Mucho antes de que Hernán Cortés desembarcara buscando perlas, la bahía de La Paz ya era el hogar de buceadores expertos que se sumergían sin equipo para arrancar del fondo las ostras que guardaban esas mismas perlas. La península de Baja California, uno de los entornos más áridos y exigentes de América, estaba habitada por pueblos cazadores-recolectores y pescadores notablemente adaptados a ese desierto asomado al mar. En la región de La Paz y el sur de la península vivían los pericúes; más al norte, los guaycuras y los cochimíes. Eran grupos nómadas o seminómadas que aprovechaban los recursos del rico Mar de Cortés —pescado, mariscos, tortugas— y los frutos del desierto, viviendo en pequeñas bandas.
Estos pueblos dejaron un legado cultural extraordinario en la península: las pinturas rupestres de la Sierra de San Francisco (más al norte), enormes murales prehistóricos pintados en cuevas y abrigos rocosos, hoy Patrimonio Mundial de la Unesco, testimonio del arte y la cosmovisión de los antiguos californios. En la zona de La Paz, los pericúes eran hábiles buceadores y conocían bien las perlas que abundaban en las ostras del golfo, un recurso que marcaría la historia de la región.
Trágicamente, los pueblos originarios de Baja California sufrieron un colapso demográfico devastador tras el contacto europeo, por las enfermedades, los conflictos y las transformaciones de la época misional. Los pericúes, en particular, prácticamente desaparecieron como pueblo diferenciado hacia el siglo XVIII, dejando su huella en la historia profunda de la península.
La historia europea de La Paz comenzó muy temprano y de la mano de una de las grandes figuras de la conquista: Hernán Cortés. En 1535, el propio conquistador de México desembarcó en la bahía de La Paz, atraído por las leyendas sobre la riqueza de la 'isla de California' y, sobre todo, por sus famosas perlas. Cortés fundó allí un asentamiento que bautizó Santa Cruz, el primer intento europeo de colonizar la península.
Pero California resultó ser un hueso durísimo de roer. La aridez extrema, la falta de agua dulce, las dificultades para abastecer un asentamiento tan remoto y la resistencia de los pueblos originarios hicieron fracasar el proyecto de Cortés en poco tiempo. Durante casi dos siglos, los sucesivos intentos españoles de establecerse de forma permanente en la región de La Paz se frustraron una y otra vez. La península siguió siendo, en la práctica, tierra de los pueblos originarios, visitada solo esporádicamente.
Lo que sí atrajo a buscadores durante todo ese tiempo fueron las perlas. La bahía de La Paz y el Mar de Cortés eran célebres por sus ricos bancos de ostras perlíferas, y la pesca de perlas —a menudo brutal para los buzos indígenas— se convirtió en la gran actividad que vinculaba a la región con el resto del mundo colonial. Las perlas de La Paz llegaron a ser famosas en Europa. Fue, sin embargo, recién en el siglo XVIII cuando la colonización estable echaría raíces, gracias a un actor nuevo: las misiones jesuitas.
La colonización permanente de Baja California llegó finalmente con las misiones jesuitas, a partir de fines del siglo XVII. Misioneros como el padre Juan María de Salvatierra fundaron, desde 1697 (con la misión de Loreto, primera de las Californias), una cadena de misiones que fue avanzando por la península. En la región de La Paz se estableció una misión a comienzos del siglo XVIII (la misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz), aunque la zona siguió siendo difícil y la población indígena se redujo dramáticamente.
Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, las misiones pasaron a franciscanos y dominicos. La fundación definitiva de la ciudad de La Paz como asentamiento estable se sitúa a comienzos del siglo XIX, hacia 1811, cuando se consolidó un poblado permanente que ya no desaparecería. A partir de entonces, La Paz creció lentamente como puerto y centro de la pesca de perlas.
El siglo XIX trajo episodios turbulentos. Durante la guerra entre México y Estados Unidos (1846-1848), La Paz fue ocupada por fuerzas estadounidenses, y la suerte de Baja California estuvo en juego (finalmente permaneció en México). A mediados de siglo, en 1853-1854, la ciudad fue escenario de la fallida expedición del filibustero estadounidense William Walker, que llegó a proclamar una efímera 'República de Baja California' antes de ser expulsado. Pese a estos sobresaltos, La Paz se afianzó como la principal población del sur de la península.
Durante siglos, la gran riqueza de La Paz fueron las perlas. La bahía y el Mar de Cortés albergaban abundantes bancos de ostras perlíferas, y la extracción de perlas finas fue la actividad que dio fama y prosperidad a la región. Las perlas de La Paz eran apreciadas en los mercados internacionales, y la ciudad vivió, sobre todo en el siglo XIX y comienzos del XX, un auge ligado a esta industria, que atrajo a buzos, comerciantes y empresas perleras.
La explotación, sin embargo, fue intensiva e insostenible. La sobrepesca de las ostras, sumada a enfermedades que afectaron a los bancos perlíferos, llevó al colapso de la ostra perlífera del golfo a comienzos del siglo XX. Hacia las décadas de 1930-1940, la industria perlera de La Paz, que había sido su sello distintivo, se desplomó y prácticamente desapareció, dejando atrás una era.
Este auge y caída de las perlas dejó una marca profunda en la identidad y la memoria de La Paz; inspiró incluso obras literarias, como la célebre novela 'La perla' del escritor estadounidense John Steinbeck, ambientada en La Paz, que retrata la vida de los buscadores de perlas. Hoy, la tradición perlera revive en menor escala a través de proyectos de cultivo sostenible de perlas en la región, recuperando un oficio que fue, durante siglos, el alma económica de la ciudad.
Tras el fin de la era de las perlas, La Paz se reinventó. A lo largo del siglo XX consolidó su papel como principal centro urbano, político y administrativo del sur de la península. Un hito clave llegó en 1974, cuando el territorio de Baja California Sur se convirtió en estado de la Federación mexicana, y La Paz fue designada su capital. Desde entonces, la ciudad combina las funciones de capital estatal —administración, gobierno, la Universidad Autónoma de Baja California Sur— con la pesca y un turismo en crecimiento.
El gran activo de La Paz en las últimas décadas ha sido su entorno natural. El Mar de Cortés, que el explorador Jacques Cousteau llamó 'el acuario del mundo' por su extraordinaria biodiversidad, convirtió a La Paz en un destino de primer nivel para el turismo de naturaleza: buceo, snorkel, nado con lobos marinos en la Isla Espíritu Santo (declarada Patrimonio Mundial por la Unesco como parte de las Islas y Áreas Protegidas del Golfo de California en 2005), nado con tiburón ballena y avistamiento de ballenas. La protección de áreas como Balandra y el archipiélago de Espíritu Santo reflejó una creciente conciencia ambiental.
Hoy, La Paz se ha posicionado como una alternativa más tranquila, auténtica y sostenible al turismo masivo de la cercana Los Cabos. Su hermoso malecón, sus playas paradisíacas, su vida marina excepcional y su ambiente relajado de capital sin prisas la han convertido en uno de los destinos más queridos del noroeste de México, fiel a su nombre: un remanso de paz a orillas del Mar de Cortés.