La historia de Las Pozas es inseparable de la de su creador, Edward James (1907-1984), un poeta, aristócrata y mecenas británico de fortuna considerable y personalidad excéntrica. James fue uno de los grandes patrocinadores del surrealismo en su época: coleccionó y apoyó a artistas como Salvador Dalí y René Magritte, financió obras hoy célebres y vivió rodeado del ambiente artístico de vanguardia europeo de las décadas de 1930 y 1940.
Viajero incansable y espíritu inquieto, James buscaba un lugar donde materializar su propia visión, lejos de las convenciones del viejo mundo. Tras recorrer distintos países, llegó a México, donde quedó fascinado por la naturaleza, la cultura y la libertad que encontró. En la selva de la Huasteca Potosina, cerca del pueblo de Xilitla, halló el escenario perfecto para su sueño.
Fue clave en esta aventura su amistad con Plutarco Gastélum, un lugareño que se convirtió en su hombre de confianza, administrador y colaborador, y cuya familia acompañó a James durante años. Juntos sentaron las bases del extraordinario proyecto que transformaría un trozo de selva en una de las obras más singulares del arte del siglo XX.
Edward James inició la creación de Las Pozas a mediados del siglo XX, en un terreno selvático atravesado por un río con cascadas y pozas naturales que dieron nombre al lugar. Lo que comenzó como un proyecto vinculado a la naturaleza y al cultivo de orquídeas y a la cría de animales exóticos derivó, tras una helada que destruyó buena parte de su jardín botánico, en una empresa mucho más ambiciosa y duradera: construir un jardín de esculturas que no se marchitara.
Durante décadas, James dedicó buena parte de su fortuna y de su energía a levantar, con el trabajo de albañiles y artesanos locales, un conjunto monumental de estructuras de concreto. Sus formas, inspiradas en la flora de la selva, en la arquitectura gótica, en motivos prehispánicos y en su propia imaginación surrealista, dieron lugar a escaleras que no conducen a ningún sitio, columnas rematadas con flores gigantes, arcos, pabellones, puentes y miradores de aspecto onírico.
Las obras recibieron nombres poéticos e imposibles, y muchas quedaron deliberadamente inacabadas, como si el jardín estuviera siempre en proceso. James trabajó en Las Pozas hasta el final de su vida, convirtiendo el lugar en la expresión más personal y descomunal del surrealismo llevado a la arquitectura y al paisaje.
Tras la muerte de Edward James en 1984, Las Pozas quedó como un legado extraordinario pero frágil: un conjunto de estructuras de concreto expuestas a la humedad, la vegetación y el paso del tiempo en plena selva tropical. Durante un período, la conservación del sitio resultó incierta, y la naturaleza fue reclamando su espacio sobre las obras.
Con el tiempo, el valor único de Las Pozas como obra de arte y como atractivo cultural fue plenamente reconocido. El conjunto pasó a ser gestionado por una fundación (la Fundación Pedro y Elena Hernández, vinculada al grupo CEMEX), que emprendió tareas de conservación, restauración y apertura ordenada al público, con cupos y recorridos que buscan compatibilizar la visita con la protección del frágil patrimonio.
Hoy Las Pozas es considerado uno de los grandes íconos del surrealismo y del arte del siglo XX en México, un lugar de peregrinación para amantes del arte, la arquitectura y lo insólito. Junto con el Pueblo Mágico de Xilitla y las maravillas naturales de la Huasteca Potosina, conforma uno de los destinos más fascinantes y singulares del país, donde el genio surrealista de un excéntrico inglés se fundió para siempre con la exuberancia de la selva mexicana.
Ningún relato de Las Pozas está completo sin el papel de Plutarco Gastélum Esquer, el hombre de confianza de Edward James y, en la práctica, el gran ejecutor de su visión. Gastélum, originario de Sinaloa y afincado en Xilitla, se convirtió en administrador, socio y amigo íntimo de James desde los años cuarenta, y su familia llegó a vivir junto a él durante décadas, primero en la finca Las Pozas y luego en la casa del pueblo hoy conocida como 'El Castillo'.
Fue Gastélum quien coordinó el trabajo de decenas de albañiles, carpinteros y artesanos locales que, sin planos formales ni ingenieros de por medio, dieron forma física a los diseños que James improvisaba muchas veces sobre la marcha, dibujando bocetos en el momento o simplemente describiendo lo que imaginaba. Ese método de construcción artesanal y orgánico —ensayo y error, ajustes constantes, estructuras que se modificaban o se abandonaban a medio hacer— es parte de lo que le da a Las Pozas su carácter único e irrepetible.
La mano de obra y el conocimiento del terreno, del clima y de los materiales locales aportados por la comunidad de Xilitla fueron tan determinantes como la imaginación de James. En ese sentido, Las Pozas es también un monumento al trabajo colectivo de generaciones de xilitlenses, cuyos descendientes siguen hoy vinculados a la conservación y la guía turística del sitio.
Mucho antes de que Edward James llegara a la Huasteca Potosina, la región de Xilitla ya tenía una larga historia. El territorio estuvo habitado por pueblos indígenas teenek (huastecos) y, más tarde, también por comunidades nahuas, que se establecieron en esta zona de transición entre la sierra y las tierras bajas del golfo, aprovechando la fertilidad de los suelos y la abundancia de agua de la selva.
Durante la época colonial, los frailes agustinos llegaron a la región en el siglo XVI como parte del proceso de evangelización de la Huasteca, y fundaron en Xilitla el convento de San Agustín, cuyo atrio y arquería siguen en pie en el centro del pueblo. El nombre 'Xilitla' proviene del náhuatl y suele traducirse en relación con 'lugar de xilotes' (jilotes o mazorcas tiernas de maíz), lo que habla de la vocación agrícola ancestral de la zona.
Durante siglos, Xilitla se mantuvo como un pueblo agrícola y ganadero de la sierra, relativamente aislado por lo escarpado del terreno y la espesura de la selva, hasta que a mediados del siglo XX el inesperado arribo de un aristócrata surrealista británico lo puso en el mapa del arte mundial.