La costa de Huatulco, en el sur de Oaxaca, estuvo habitada desde tiempos prehispánicos por pueblos indígenas de la región, en un territorio de gran diversidad cultural donde convivían comunidades de distintas lenguas y tradiciones. Vivían de la pesca, la agricultura, la recolección y el comercio costero, aprovechando una franja de bahías abrigadas y de gran riqueza marina. La zona era conocida y transitada mucho antes de la llegada de los españoles.
El nombre 'Huatulco' deriva del náhuatl 'Cuauhtolco' o 'Guatulco', que suele traducirse como 'lugar donde se adora el madero' o 'donde está el madero (la cruz)'. Esta etimología está directamente ligada a la leyenda más célebre del lugar: la de la Santa Cruz de Huatulco, un madero venerado que, según la tradición, existía en estas costas desde mucho antes de la conquista española. El topónimo, por tanto, conserva la memoria de un culto antiquísimo asociado a una cruz o madero sagrado.
Esa fusión entre el sustrato indígena y la leyenda del madero hace de Huatulco un lugar singular dentro de la costa oaxaqueña. Antes de convertirse en destino turístico, la región fue, durante siglos, un apacible territorio de pescadores y pequeñas comunidades, marcado por su historia colonial y por las incursiones de los piratas que asolaron el Pacífico en busca de las riquezas que cruzaban el océano.
La leyenda más famosa de Huatulco —y la que dio nombre al lugar y a la bahía de Santa Cruz— cuenta que, hace aproximadamente 1.500 años, mucho antes de la llegada de los españoles, un anciano de tez blanca, larga barba y cabellos largos arribó del mar a estas costas portando una enorme cruz de madera. El misterioso personaje clavó profundamente el madero en la arena de la actual playa de Santa Cruz y luego desapareció. Desde entonces, los pueblos de la región veneraron aquella cruz.
La tradición católica posterior interpretó la historia como una prefiguración milagrosa de la fe cristiana en tierras americanas, y algunas versiones identifican al anciano con el apóstol Santo Tomás. Más allá de su carácter legendario, el relato muestra la enorme importancia simbólica que el madero —la 'Santa Cruz'— tuvo para la comunidad local y para la posterior evangelización de la costa.
La cruz se convirtió en un objeto de devoción tan poderoso que sobrevivió, según la leyenda, a los intentos de destruirla por parte de los piratas. Finalmente, en 1612, la cruz fue trasladada a la ciudad de Oaxaca, donde se dividió en fragmentos más pequeños que se repartieron a distintos lugares: piezas que, según la tradición, fueron enviadas al Vaticano, a la Catedral de Oaxaca, a la iglesia de Santa María Huatulco y a una capilla de Puebla. La bahía conservó para siempre el nombre de Santa Cruz, en memoria de aquel madero milagroso.
Durante la época colonial, Huatulco fue un puerto secundario pero relevante del Pacífico de la Nueva España, ligado a la navegación entre Acapulco, las costas de Centroamérica y, en cierta medida, a la ruta del Galeón de Manila que unía Acapulco con Filipinas. Por sus bahías pasaban embarcaciones y mercancías, lo que convirtió a la región en blanco de los corsarios y piratas europeos que acechaban las riquezas del imperio español en el océano Pacífico.
Los ataques más célebres llevan los nombres de dos famosos corsarios ingleses. En 1579, Francis Drake —el legendario navegante y corsario al servicio de la reina Isabel I de Inglaterra— saqueó Huatulco durante su periplo por el Pacífico. Años después, en 1587, Thomas Cavendish llegó también a Huatulco, esperando encontrar tesoros tras el saqueo de Drake. Según la leyenda, Cavendish intentó destruir la enorme cruz de madera de la playa con fuego, hachas y sierras, pero el madero resistió milagrosamente todos sus intentos, lo que reforzó aún más su fama de sagrado.
Estos episodios de piratería forman parte central de la memoria histórica de Huatulco y se entrelazan con la leyenda de la Santa Cruz. Tras esta época convulsa, y con el declive de Huatulco como puerto frente al predominio de Acapulco, la región entró en un largo periodo de tranquilidad. Durante siglos, las bahías volvieron a ser un apacible territorio de pescadores y pequeñas comunidades, casi olvidado por el resto del país, conservando intacta su naturaleza.
Tras siglos de tranquilidad como zona de pescadores, Huatulco vivió una transformación radical en la década de 1980. El Estado mexicano, a través del Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur) —el mismo organismo que había desarrollado Cancún e Ixtapa—, eligió las bahías de Huatulco para crear un nuevo Centro Integralmente Planeado (CIP). En 1984, el Gobierno Federal expropió la zona terrestre a favor de Fonatur para iniciar el proyecto turístico.
A diferencia de los excesos de otros destinos, Huatulco se concibió con una filosofía de desarrollo ordenado, de baja densidad y respetuoso con el entorno. El plan reservó amplias zonas para la conservación, concentró la urbanización y los hoteles en algunas bahías (Santa Cruz, Chahué, Tangolunda) y mantuvo vírgenes muchas otras. Se creó el pueblo de servicios de La Crucecita para alojar a la población y la vida cotidiana, separado de las zonas hoteleras. La intención era evitar la masificación y preservar el carácter natural de las bahías.
El desarrollo dotó a Huatulco de aeropuerto internacional, infraestructura, marina y hoteles, poniendo el destino en el mapa turístico nacional e internacional. Sin embargo, su crecimiento fue más lento y mesurado que el de Cancún o Acapulco, lo que, lejos de ser un defecto, se convirtió con el tiempo en su mayor virtud: Huatulco conservó su tranquilidad, su baja densidad y su entorno natural casi intacto, sentando las bases de su futura identidad como destino sostenible.
El compromiso de Huatulco con la conservación se consolidó el 24 de julio de 1998, cuando se decretó el Parque Nacional Huatulco, un área natural protegida que desde el año 2000 administra la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP). El parque abarca cerca de 12.000 hectáreas, que combinan superficie terrestre (selva baja caducifolia, una de las más amenazadas del país) y marina (arrecifes de coral, bahías y su fauna). Esta protección formal blindó buena parte de las bahías frente a la urbanización.
Con los años, Huatulco se convirtió en un referente del turismo sostenible en México y en el mundo. El destino obtuvo certificaciones internacionales de turismo responsable —como el sello EarthCheck—, con compromisos en el uso de energía limpia (parte de su electricidad proviene de parques eólicos), el manejo del agua y los residuos, y la protección de los ecosistemas. Esta apuesta diferenció a Huatulco de los modelos de turismo masivo y lo posicionó como un destino para viajeros conscientes.
Hoy, Bahías de Huatulco ofrece un equilibrio singular: la comodidad de un destino planificado, con hoteles, servicios y aeropuerto, junto a la posibilidad de explorar bahías vírgenes, arrecifes de coral, selva y una fauna rica —tortugas, delfines y, en temporada, ballenas jorobadas—. La leyenda de la Santa Cruz, el pasado de piratas, la cultura oaxaqueña y la naturaleza protegida se combinan para hacer de Huatulco uno de los rincones más bellos, tranquilos y responsables del Pacífico mexicano.