Al borde de la ciudad se alza un cerro que no es un cerro común: es una montaña de hierro. El Cerro del Mercado, una masa de mineral de hierro tan pura y colosal que figura entre los mayores yacimientos de su tipo en el mundo, fue durante siglos una promesa de riqueza que atrajo a colonizadores, dio de comer a la siderurgia mexicana y, según la leyenda local, hizo creer a más de un conquistador que había encontrado una montaña de plata. Esa geología prodigiosa explica buena parte de por qué existe Durango donde existe. Pero mucho antes de que llegara el primer español a mirar ese cerro con codicia, el valle ya tenía dueños.
Antes de la llegada de los españoles, el valle donde hoy se asienta Durango y la región circundante estaban habitados por diversos pueblos del norte de México, entre ellos los tepehuanes, además de otros grupos de la zona. Eran sociedades adaptadas a un medio semiárido, entre el valle y las estribaciones de la Sierra Madre Occidental, que vivían de la agricultura, la caza y la recolección.
La gran explotación industrial del Cerro del Mercado llegaría mucho más tarde, ya en los siglos XIX y XX, pero desde temprano su presencia ancló a la región en una vocación minera —hierro, pero también la plata que abundaba en toda la Nueva Vizcaya— que definiría su economía durante siglos.
La relación entre los pueblos originarios y los colonizadores fue, como en buena parte del norte, conflictiva y prolongada, con resistencias y rebeliones a lo largo del periodo colonial. La región quedó integrada en la enorme y agreste provincia de la Nueva Vizcaya, una frontera de minas, haciendas ganaderas y misiones en permanente tensión con los pueblos nómadas y seminómadas del norte.
La ciudad fue fundada el 8 de julio de 1563 por el conquistador vasco Francisco de Ibarra, una de las grandes figuras de la expansión española hacia el norte de la Nueva España. Ibarra, que exploró y colonizó vastos territorios del norte en busca de minas, estableció aquí la Villa de Durango, a la que dio ese nombre en recuerdo de la localidad de Durango, en el País Vasco, su tierra de origen.
La nueva villa fue concebida como cabecera de la Nueva Vizcaya, el enorme territorio que abarcaba buena parte del actual norte-centro de México (los actuales Durango, Chihuahua y zonas vecinas). Su ubicación, en un fértil valle bien comunicado y cerca de recursos minerales, la hizo crecer como centro administrativo, comercial y religioso de la región. Con el tiempo se convirtió en sede de un vasto obispado, lo que reforzó su importancia.
Durante el periodo colonial, Durango se desarrolló al ritmo de la minería de plata y de la ganadería, y se levantaron sus principales edificios religiosos y civiles, entre ellos la catedral. Su condición de capital de la Nueva Vizcaya la mantuvo como uno de los centros más importantes del norte novohispano durante siglos, en una región de frontera marcada por los conflictos con los pueblos indígenas.
Durante los siglos coloniales, Durango se consolidó como el gran centro del norte-centro novohispano. Su economía se sostuvo en la minería —en especial la plata de los distritos cercanos— y en la ganadería extensiva, favorecida por los amplios valles de la región. Las haciendas ganaderas y agrícolas, algunas enormes, marcaron el paisaje social y económico, y sentaron las bases de la tradición ganadera y vaquera que caracteriza al estado.
Como capital de la Nueva Vizcaya y sede de un extenso obispado que abarcaba un territorio inmenso, Durango fue también un importante centro religioso y administrativo. A esa condición se debe la construcción de su catedral —desarrollada a lo largo de los siglos XVII y XVIII tras incendios y reconstrucciones— y de numerosos templos y conventos que aún hoy distinguen su centro histórico. La ciudad se llenó de mansiones de cantera de las familias mineras y ganaderas más prósperas.
La vida en esta frontera norteña no estuvo exenta de dificultades: los conflictos con los pueblos nómadas, las distancias enormes y la dureza del clima semiárido condicionaron el desarrollo. Aun así, Durango mantuvo su papel central en el norte durante todo el periodo colonial, forjando una identidad de ciudad señorial, católica, minera y ganadera que perduraría tras la independencia.
Tras la consumación de la independencia de México en 1821, la antigua provincia de la Nueva Vizcaya se dividió y Durango se constituyó como estado de la federación mexicana, con la ciudad de Durango como capital. La ciudad recibiría más tarde el nombre completo de Victoria de Durango, en honor a Guadalupe Victoria, primer presidente de México, originario del propio estado.
El siglo XIX fue, como en buena parte del país, un periodo de inestabilidad política, con las luchas entre liberales y conservadores y los efectos de las distintas guerras nacionales. La región mantuvo su carácter minero y ganadero, y siguió siendo una frontera marcada por los conflictos con pueblos indígenas del norte.
El estado de Durango aporta a la historia nacional una de sus figuras más legendarias: Francisco 'Pancho' Villa (Doroteo Arango), nacido en el estado y convertido en uno de los grandes caudillos de la Revolución mexicana iniciada en 1910. Aunque su gran teatro de operaciones fue Chihuahua, su origen duranguense es motivo de orgullo regional, y la ciudad conserva un Museo Francisco Villa dedicado a su figura y a la Revolución. La región vivió, como todo el norte, los convulsos años del movimiento revolucionario.
El capítulo más singular de la historia moderna de Durango comenzó a mediados del siglo XX, cuando la ciudad y sus alrededores se convirtieron en uno de los grandes escenarios mundiales del cine del oeste. A partir de la década de 1950, productoras de Hollywood y del cine mexicano descubrieron que los paisajes áridos, los cerros, los cielos amplios y la luz especial de la región eran ideales para recrear el Far West estadounidense, con la ventaja de costos más bajos.
Durante décadas se filmaron en Durango cientos de películas del género western, muchas con grandes estrellas internacionales, entre ellas John Wayne, uno de los íconos del cine del oeste, que rodó varias cintas en la región. Para los rodajes se construyeron sets que recreaban pueblos del oeste, con sus calles polvorientas, cantinas, bancos e iglesias. Algunos de esos sets, como Villa del Oeste y Chupaderos, sobreviven hoy convertidos en parques temáticos y atractivos turísticos.
Esta intensa actividad cinematográfica dio a Durango el apodo de la 'tierra del cine' y se convirtió en un sello de identidad de la ciudad. Aunque la edad de oro del western quedó atrás, el legado se mantiene vivo en los sets visitables, en el Museo de Cine del centro histórico y en el orgullo local por haber sido escenario de tantas películas. Es un rasgo que hace de Durango un destino diferente a cualquier otra ciudad colonial del norte.
En las últimas décadas, Durango se consolidó como un centro administrativo, ganadero, minero y forestal del norte de México, y como capital de un estado de gran extensión y diversidad geográfica, que va de los valles semiáridos a las altas sierras boscosas. La ciudad cuidó y restauró su centro histórico de cantera, apostando por el turismo cultural ligado a su patrimonio colonial, su legado revolucionario y, de manera muy característica, su historia con el cine.
Un hito reciente que transformó la conexión de Durango con el resto del país fue la modernización de la ruta hacia el Pacífico. La histórica y temible carretera del Espinazo del Diablo, que cruzaba la Sierra Madre Occidental hacia Mazatlán entre curvas y abismos, fue complementada por una autopista moderna inaugurada en la década de 2010, que incluye el impresionante Puente Baluarte, uno de los puentes atirantados más altos del mundo. Esta obra redujo drásticamente el tiempo de viaje entre Durango y la costa del Pacífico.
Hoy, Durango combina su identidad de ciudad colonial señorial con su faceta de capital del cine western y con su papel de puerta de entrada a paisajes serranos espectaculares, como el Cañón de Mexiquillo. Su mezcla de patrimonio histórico, naturaleza y legado cinematográfico la convierte en un destino con una personalidad propia dentro del norte de México.