Durante casi ochocientos años, los habitantes del valle de Puebla rezaron frente a lo que creían un cerro sagrado coronado, tras la conquista, por una iglesia. Nadie imaginaba que ese 'cerro' era en realidad la estructura más voluminosa jamás construida por la humanidad: una pirámide colosal enterrada bajo siglos de tierra y hierba. Esa historia oculta —una montaña que era templo, un templo que fingía ser montaña— resume el enigma de Cholula, una de las ciudades vivas más antiguas de todo el continente americano.
El nombre de Cholula proviene del náhuatl 'Cholollan' (o 'Chololan'), y su significado ha sido objeto de varias interpretaciones. La más difundida lo relaciona con la raíz 'choloa' (huir, saltar, correr), de donde se traduce como 'lugar de huida' o 'lugar de los que huyeron', explicación que algunos vinculan a relatos sobre el origen de sus pobladores. Otras lecturas lo asocian al agua, traduciéndolo como 'agua que cae en el lugar' o 'manantial', en referencia a la abundancia de agua de la zona.
Más allá del debate etimológico, lo cierto es que Cholula fue un nombre cargado de prestigio en el mundo prehispánico. La ciudad era un gran centro religioso y de peregrinación, y su nombre estaba asociado al culto y a la presencia de un monumento sagrado descomunal: la Gran Pirámide, conocida en náhuatl como Tlachihualtepetl, 'el cerro hecho a mano'.
Tras la conquista, el nombre indígena se conservó y se castellanizó como 'Cholula'. Hoy el topónimo se aplica a una zona dividida administrativamente en dos municipios que evocan la herencia colonial y religiosa: San Pedro Cholula y San Andrés Cholula, nombres de santos antepuestos al antiguo Cholollan, en una fusión típica de la nomenclatura mexicana que une el santoral cristiano con la raíz prehispánica del lugar.
Cholula es uno de los asentamientos habitados de forma continua más antiguos de toda América. Sus orígenes se remontan a más de dos milenios, con aldeas que fueron creciendo en el fértil Valle de Puebla, favorecidas por la abundancia de agua y de buenas tierras. A lo largo de los siglos, ese asentamiento se transformó en una ciudad de gran tamaño e importancia.
Desde muy temprano, Cholula adquirió un carácter sagrado y ceremonial. El crecimiento de la ciudad estuvo ligado a la construcción de su monumento mayor, la Gran Pirámide o Tlachihualtepetl, que se fue levantando en sucesivas etapas constructivas a lo largo de muchos siglos. Cada nueva fase envolvía a la anterior, haciendo crecer poco a poco el volumen del edificio hasta convertirlo en la mayor estructura piramidal del mundo por su masa.
La larga continuidad de la ocupación —con distintas culturas y momentos de auge y reorganización— hace de Cholula un caso excepcional: un lugar donde la vida urbana y religiosa nunca se interrumpió del todo, desde épocas remotas hasta hoy. Esa antigüedad y esa continuidad explican la enorme acumulación de historia, monumentos y tradiciones que se superponen en su territorio, capa sobre capa, igual que las etapas de su gran pirámide.
En su época de esplendor, Cholula fue uno de los grandes centros religiosos y de peregrinación de Mesoamérica. Su Gran Pirámide, el Tlachihualtepetl, fue un monumento dedicado al culto, asociado en distintos momentos a importantes deidades. Hacia las épocas tardías, la ciudad estuvo especialmente vinculada al culto a Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, una de las divinidades más importantes del panteón mesoamericano, ligada al viento, la sabiduría y la vida.
Cholula tenía tal prestigio religioso que peregrinos de distintas regiones acudían a sus santuarios, y se dice que los señores de otros lugares buscaban su legitimación o reconocimiento en la ciudad sagrada. La urbe albergaba numerosos templos y plazas ceremoniales, y su influencia se extendía por buena parte del altiplano. La cerámica policroma de tradición cholulteca (estilo Mixteca-Puebla) era muy apreciada y se difundió ampliamente.
En el periodo prehispánico tardío, Cholula era un señorío poderoso, con su propia organización política y religiosa, que mantenía relaciones —de comercio, alianza o rivalidad— con sus vecinos, entre ellos los tlaxcaltecas y los pueblos del Valle de México. Esa relevancia como ciudad santa y como potencia regional sería, precisamente, la que la colocaría en el centro de uno de los episodios más dramáticos de la conquista española.
En octubre de 1519, durante su marcha hacia Tenochtitlan, Hernán Cortés y sus hombres, acompañados por sus aliados tlaxcaltecas, llegaron a Cholula. Lo que ocurrió allí es uno de los episodios más sangrientos y debatidos de la conquista: la llamada 'matanza de Cholula', en la que las fuerzas españolas y tlaxcaltecas masacraron a un gran número de nobles y habitantes cholultecas reunidos en el recinto sagrado de la ciudad.
Según la versión española, recogida por el propio Cortés y por cronistas, los conquistadores se anticiparon a una supuesta emboscada o traición que se estaba preparando contra ellos en la ciudad, y atacaron primero. Otras interpretaciones, y buena parte de la historiografía moderna, ven en la matanza un acto de violencia premeditada para sembrar el terror y demostrar fuerza antes de llegar a Tenochtitlan, o el resultado de la influencia de los tlaxcaltecas, enemigos de los cholultecas. La intérprete Malintzin (la Malinche) aparece en los relatos como figura clave en el descubrimiento o la denuncia de la supuesta conspiración.
Sea cual fuere la verdad sobre sus causas, la matanza dejó a Cholula devastada en su nobleza y su población, y marcó un punto de inflexión en el avance de Cortés. El episodio sigue siendo discutido por los historiadores, tanto en sus motivos como en sus cifras, y forma parte central de la memoria histórica de la conquista de México.
Tras la conquista, Cholula fue objeto de una intensa labor de evangelización por parte de las órdenes religiosas, especialmente los franciscanos. Por su importancia como antigua ciudad sagrada, los frailes se empeñaron en convertirla en un bastión del cristianismo, levantando numerosísimos templos, muchas veces sobre los antiguos lugares de culto prehispánicos, en una estrategia deliberada de sustitución de la religión indígena por la católica.
De esa época data el gran conjunto del ex convento de San Gabriel, con su singular Capilla Real de múltiples cúpulas, concebida como capilla abierta para evangelizar a las multitudes. La densidad de iglesias en Cholula y sus alrededores llegó a ser tan notable que nació la célebre tradición popular según la cual había 'una iglesia por cada día del año'; aunque la cifra es exagerada, refleja la asombrosa cantidad de templos de la zona, entre ellos joyas del barroco popular indígena como Santa María Tonantzintla y San Francisco Acatepec.
El gesto más simbólico de esta cristianización fue la construcción del santuario de la Virgen de los Remedios sobre la cima de la Gran Pirámide. Como la pirámide estaba cubierta de tierra y parecía un cerro, los españoles coronaron ese antiguo monumento sagrado indígena con una iglesia católica, materializando en el paisaje el triunfo de la nueva fe sobre la antigua. Esa imagen —el templo cristiano sobre la pirámide— se convirtió en el símbolo perdurable de Cholula.
Durante la época colonial y los siglos siguientes, Cholula mantuvo su carácter de ciudad profundamente religiosa y tradicional, con una intensa vida de fiestas patronales, ferias y devociones que pervive hasta hoy. Cada barrio conserva sus celebraciones, y la gran feria de Cholula, ligada a la Virgen de los Remedios, sigue siendo uno de los acontecimientos más importantes del calendario local. A esa vitalidad festiva se suma la tradición artesanal y gastronómica del Valle de Puebla.
La exploración arqueológica de la Gran Pirámide, iniciada en serio en el siglo XX, sacó a la luz la magnitud del monumento que se ocultaba bajo el cerro y excavó la red de túneles que hoy permite recorrer su interior. Esos trabajos confirmaron a Cholula como uno de los sitios arqueológicos más importantes del centro de México y reforzaron su atractivo turístico, sumado al de su vecina Puebla, ciudad Patrimonio Mundial.
En las últimas décadas, Cholula —y en especial el municipio de San Andrés— sumó una nueva dimensión gracias a la presencia de universidades, que le dieron una animada vida estudiantil, gastronómica y nocturna, atrayendo a un público joven. Esa mezcla de pasado milenario, riqueza religiosa colonial y energía contemporánea le valió su incorporación al programa de Pueblos Mágicos de México. Hoy Cholula es un destino donde conviven, en un mismo paisaje, la pirámide más grande del mundo, decenas de iglesias y una vibrante vida actual.