Imaginá un bosque de pinos donde, al doblar cada recodo, aparece un espejo de agua de un color imposible: turquesa aquí, esmeralda unos metros más allá, azul tinta casi negro al lado. Las Lagunas de Montebello no son una postal retocada; son un fenómeno geológico real, y su secreto está bajo tierra. La región es un terreno de roca caliza en el que el agua, a lo largo de milenios, ha disuelto la roca creando un paisaje kárstico lleno de cavidades, dolinas y depresiones. Cuando esas depresiones se llenaron de agua de lluvia y de manantiales subterráneos, dieron origen al conjunto de lagunas que hoy salpican el parque, generalmente citadas en torno a las 50 o 60.
La caliza no solo formó las cuencas, sino que también influye en uno de los rasgos más asombrosos del parque: la enorme variedad de colores de sus lagunas. El color de cada una depende de varios factores combinados: la profundidad (las más profundas tienden a azules intensos), los minerales disueltos en el agua, la naturaleza del fondo y la vegetación acuática, y la manera en que la luz penetra y se refleja. Así, lagunas vecinas pueden mostrar tonos totalmente distintos, del turquesa al esmeralda, del azul profundo al casi negro o vino, como la Laguna Agua Tinta.
Este mosaico de aguas de colores, enmarcado por bosques de pino-encino y selva de montaña, a unos 1.500 metros de altitud y junto a la frontera con Guatemala, es lo que hace de Montebello un lugar único. Los colores, además, varían con la hora del día, la estación y el clima, de modo que cada visita ofrece una imagen distinta.
La región de Montebello, en la frontera entre Chiapas y Guatemala, ha sido habitada desde tiempos antiguos por pueblos mayas. En la zona se desarrollaron asentamientos del período Clásico, como la cercana ciudad de Chinkultic, asomada a una de las lagunas, que conserva pirámides, plazas, un juego de pelota y estelas labradas, testimonio de la ocupación maya de estas tierras altas hace más de mil años.
En la actualidad, la región es territorio de pueblos mayas contemporáneos, principalmente tojolabales, además de tseltales y otros grupos, así como de comunidades formadas por migrantes guatemaltecos y mexicanos a lo largo del siglo XX. Estas comunidades viven en torno al parque, dedicadas a la agricultura, la ganadería y, cada vez más, al turismo, y conservan una fuerte identidad cultural y lazos con el agua y el bosque.
Muchos de los nombres de las lagunas y parajes provienen de lenguas mayas, y las comunidades locales —como la de Tziscao, junto a la laguna más grande— son hoy actores centrales en la gestión del turismo del parque. La frontera con Guatemala, que atraviesa la Laguna Tziscao, hace de esta una región de encuentro e intercambio entre los dos países.
El valor natural excepcional de Montebello fue reconocido oficialmente a mediados del siglo XX. El 16 de diciembre de 1959, durante el gobierno de Adolfo López Mateos, se decretó la creación del Parque Nacional Lagunas de Montebello, que se convirtió en el primer parque nacional del estado de Chiapas y uno de los más antiguos de México. La declaratoria buscó proteger el conjunto de lagunas, los bosques de pino-encino y la biodiversidad de esta zona de montaña.
El parque abarca varios miles de hectáreas en los municipios de La Trinitaria y La Independencia y resguarda una notable riqueza biológica: bosques de coníferas y encinos, selva de montaña, orquídeas y una fauna que incluye aves, mamíferos y especies acuáticas. Su administración corresponde a la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP).
A su importancia nacional se suma un reconocimiento internacional: las Lagunas de Montebello forman parte de los sitios Ramsar (humedales de importancia internacional), por el valor de sus cuerpos de agua y ecosistemas asociados. Esta doble protección subraya la relevancia ecológica del parque, más allá de su indiscutible belleza paisajística.
El testimonio más antiguo de la presencia humana en la región es Chinkultic, una ciudad maya asomada a una laguna a pocos kilómetros de las lagunas de colores. Su nombre suele traducirse como 'cenote escalonado' o 'pozo tapado', en alusión al profundo cenote (la laguna Chanujabab) sobre cuyo borde se levantó la acrópolis. Chinkultic floreció sobre todo entre los años 600 y 900 d.C., en el Clásico tardío maya, y llegó a tener pirámides, plazas, un juego de pelota y numerosas estelas labradas con fechas de la cuenta larga maya: una de ellas, la Estela 8, lleva una de las fechas más tardías registradas en el área maya. Desde lo alto de su acrópolis, la vista abarca las lagunas y el bosque hasta la sierra, en una de las estampas más bellas del sur de Chiapas.
Tras el colapso de las grandes ciudades mayas, la región quedó como una zona apartada de tierras altas y bosques. Durante la época colonial, este rincón fronterizo del sur de Chiapas —entonces parte de la Capitanía General de Guatemala hasta que Chiapas se integró a México en 1824— fue un territorio marginal, poco poblado, de pueblos indígenas tojolabales y de haciendas ganaderas dispersas. El propio nombre 'Montebello' ('monte bello' o 'monte hermoso') es relativamente moderno y refleja la mirada admirada sobre este paisaje de montaña.
A lo largo del siglo XX, la zona recibió oleadas de colonos: familias mexicanas en busca de tierra y también migrantes guatemaltecos, especialmente en las décadas de conflicto en el país vecino. La comunidad de Tziscao, junto a la laguna más grande, nació en parte de esos movimientos de población en la línea fronteriza. Así, la región de Montebello se fue configurando como un mosaico humano de raíz maya y frontera viva, donde la línea entre México y Guatemala corta literalmente una laguna en dos.
Hoy las Lagunas de Montebello son uno de los destinos naturales más queridos de Chiapas y un imán para los visitantes que recorren el sureste mexicano. El turismo se organiza en buena medida desde las comunidades locales, que gestionan los accesos a las distintas zonas del parque, los paseos en balsa y kayak, los comedores, las artesanías y el hospedaje, en un modelo de ecoturismo comunitario que es fuente de ingresos para la región.
La visita suele integrarse en un circuito que combina las lagunas con otros atractivos cercanos: la zona arqueológica de Chinkultic, asomada a su laguna, y las imponentes cascadas de El Chiflón, sobre el río San Vicente, con su salto 'Velo de Novia'. Comitán de Domínguez, ciudad colonial de gran encanto, es la base habitual para explorar toda esta zona del sur de Chiapas.
El gran desafío de Montebello es la conservación. En las últimas décadas, algunas de sus lagunas han sufrido problemas de contaminación y cambios en la calidad y el color del agua, atribuidos a actividades agrícolas en la cuenca, el uso de agroquímicos y la deforestación, lo que encendió alarmas sobre la salud del parque. Las autoridades y las comunidades trabajan en medidas para revertir el deterioro. Para el visitante, esto refuerza la importancia de un turismo responsable: respetar las normas, no contaminar y apoyar los esfuerzos de conservación de uno de los paisajes más extraordinarios de México.