Cabos, dentro del estado de Baja California Sur. Hoy, el destino combina ese desarrollo turístico de gran escala con su esencia original —el mar, la pesca, el desierto y las ballenas— y con el contraste entre la fiesta de Cabo San Lucas y la calma colonial de San José del Cabo. La huella de aquellos pericúes, galeones y misioneros sobrevive en los nombres y en la memoria de un lugar que sigue llamándose, con razón, el Fin de la Tierra.