La historia de la Ciudad de México comienza con un mito fundacional grabado a fuego en la identidad nacional. Según la tradición, los mexicas (o aztecas), un pueblo nahua que había emigrado desde la mítica Aztlán guiado por su dios tutelar Huitzilopochtli, fundaron México-Tenochtitlán el 13 de marzo de 1325 sobre un islote del lago de Texcoco, en el preciso lugar donde encontraron la señal profetizada: un águila posada sobre un nopal devorando una serpiente. Esa imagen es, hasta hoy, el centro del escudo de la bandera mexicana.
Lo que empezó como un asentamiento humilde en un islote pantanoso se convirtió, en menos de dos siglos, en la ciudad más poderosa de Mesoamérica. Los mexicas la transformaron en una metrópoli prodigiosa: ganaron tierra al lago mediante las chinampas (huertos flotantes), construyeron calzadas que la unían a tierra firme, acueductos que traían agua dulce, una densa red de canales por los que circulaban las canoas, y un gran centro ceremonial presidido por el Templo Mayor, la doble pirámide dedicada a Huitzilopochtli y Tláloc. En su apogeo, Tenochtitlán pudo tener cerca de 200.000 a 500.000 habitantes, siendo una de las ciudades más grandes del mundo, mayor que muchas capitales europeas de la época.
Desde esa capital, los mexicas dominaron buena parte del centro de Mesoamérica a través de la Triple Alianza (con Texcoco y Tlacopan), un imperio sostenido por el tributo, el comercio y la guerra. Cuando los españoles la vieron por primera vez en 1519, quedaron deslumbrados: las crónicas describen una ciudad blanca y reluciente sobre el agua, con sus templos, palacios y un mercado, el de Tlatelolco, que asombró por su tamaño y abundancia. Era el corazón de un mundo entero a punto de cambiar para siempre.
El destino de Tenochtitlán cambió con la llegada de los españoles. En 1519, Hernán Cortés desembarcó en las costas del Golfo y avanzó hacia el interior, sumando aliados indígenas —sobre todo los tlaxcaltecas, enemigos acérrimos de los mexicas— que serían decisivos. En noviembre de ese año, Cortés y sus hombres entraron por primera vez en la deslumbrante capital, recibidos por el tlatoani (gobernante) Moctezuma II, en un encuentro cargado de tensión y malentendidos entre dos mundos que se veían por primera vez.
La convivencia derivó pronto en conflicto. Tras la matanza del Templo Mayor perpetrada por los españoles y la muerte de Moctezuma, los mexicas se levantaron y expulsaron a los invasores en la llamada 'Noche Triste' (junio de 1520), cuando muchos conquistadores murieron al huir de la ciudad. Pero Cortés se reorganizó, reforzó sus alianzas indígenas y preparó el asalto definitivo. Un factor devastador jugó a su favor: una epidemia de viruela, traída por los europeos, diezmó a la población mexica, que no tenía defensas contra la enfermedad, debilitando enormemente la resistencia.
El sitio final fue brutal. Durante meses, los españoles y sus decenas de miles de aliados indígenas cercaron Tenochtitlán por tierra y por el lago, cortando el agua y los suministros, mientras combatían casa por casa. El 13 de agosto de 1521, tras la captura del último tlatoani, Cuauhtémoc, la ciudad cayó. La caída de Tenochtitlán marcó el fin del imperio mexica y el inicio de la colonización española de lo que sería México, uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia americana.
Sobre las ruinas de Tenochtitlán, los españoles levantaron una nueva ciudad que sería la capital del Virreinato de Nueva España, uno de los dominios más ricos y extensos del imperio español. Cortés ordenó construir la ciudad colonial respetando, en gran medida, la traza del antiguo centro ceremonial mexica: la plaza mayor —el actual Zócalo— se estableció justo donde había estado el corazón religioso indígena, y los templos derribados aportaron las piedras para las nuevas construcciones. Sobre el Templo Mayor y sus alrededores se erigieron la Catedral Metropolitana, el palacio del virrey (hoy Palacio Nacional) y los edificios del poder.
Durante tres siglos, la Ciudad de México fue el centro político, religioso, económico y cultural del virreinato, sede del virrey, del arzobispado y de la Real y Pontificia Universidad de México (una de las primeras de América). La ciudad se llenó de iglesias, conventos, colegios y palacios señoriales construidos en la característica piedra volcánica (tezontle) roja y la cantera, en un esplendoroso estilo barroco que le valió el apodo de 'la Ciudad de los Palacios'. La riqueza de la plata novohispana financiaba una corte fastuosa y una vida cultural notable.
La ciudad colonial, sin embargo, arrastraba un problema heredado de su origen lacustre: estaba construida sobre el lecho de un lago, lo que provocaba inundaciones recurrentes y el lento hundimiento del suelo (un fenómeno que continúa hoy y que explica por qué muchos edificios históricos están inclinados). Para combatir las inundaciones se emprendieron enormes obras de desagüe que, con los siglos, terminaron desecando casi por completo los antiguos lagos del Valle de México. Aquella sociedad virreinal, profundamente jerárquica y mestiza, fue forjando la identidad de lo que sería México.
El siglo XIX comenzó con el estallido de la guerra de independencia, iniciada en 1810 por el cura Miguel Hidalgo y Costilla con el 'Grito de Dolores'. Tras once años de lucha, la independencia se consumó en 1821, cuando el Ejército Trigarante entró triunfante en la Ciudad de México, que pasó a ser la capital del nuevo México independiente. Pero la joven nación entró en décadas de inestabilidad: golpes, levantamientos, la efímera monarquía de Iturbide, la pérdida de Texas y de la mitad del territorio en la guerra contra Estados Unidos (cuando las tropas norteamericanas llegaron a ocupar la capital en 1847, episodio ligado a los 'Niños Héroes' de Chapultepec).
A mediados de siglo llegó la Reforma, encabezada por Benito Juárez, que separó la Iglesia del Estado, nacionalizó los bienes eclesiásticos y modernizó las leyes, en medio de una cruenta guerra civil entre liberales y conservadores. Estos últimos, buscando apoyo europeo, propiciaron la intervención francesa y el Segundo Imperio: entre 1864 y 1867, el archiduque austríaco Maximiliano de Habsburgo y su esposa Carlota reinaron desde el Castillo de Chapultepec, y fue entonces cuando se trazó el gran bulevar que une el castillo con el centro, hoy el Paseo de la Reforma. El imperio terminó con el fusilamiento de Maximiliano y el restablecimiento de la república por Juárez.
La última parte del siglo estuvo dominada por el Porfiriato, las más de tres décadas en que el general Porfirio Díaz gobernó México (1876-1911). Fue una época de relativa paz, crecimiento económico, ferrocarriles y modernización, pero también de autoritarismo y profundas desigualdades. La Ciudad de México vivió una intensa transformación afrancesada: se embellecieron el Paseo de la Reforma con sus glorietas y monumentos, se inauguró en 1910 el Ángel de la Independencia para el centenario, y se inició la construcción de joyas como el Palacio de Bellas Artes. La capital quería parecerse a París, mientras el descontento social crecía bajo la superficie.
El malestar acumulado durante el Porfiriato estalló en 1910 en la Revolución Mexicana, el gran proceso armado y social que marcaría a fondo el siglo XX mexicano. Tras la caída de Díaz y años de lucha entre las distintas facciones revolucionarias —con figuras como Madero, Zapata, Villa, Carranza y Obregón—, el conflicto dejó cientos de miles de muertos y desembocó en la Constitución de 1917 y en un nuevo orden político. La Ciudad de México fue escenario de momentos clave de esa convulsión, como la 'Decena Trágica' de 1913.
A partir de los años posrevolucionarios, la capital vivió un crecimiento explosivo. La industrialización y la migración del campo a la ciudad multiplicaron su población a un ritmo vertiginoso: de poco más de un millón de habitantes a comienzos del siglo XX pasó a varios millones a mediados, y a más de veinte millones en su zona metropolitana en las últimas décadas, convirtiéndose en una de las mayores megalópolis del planeta. La ciudad se expandió sin freno sobre los antiguos lagos desecados y los valles circundantes, con todos los desafíos que eso implica: tráfico, contaminación, hundimientos del suelo y desigualdad.
Un punto de inflexión doloroso fue el terremoto del 19 de septiembre de 1985, de magnitud 8,1, que devastó amplias zonas del centro de la ciudad, causó miles de muertos y dejó una huella imborrable; la respuesta solidaria de la población marcó el surgimiento de una sociedad civil más organizada. Curiosamente, otro fuerte sismo volvería a golpear la ciudad un 19 de septiembre, en 2017. A lo largo del siglo, la capital se consolidó además como un gran faro cultural —del muralismo de Rivera, Orozco y Siqueiros a la literatura, el cine y la gastronomía— y en 2016 cambió su antigua condición de Distrito Federal para convertirse en la Ciudad de México (CDMX), una entidad federativa autónoma con su propia constitución. Hoy es una de las grandes capitales culturales, históricas y gastronómicas de América Latina.