El 6 de julio de 1685, los campechanos vieron aparecer en el horizonte lo que más temían: una flota pirata. Al frente venían dos de los corsarios más temidos del Caribe, el neerlandés Laurens de Graaf —al que los españoles llamaban 'Lorencillo'— y el francés Michel de Grammont. Durante casi dos meses, la ciudad fue saqueada, incendiada y sus habitantes tomados como rehenes. Cuando por fin las velas enemigas se alejaron, en septiembre, la Corona española tomó una decisión que cambiaría el rostro de Campeche para siempre: rodearla de una muralla. Esa muralla, nacida del terror, es hoy su mayor tesoro y la razón por la que la Unesco declaró a la ciudad Patrimonio de la Humanidad. Esta es la historia de la única ciudad amurallada de México.
Antes de la llegada de los españoles, en el lugar que hoy ocupa la ciudad existía un poblado maya llamado Can Pech (o Kin Pech), perteneciente a uno de los cacicazgos en que se dividía la península de Yucatán. De ese nombre maya deriva el de Campeche. La zona, abierta al mar, era un punto de contacto y comercio en la costa occidental de la península.
Los españoles llegaron por primera vez a estas costas muy temprano, en 1517, con la expedición de Francisco Hernández de Córdoba, en uno de los primeros contactos europeos con la civilización maya, anterior incluso a la conquista de México central. Pero la fundación formal de la ciudad española tardó décadas, por la resistencia maya: fue Francisco de Montejo 'el Mozo' quien fundó la Villa de San Francisco de Campeche en 1540, sobre el antiguo Can Pech.
Desde su nacimiento, Campeche estuvo ligada al mar. Su puerto se convirtió rápidamente en el más importante de la península y en una de las principales puertas de entrada y salida de la región hacia el resto del imperio español. Por él circulaban mercancías valiosas, en especial el palo de tinte (palo de Campeche), muy cotizado en Europa para teñir telas, además de otros productos. Esa riqueza comercial sería, a la vez, su gloria y su perdición, al convertirla en un blanco irresistible.
Como gran puerto de la península, rico por el comercio del palo de tinte y otras mercancías, Campeche se convirtió en uno de los objetivos favoritos de los piratas y corsarios que asolaban el Caribe y el Golfo de México entre los siglos XVI y XVII. Bucaneros de distintas naciones —ingleses, franceses, holandeses— atacaron la ciudad en repetidas ocasiones, saqueándola, incendiándola y aterrorizando a sus habitantes.
Entre los corsarios que asediaron Campeche figuran nombres legendarios de la piratería, y algunos de los ataques fueron especialmente devastadores. La ciudad, próspera pero indefensa, sufrió pérdidas humanas y materiales enormes, y la vida de sus habitantes transcurría bajo la amenaza constante de ver aparecer velas enemigas en el horizonte.
Esta era de terror dejó una huella imborrable en la identidad de Campeche y, sobre todo, transformó su fisonomía para siempre. La necesidad de protegerse de los piratas fue la que llevó a la Corona española a emprender, con enorme esfuerzo y gasto, la construcción del impresionante sistema de fortificaciones que hoy define a la ciudad y la hizo merecedora del reconocimiento internacional. La amenaza pirata, paradójicamente, creó el mayor tesoro patrimonial de Campeche.
De todos los ataques que sufrió Campeche, ninguno quedó tan grabado en la memoria como el de 1685. El 6 de julio de ese año, una gran expedición pirata comandada por Laurens de Graaf ('Lorencillo'), un corsario neerlandés célebre en todo el Caribe, y por el bucanero francés Michel de Grammont, desembarcó cerca de la ciudad. Mientras Lorencillo avanzaba por el camino de la playa, Grammont lo hacía por los montes, en un asalto coordinado que, tras una encarnizada resistencia, obligó a los defensores españoles a huir.
Los piratas ocuparon Campeche durante casi dos meses. Al no encontrar el gran botín esperado —los habitantes habían alcanzado a poner a salvo buena parte de sus bienes— y al fracasar las negociaciones de rescate, la ocupación derivó en violencia: los corsarios comenzaron a incendiar la ciudad y a ejecutar prisioneros, hasta que, según las crónicas, el propio De Graaf intervino para frenar la matanza de rehenes. En septiembre de 1685, los piratas se retiraron llevándose numerosos cautivos para pedir rescate por ellos.
El saqueo de Lorencillo y Grammont fue la gota que colmó el vaso. La Corona española comprendió que Campeche, uno de sus puertos más valiosos, no podía seguir indefensa, y ordenó por fin fortificar la ciudad de manera integral. La pesadilla de aquel julio de 1685 fue, paradójicamente, el origen directo del monumento que hoy define a Campeche y la distingue de cualquier otra ciudad mexicana.
Ante los reiterados ataques, y tras el trauma del saqueo de 1685, entre 1686 y 1704 se erigió en torno a Campeche un completo sistema defensivo, una de las obras de ingeniería militar más notables del Caribe español. El elemento central fue una muralla de planta hexagonal irregular que rodeaba el casco urbano, con un perímetro de unos 2,5 kilómetros y muros de piedra de hasta ocho metros de altura, reforzada en sus vértices por ocho baluartes (fortificaciones de esquina) y con dos puertas principales: la Puerta de Mar, hacia el puerto, y la Puerta de Tierra, hacia el interior.
La muralla por sí sola no bastaba para repeler los bombardeos desde el mar, así que se complementó, ya en el siglo XVIII, con dos fuertes situados en las colinas que flanquean la ciudad: el de San Miguel y el de San José el Alto, dotados de cañones, fosos y puentes levadizos, que cubrían los accesos por mar y completaban la defensa.
Con el tiempo, al desaparecer la amenaza pirata y crecer la ciudad, gran parte del lienzo de muralla fue demolido para permitir la expansión urbana. Pero se conservaron varios baluartes, las dos puertas y los dos fuertes, que hoy constituyen un conjunto excepcional. Ese patrimonio fortificado, único en su tipo en México, fue la base de la declaración del centro histórico de Campeche como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1999.
Tras la independencia de México, Campeche siguió siendo un puerto y centro regional de importancia. En el siglo XIX, la península de Yucatán vivió un período de gran complejidad política, y el actual estado de Campeche terminó separándose del de Yucatán para constituirse como entidad propia hacia 1858-1863, con la ciudad de Campeche como capital. La economía de la región osciló entre el comercio portuario, el palo de tinte y, más tarde, otras actividades.
Durante buena parte del siglo XX, Campeche fue una ciudad tranquila, algo apartada de los grandes circuitos, lo que paradójicamente ayudó a que su centro histórico conservara su trazado y su arquitectura colonial. En las últimas décadas, una decidida labor de restauración recuperó las fachadas de colores, las calles empedradas, los baluartes y los fuertes, devolviendo al casco antiguo todo su esplendor.
Ese esfuerzo culminó con la inscripción del centro histórico fortificado en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 1999. El descubrimiento de la cercana y monumental Calakmul, en la selva del sur del estado, añadió otro gran atractivo. Hoy Campeche combina su herencia maya, su pasado de puerto y piratas y su arquitectura militar colonial en un destino luminoso y seguro, todavía menos masificado que sus vecinos de Yucatán, que premia al viajero curioso.