Todas las misiones de California —las de Baja y también las célebres de la Alta California, hasta San Francisco— tienen un mismo punto de partida, y ese punto es este pequeño pueblo a orillas del Mar de Cortés. Pero mucho antes de que llegara el primer misionero, la región donde hoy se asienta Loreto ya tenía dueños: los cochimíes, uno de los pueblos originarios de la península de Baja California. Como sus vecinos del sur (pericúes y guaycuras), los cochimíes eran cazadores-recolectores y pescadores, magníficamente adaptados a un entorno árido y exigente, entre el desierto de la Sierra de la Giganta y las ricas aguas del Mar de Cortés. Vivían en pequeñas bandas, aprovechando los recursos del mar, los frutos del desierto y los oasis de la sierra.
El lugar donde se fundaría Loreto era conocido por los indígenas con el nombre de 'Conchó', topónimo que se conservó incluso en el nombre oficial de la misión (Nuestra Señora de Loreto Conchó). La presencia de agua dulce en la zona —un factor crítico en la árida península— fue determinante para que los misioneros eligieran este punto para su primer establecimiento permanente.
Los cochimíes, como los demás pueblos californios, dejaron un legado cultural notable, especialmente el arte rupestre de las sierras de Baja California: pinturas y petroglifos en cuevas y abrigos rocosos, entre los que destacan los monumentales murales de la Sierra de San Francisco, Patrimonio Mundial de la Unesco. Tras el contacto con los europeos, sin embargo, estos pueblos sufrieron un colapso demográfico devastador por las enfermedades y las transformaciones de la época misional, hasta prácticamente desaparecer como culturas diferenciadas.
El 25 de octubre de 1697, el misionero jesuita Juan María de Salvatierra fundó en Conchó la Misión de Nuestra Señora de Loreto, la primera misión permanente de toda la península de Baja California y el verdadero punto de partida de la colonización europea de las Californias. Tras casi dos siglos de intentos fracasados por establecerse en la península (desde el desembarco de Hernán Cortés en 1535), fue esta misión jesuita la que por fin echó raíces firmes y perduró.
Loreto se convirtió así en la 'Cabeza y Madre de las misiones de Baja y Alta California', como reza la inscripción de su iglesia. Desde este punto, los jesuitas organizaron y dirigieron, durante las décadas siguientes, la fundación de una cadena de misiones que se fue extendiendo por toda la península, evangelizando (y, a la vez, transformando dramáticamente) a los pueblos originarios, e introduciendo la ganadería, la agricultura y nuevas formas de vida. Loreto fue, además, la primera capital de las Californias, sede del poder civil y religioso de toda esa vasta región.
La empresa misional jesuita de Baja California, financiada en buena parte por el llamado 'Fondo Piadoso de las Californias', fue una de las más singulares de la América colonial: un territorio gobernado, en la práctica, por los misioneros. Durante 70 años, hasta 1767, Loreto fue el centro neurálgico desde el cual se construyó, misión a misión, la presencia europea en las Californias.
En 1767, una orden del rey Carlos III de España expulsó a los jesuitas de todos los dominios españoles, incluida la Baja California. Fue un golpe enorme para el sistema misional, que los jesuitas habían construido y dirigido durante 70 años desde Loreto. La administración de las misiones de la península pasó entonces a los franciscanos y, poco después, a los dominicos.
Fue precisamente desde Loreto donde comenzó uno de los capítulos más trascendentales de la historia de Norteamérica. En 1768-1769, el franciscano Fray Junípero Serra, que había asumido la dirección de las misiones de Baja California con sede en Loreto, partió hacia el norte como parte de la llamada 'Expedición Sagrada' (Sacred Expedition) para colonizar y evangelizar la Alta California (la actual California estadounidense). De esa expedición nacieron, a partir de 1769, las misiones de San Diego, Monterrey y, con el tiempo, toda la cadena de 21 misiones californianas que darían origen a ciudades como San Diego, Los Ángeles, San Francisco y otras.
Así, Loreto no solo fue la cuna de la Baja California, sino también el punto de partida de la colonización de la Alta California: el hilo que conecta este tranquilo pueblo sudcaliforniano con el origen del actual estado de California en Estados Unidos. La figura de Junípero Serra, canonizado como santo en 2015, sigue ligada —de forma celebrada y también debatida por su impacto en los pueblos originarios— a esta gesta que partió de Loreto.
Loreto se mantuvo como capital de las Californias durante más de un siglo, pero su preeminencia terminó a comienzos del siglo XIX. La península era un territorio expuesto a desastres naturales, y Loreto sufrió los embates de terremotos y, sobre todo, de un fuerte huracán que, hacia 1829, causó graves daños en la población y en sus edificios. A raíz de estos desastres y del declive de la actividad misional, la capitalidad de Baja California se trasladó a La Paz, que pasó a ser el principal centro del sur de la península.
Despeada de su rango de capital, Loreto entró en un largo periodo de decadencia y tranquilidad. Durante el resto del siglo XIX y buena parte del XX, fue un pequeño y apartado pueblo de pescadores a orillas del Mar de Cortés, alejado de las rutas principales y de los grandes acontecimientos, viviendo de la pesca y de una vida sencilla. Su gloriosa historia fundacional quedó como un recuerdo conservado en su vieja misión restaurada.
Esa condición de pueblo remoto y tranquilo, paradójicamente, ayudó a preservar el encanto y la autenticidad de Loreto, lejos del desarrollo y la masificación. La misión, símbolo de su pasado, fue restaurada tras los daños de los siglos, y el pueblo conservó su carácter genuino hasta que, en la segunda mitad del siglo XX, una nueva vocación —el turismo— comenzaría a transformarlo de nuevo.
El Loreto moderno renació gracias a sus dos grandes tesoros: su historia y su naturaleza. En la segunda mitad del siglo XX, Loreto comenzó a atraer a pescadores deportivos de Estados Unidos y Canadá, seducidos por la riqueza del Mar de Cortés, uno de los mejores caladeros del mundo. La pesca deportiva puso de nuevo a Loreto en el mapa, y a partir de los años 1970-1980 se impulsó su desarrollo turístico, incluyendo la construcción del aeropuerto internacional y de complejos turísticos en la cercana zona de Nopoló, como parte de los proyectos de desarrollo de la costa.
Un paso decisivo para el futuro de la región fue la creación, en 1996, del Parque Nacional Bahía de Loreto, que protege la bahía, las islas (Coronado, Del Carmen, Danzante, Montserrat, Santa Catalina) y las extraordinarias aguas del Golfo de California. Este conjunto forma parte del bien 'Islas y Áreas Protegidas del Golfo de California', inscrito por la Unesco como Patrimonio Mundial en 2005. La protección consolidó a Loreto como un destino de turismo de naturaleza —snorkel, buceo, kayak, avistamiento de ballenas— de primer nivel y con conciencia ambiental.
El reconocimiento de su valor histórico y su encanto llegó en 2012, cuando Loreto fue nombrado Pueblo Mágico por la Secretaría de Turismo de México. Hoy, Loreto combina como pocos destinos su excepcional patrimonio histórico —la cuna de las Californias, con su misión de 1697 y la cercana San Javier— con la riqueza natural del Mar de Cortés, todo en un ambiente tranquilo y auténtico que lo distingue de los destinos masivos. De primera capital de las Californias a apartado pueblo de pescadores y, finalmente, a Pueblo Mágico de naturaleza e historia, Loreto ha sabido reinventarse manteniendo viva su alma.