El nombre de Cuernavaca esconde una historia de transformación lingüística que va de la lengua náhuatl al español. El asentamiento prehispánico original se llamaba Cuauhnáhuac, palabra náhuatl que suele traducirse como 'junto a los árboles', 'a la orilla del bosque' o 'lugar rodeado de árboles', en referencia a la vegetación y a la fertilidad de la zona, favorecida por su clima templado y sus aguas.
Cuando llegaron los españoles, el nombre Cuauhnáhuac les resultaba difícil de pronunciar. Por un proceso de adaptación fonética —y, según la tradición, con algo de humor o de pura comodidad—, fueron deformando la palabra hasta convertirla en algo que sonaba familiar en castellano: 'Cuernavaca', que literalmente evoca 'cuerno de vaca', aunque nada tenga que ver con su significado original. Es un ejemplo clásico de los muchos topónimos mexicanos que sufrieron esta clase de 'traducción' deformante.
El escudo y la simbología de la ciudad conservan el recuerdo de ese origen: el glifo prehispánico de Cuauhnáhuac representaba un árbol, en alusión al nombre náhuatl. Así, aunque hoy decimos 'Cuernavaca', el nombre guarda en su raíz la memoria del lugar arbolado y fértil que cautivó por igual a tlahuicas, mexicas y conquistadores.
Mucho antes de la llegada de los españoles, la región de Cuernavaca estaba habitada por los tlahuicas, un pueblo de lengua náhuatl que se asentó en los valles cálidos del actual Morelos. Los tlahuicas desarrollaron señoríos prósperos, favorecidos por un entorno fértil y de clima benigno que permitía cultivos abundantes, como el algodón, muy valorado en toda Mesoamérica. Cuauhnáhuac fue uno de sus centros más importantes.
La prosperidad de la región la convirtió en un objetivo codiciado. En el siglo XV, en plena expansión del imperio mexica, los señoríos tlahuicas fueron sometidos por la Triple Alianza encabezada por Tenochtitlan. Cuauhnáhuac pasó a ser una provincia tributaria de los mexicas, que recibían de ella productos como el algodón y otros bienes, y la incorporaron a su red de poder y comercio.
La relación entre los mexicas y Cuauhnáhuac fue también dinástica: las crónicas mencionan vínculos de parentesco entre la nobleza de ambos lugares. El clima primaveral y la riqueza de la región hicieron de Cuauhnáhuac un lugar de descanso y abastecimiento apreciado por la élite de Tenochtitlan, anticipando ya en época prehispánica la vocación de 'lugar de recreo' que la ciudad mantendría a lo largo de los siglos.
Tras la caída de Tenochtitlan en 1521, la región de Cuauhnáhuac quedó bajo control español y pasó a ocupar un lugar central en los planes de Hernán Cortés. El conquistador recibió como recompensa un enorme señorío, el Marquesado del Valle de Oaxaca, que incluía vastas tierras en distintas partes de la Nueva España, y Cuernavaca fue una de sus posesiones más queridas, atraído por su clima y su riqueza agrícola.
Cortés mandó construir en Cuernavaca, a partir de la década de 1520, un palacio fortificado —el actual Palacio de Cortés— levantado sobre estructuras prehispánicas, que le servía de residencia y de centro administrativo de sus dominios. También impulsó en la región una empresa que marcaría su historia durante siglos: el cultivo de la caña de azúcar. El clima cálido y el agua abundante de Morelos resultaron ideales para la caña, y pronto surgieron ingenios y haciendas azucareras que se convirtieron en el motor económico de la zona.
A la par, las órdenes religiosas emprendieron la evangelización. Los franciscanos fundaron en Cuernavaca uno de los primeros conventos de la Nueva España (el conjunto de la actual Catedral), parte del notable grupo de monasterios del siglo XVI en las laderas del Popocatépetl. Durante el virreinato, Cuernavaca consolidó así su doble carácter: tierra de haciendas azucareras y, al mismo tiempo, lugar de descanso y recreo gracias a su eterna primavera.
Durante el siglo XIX, ya en el México independiente, Cuernavaca mantuvo y reforzó su fama de lugar de descanso. Su clima templado y su cercanía a la capital la convirtieron en destino predilecto de las élites para escapar del frío y el ajetreo de la Ciudad de México. Casonas, quintas y jardines se multiplicaron, y la ciudad se ganó definitivamente su apodo de 'ciudad de la eterna primavera'.
El episodio más célebre de esta etapa llegó durante el Segundo Imperio Mexicano (1864-1867), cuando el emperador Maximiliano de Habsburgo y la emperatriz Carlota, impuestos por la intervención francesa, eligieron Cuernavaca como su lugar de retiro y descanso. La pareja imperial se enamoró del clima y los jardines de la ciudad, y adoptó el Jardín Borda —el espléndido jardín de recreo creado en el siglo XVIII por la familia Borda— como una de sus residencias favoritas, dándole un aire de jardín imperial.
Maximiliano dejó otras huellas en la región, ligadas a su gusto por la zona, antes de que el Imperio se desmoronara y él fuera fusilado en 1867. Aquel paso imperial reforzó el prestigio de Cuernavaca como lugar elegante de veraneo y dejó al Jardín Borda una pátina romántica que todavía conserva. El siglo XIX consolidó, en suma, la imagen de la ciudad como remanso de descanso de poderosos, una vocación heredada desde los tiempos de los mexicas y de Cortés.
A comienzos del siglo XX, Morelos —con Cuernavaca como capital— fue uno de los escenarios centrales de la Revolución Mexicana, y muy especialmente de su vertiente agraria. El estado vivía bajo el dominio de las grandes haciendas azucareras, que habían ido acaparando tierras y aguas a costa de los pueblos campesinos, despojados de sus terrenos comunales. Esa profunda injusticia hizo de Morelos un polvorín social.
De esa tierra surgió una de las figuras más emblemáticas de la Revolución: Emiliano Zapata, nacido en Anenecuilco, Morelos. Zapata encabezó el movimiento agrario del sur bajo la consigna 'Tierra y Libertad', exigiendo la devolución de las tierras a los campesinos. Su programa quedó plasmado en el Plan de Ayala (1911). El zapatismo controló buena parte de Morelos durante la lucha y convirtió a la región en un bastión de la causa campesina, enfrentándose a sucesivos gobiernos hasta el asesinato de Zapata en 1919.
La Revolución dejó una huella imborrable en la identidad de Morelos y de Cuernavaca, donde la figura de Zapata es venerada hasta hoy. No es casual que los famosos murales que Diego Rivera pintó en el Palacio de Cortés en los años veinte culminen precisamente con la imagen de Zapata: el artista quiso resumir en ellos toda la historia de Morelos, desde la conquista y la explotación de los pueblos indígenas y campesinos hasta la lucha revolucionaria por la tierra.
A lo largo del siglo XX, Cuernavaca afianzó su carácter de ciudad de descanso por excelencia para los habitantes de la Ciudad de México. La construcción de la autopista que conectó ambas ciudades acercó aún más Cuernavaca a la capital y multiplicó las casas de fin de semana, los hoteles, las quintas con jardín y alberca y los balnearios que aprovechan los manantiales de la región. La 'eterna primavera' se convirtió en sinónimo de relax a una hora de la gran ciudad.
La ciudad atrajo también a artistas, escritores e intelectuales, tanto mexicanos como extranjeros, seducidos por su clima y su ambiente. El muralista David Alfaro Siqueiros vivió y trabajó aquí (su taller es hoy el espacio cultural La Tallera), y el coleccionista Robert Brady reunió en su casa del centro una asombrosa colección de arte hoy convertida en museo. Cuernavaca cultivó así una vida cultural rica para su tamaño.
Uno de los fenómenos más característicos de la Cuernavaca contemporánea es su fama mundial como destino para aprender español. Decenas de escuelas de idiomas atraen a estudiantes de todo el mundo, que combinan las clases con la inmersión en la cultura local y el alojamiento con familias mexicanas. Hoy, Cuernavaca sigue siendo lo que ha sido durante siglos: un refugio de clima amable, jardines e historia, capital de un estado, Morelos, cargado de pasado prehispánico, colonial y revolucionario.