El nombre de Guanajuato proviene de la lengua purépecha. La forma original, 'Quanaxhuato', suele traducirse como 'lugar montuoso de ranas' o 'cerro de ranas', en alusión, según la tradición, a las formaciones rocosas de la región que recordaban a esos animales. Otras interpretaciones señalan significados ligados a los cerros y los lugares accidentados, lo que encaja perfectamente con la geografía abrupta y montañosa donde se asienta la ciudad.
Antes de la llegada de los españoles, la región del actual estado de Guanajuato era una zona de frontera entre el mundo de las culturas mesoamericanas más sedentarias del centro y sur, y los pueblos nómadas y seminómadas del norte, a los que los mexicas llamaban genéricamente 'chichimecas'. Por estos cerros se movían grupos como los guamares y otros pueblos chichimecas, cazadores y recolectores que conocían bien el territorio. También hubo presencia e influencia de los purépechas (tarascos), de la vecina región de Michoacán, de cuya lengua viene el topónimo.
Esta zona fronteriza, agreste y poco poblada, no parecía destinada a albergar una gran ciudad. Lo que lo cambió todo, a mediados del siglo XVI, fue lo que escondían esos cerros: la plata. El metal precioso transformaría para siempre el destino de la región y atraería a miles de personas a un territorio que, hasta entonces, había estado al margen de los grandes centros del poder mesoamericano.
Hacia 1548, pocos años después de la conquista, los españoles descubrieron en los cerros de Guanajuato algo que cambiaría la historia de la región y del mundo: riquísimos yacimientos de plata. El hallazgo desató una auténtica fiebre minera. Pronto se identificó la 'Veta Madre', una colosal estructura geológica cargada de plata que recorría el subsuelo de la región a lo largo de varios kilómetros y que resultó ser una de las concentraciones de plata más grandes jamás explotadas.
La noticia atrajo a mineros, comerciantes, aventureros y trabajadores de toda la Nueva España, y un pequeño real de minas creció rápidamente hasta convertirse en una de las ciudades más ricas e importantes del virreinato. Durante los siglos coloniales, las minas de Guanajuato —encabezadas por la legendaria mina de La Valenciana, que en el siglo XVIII fue una de las más productivas del planeta— extrajeron cantidades astronómicas de plata. Se calcula que esta región llegó a producir una porción enorme de toda la plata del mundo en ciertos periodos.
Esa riqueza tuvo un costo humano y social profundo: el trabajo en las minas era extenuante y peligroso, y recayó sobre indígenas, trabajadores forzados y, más tarde, sobre asalariados que vivían en condiciones durísimas. Pero también levantó una ciudad espléndida. La plata financió la construcción de iglesias deslumbrantes —como el Templo de La Valenciana, joya del barroco churrigueresco—, teatros, plazas y las casonas de los acaudalados 'señores de minas', cuyos títulos nobiliarios (como el del Conde de Valenciana) nacieron de la riqueza del subsuelo guanajuatense.
A diferencia de ciudades coloniales planificadas como Puebla o de las trazadas en damero alrededor de una plaza, Guanajuato creció de forma anárquica, dictada por la geografía y por la urgencia de la minería. La ciudad se asienta en una cañada estrecha y sinuosa, encajonada entre cerros, lo que dejó muy poco terreno plano para edificar. El resultado es un trazado único en México: un laberinto de callejones empinados, escalinatas, cuestas y plazuelas que trepan por las laderas, con casas de colores apiladas unas sobre otras.
Uno de los problemas históricos de la ciudad fue el agua: el río Guanajuato atravesaba la cañada y provocaba inundaciones periódicas que causaban grandes daños. Para resolverlo, a lo largo del tiempo se construyeron obras hidráulicas, presas (como la de la Olla) y, finalmente, se canalizó y desvió el río. Con el siglo XX llegó una solución ingeniosa: los antiguos cauces y túneles del río se transformaron en una red de túneles vehiculares subterráneos que hoy recorren la ciudad por debajo. Gracias a ellos, buena parte del tránsito de autos circula bajo tierra, dejando la superficie del centro mucho más peatonal y tranquila.
Esta combinación —la traza laberíntica en superficie y la red de túneles en el subsuelo— es uno de los rasgos más fascinantes y distintivos de Guanajuato, y una de las razones de su singular encanto. Caminar la ciudad es perderse entre callejones que suben y bajan, descubrir plazuelas escondidas y asomarse a balcones tan cercanos que, como en el famoso Callejón del Beso, casi se tocan de un lado al otro.
Guanajuato ocupa un lugar central en la historia de la Independencia de México. En septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo y Costilla dio en el vecino pueblo de Dolores (hoy Dolores Hidalgo, en el mismo estado) el célebre 'Grito de Dolores', que encendió la guerra de Independencia contra el dominio español. El movimiento insurgente, al que se sumaron militares como Ignacio Allende, avanzó rápidamente y puso rumbo a la rica ciudad minera de Guanajuato.
Ante la llegada de los insurgentes, las autoridades realistas y muchos españoles peninsulares, junto con sus caudales y provisiones, se refugiaron y atrincheraron en la Alhóndiga de Granaditas, un robusto granero público de piedra que funcionó como fortaleza. El 28 de septiembre de 1810 se libró allí un combate feroz. Según la tradición popular, un joven minero apodado 'El Pípila' (Juan José de los Reyes Martínez) protagonizó la hazaña decisiva: protegiéndose la espalda con una gran losa de piedra para resistir las balas, logró acercarse al portón de la Alhóndiga y prenderle fuego, abriendo el paso a los insurgentes, que tomaron el edificio.
La toma de Guanajuato fue una de las primeras grandes victorias insurgentes, pero también dejó episodios sangrientos. Y la respuesta realista fue terrible: meses después, tras la captura y ejecución de los principales líderes (Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez) en 1811, sus cabezas fueron colgadas en jaulas de hierro en las cuatro esquinas exteriores de la Alhóndiga, donde permanecieron durante años como advertencia. Hoy ese edificio, convertido en Museo Regional, y la estatua del Pípila en lo alto del cerro recuerdan el papel fundacional de Guanajuato en la gesta independentista.
Más allá de la plata y de la Independencia, Guanajuato forjó a lo largo de los siglos XIX y XX una identidad profundamente cultural y artística. Su antiguo colegio jesuita evolucionó hasta convertirse en la Universidad de Guanajuato, una de las instituciones académicas más prestigiosas del país, cuya monumental escalinata blanca es hoy uno de los íconos de la ciudad. La presencia universitaria impregna la vida cotidiana de la ciudad y explica su ambiente joven, bohemio y festivo.
Guanajuato fue, además, la ciudad natal de Diego Rivera, uno de los más grandes pintores mexicanos y figura mayor del muralismo del siglo XX. Nacido aquí en 1886, su casa natal se conserva hoy como museo dedicado a su vida y su obra. Que un artista de su talla haya nacido en estas calles habla del espíritu creativo que respira la ciudad.
Ese espíritu encontró su máxima expresión en el Festival Internacional Cervantino, nacido a partir de los 'Entremeses Cervantinos' que los estudiantes de la universidad representaban en las plazuelas. Desde 1972, el Cervantino se celebra cada octubre y se ha convertido en uno de los festivales de arte y cultura más importantes de América Latina, con teatro, música, danza, ópera y espectáculos de México y de todo el mundo que toman teatros, plazas y callejones. La ciudad entera se transforma en un gran escenario. Junto con sus famosas callejoneadas con estudiantinas —herederas de las tunas universitarias—, el Cervantino consolidó la fama de Guanajuato como capital cultural del país.
El conjunto excepcional que forman la ciudad histórica de Guanajuato y sus minas adyacentes fue reconocido por la comunidad internacional en 1988, cuando la Unesco lo inscribió en la lista de Patrimonio Mundial. La distinción valora tanto su extraordinaria arquitectura colonial —con joyas del barroco como el Templo de La Valenciana y la Compañía— como su singular trazado urbano adaptado a la cañada, y el testimonio que la ciudad y sus minas ofrecen de la importancia histórica de la minería de la plata en el mundo.
La minería tuvo altibajos tras la Independencia: episodios de auge y de crisis marcaron los siglos XIX y XX, pero la ciudad conservó en buena medida su patrimonio histórico, en parte gracias a que su economía dejó de depender exclusivamente del subsuelo y giró hacia la educación, la administración (es la capital del estado) y, de manera creciente, el turismo y la cultura.
Hoy Guanajuato es una ciudad de unos 200.000 habitantes que combina su herencia minera y colonial con una vibrante vida universitaria y artística. Sus callejones, su laberinto de túneles, sus iglesias doradas, su Museo de las Momias, sus callejoneadas y su Festival Cervantino la convierten en uno de los destinos turísticos más queridos de México. Visitarla es recorrer, a la vez, la historia de la plata que financió imperios, la cuna de la Independencia nacional y una de las ciudades más románticas y coloridas del continente.