Tamarin es una anomalía encantadora en el mapa de Mauricio. Mientras la isla se hizo famosa por sus lagunas mansas y sus resorts, este pueblo del suroeste construyó su identidad sobre tres cosas más bravas: la sal que se cosecha a mano en sus salinas centenarias, las olas que la convirtieron en la cuna del surf mauriciano y los delfines que cada amanecer visitan su bahía.
Ese carácter distinto tiene raíces históricas. Tamarin pertenece al distrito de la Rivière Noire (Black River), la región más agreste y menos poblada de la isla, de montañas, bosques y una costa abierta al océano. Aquí la historia de Mauricio (la del poblamiento, la esclavitud y la mezcla de pueblos) se vivió con acentos propios, más cerca de la naturaleza salvaje que de los salones coloniales de Port Louis.
Como todo Mauricio, el suroeste no tuvo habitantes humanos hasta la época colonial: la isla estaba completamente deshabitada cuando llegaron los europeos. Los holandeses fueron los primeros en asentarse, en 1638, y la bautizaron Mauritius en honor al príncipe Mauricio de Nassau. Su paso dejó la huella más triste de la isla: la extinción del dodo.
El dodo, ave grande incapaz de volar y sin miedo al ser humano, fue exterminado por los marineros y por los animales que trajeron consigo; hacia fines del siglo XVII ya había desaparecido, convirtiéndose en el símbolo mundial de la extinción provocada por el hombre. Los holandeses, derrotados por los ciclones y las plagas, abandonaron Mauricio en 1710. En las montañas y bosques del suroeste, sin embargo, sobrevivieron especies endémicas que hoy se protegen en el vecino Parque Nacional de Black River Gorges, como el cernícalo de Mauricio, rescatado in extremis de la extinción.
En 1715 Francia tomó la isla, la llamó Isle de France y la convirtió en una colonia azucarera trabajada por miles de personas esclavizadas traídas de África y Madagascar. El distrito de Black River, con su geografía escarpada, se volvió escenario de uno de los capítulos más dignos de esa historia: el 'marronage', la fuga de esclavos hacia las montañas.
A pocos kilómetros de Tamarin se alza Le Morne Brabant, la montaña donde, según la tradición oral, se refugiaron numerosos esclavos fugitivos. Cuenta la leyenda que, cuando una expedición subió a anunciarles que la esclavitud había sido abolida, ellos, temiendo ser recapturados, se arrojaron desde los acantilados. Sea historia o memoria colectiva, Le Morne se convirtió en símbolo universal de la resistencia a la esclavitud y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2008. La belleza serena del suroeste convive así con la memoria de uno de los episodios más dolorosos de la isla.
En 1810 los británicos conquistaron la isla, que en 1814 volvió a llamarse Mauritius. Dejaron a los colonos franceses conservar su lengua, religión y costumbres, y por eso el francés y el criollo siguen dominando en el suroeste. De esa época británica quedan huellas como la Torre Martello de La Preneuse, junto a Tamarin, una de las fortificaciones de piedra levantadas a mediados del siglo XIX para defender la costa.
Tras la abolición de la esclavitud en 1835, los propietarios trajeron cientos de miles de trabajadores contratados de la India, que desembarcaron en Port Louis y se repartieron por las plantaciones. De esa migración nació la mayoría hindú de la isla, junto a comunidades musulmanas, chinas y criollas. En Tamarin, además de la caña, se desarrolló un oficio singular: la producción de sal marina. Las salinas, con sus piletas geométricas donde el sol evapora el agua del mar, funcionan desde el siglo XIX y todavía hoy se cosechan a mano, uno de los últimos vestigios vivos de ese pasado.
Mauricio se independizó del Reino Unido el 12 de marzo de 1968, bajo el liderazgo de Seewoosagur Ramgoolam, y en 1992 se proclamó República. Mientras el país diversificaba su economía con el textil, las finanzas y el turismo, Tamarin siguió un camino más alternativo. Su bahía abierta, con una ola de fondo poco habitual en una isla de lagunas protegidas, atrajo a los primeros surfistas.
Tamarin se convirtió en la cuna del surf mauriciano, y su fama creció cuando su ola apareció en clásicos del cine surfero. Lejos de los grandes resorts, el pueblo cultivó un ambiente bohemio, de casas bajas, cafés y tablas al hombro, que lo diferencia del resto de la isla. A ese magnetismo se sumó el descubrimiento turístico de sus delfines: el avistaje matinal en la bahía se volvió una de las excursiones más buscadas del oeste, con el desafío, aún pendiente, de hacerlo sin dañar a los animales.
Hoy Tamarin es el corazón de una Mauricio distinta: más natural, deportiva y auténtica que la de las postales de resort. En su bahía conviven surfistas al amanecer, lanchas de avistaje de delfines y familias mauricianas en la playa; junto al pueblo, las salinas siguen brillando al sol como hace un siglo, y la Torre Martello vigila la costa. Alrededor se despliega el sur más espectacular de la isla: Chamarel y su tierra de siete colores, Le Morne y su montaña cargada de memoria, el Parque Nacional de Black River Gorges.
Ese contraste (belleza salvaje y pasado difícil, ocio surfero y ecosistemas frágiles) resume bien lo que Tamarin ofrece al viajero: una Mauricio que no se agota en la laguna turquesa, sino que invita a mirar también la montaña, la sal, las olas y la historia. En este rincón del suroeste, la isla muestra su cara más honesta y, para muchos, la más memorable.
No es casual que Le Morne, tan cerca de Tamarin, haya sido elegido por la UNESCO como uno de los grandes memoriales mundiales de la esclavitud. Mauricio fue una pieza clave en el comercio de esclavos del océano Índico y, más tarde, el laboratorio del sistema de trabajadores contratados que reemplazó a la esclavitud en todo el Imperio Británico. Reconocer esa historia (la de los cimarrones de la montaña, la de los cortadores de caña indios, la de los pescadores y salineros criollos) es parte de lo que hace que un viaje por el suroeste sea algo más que playa y delfines. En las salinas que aún se cosechan a mano, en la torre de piedra que vigila la costa y en la montaña sagrada que se recorta al sur, Tamarin conserva viva la memoria de cómo se construyó, con dolor y con mezcla, la nación arcoíris que es hoy Mauricio.