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Historia de Port Louis

El puerto que inventó una nación

Casi todo lo que hoy es Mauricio pasó primero por Port Louis. Por su bahía entraron los barcos franceses del siglo XVIII, los cargamentos de esclavos de Madagascar y Mozambique, los medio millón de trabajadores indios que reemplazaron a esos esclavos, los comerciantes chinos y, más tarde, la bandera de un país nuevo. Ninguna otra ciudad del océano Índico condensa en tan pocas cuadras tantas capas de historia colonial y humana.

A diferencia de casi cualquier otra capital del mundo, Port Louis no se levanta sobre una civilización anterior: cuando los europeos llegaron a la isla, no había nadie. Mauricio estuvo deshabitada por seres humanos hasta el siglo XVII. No hubo pueblo originario, ni imperio, ni ciudad antigua bajo el asfalto. Todo lo que existe acá fue traído por barco a través de este puerto, y esa es la clave para entender por qué los mauricianos son hoy una de las poblaciones más mestizas del planeta.

El dodo, los holandeses y una isla vacía

Marineros árabes y después portugueses avistaron la isla en los siglos que precedieron a la colonización, pero ninguno se quedó. Fueron los holandeses quienes, en 1598, la bautizaron Mauritius en honor al príncipe Mauricio de Nassau, y quienes intentaron dos veces asentarse (1638-1658 y 1664-1710) para explotar el ébano y criar ganado.

Ese breve paso holandés dejó una huella tristemente célebre: la extinción del dodo. El dodo era un ave grande, sin capacidad de volar y sin miedo, que había evolucionado en una isla sin depredadores. La llegada de humanos, cerdos, ratas y monos acabó con él en apenas unas décadas; hacia fines del siglo XVII ya no quedaba ninguno. Se convirtió en el símbolo mundial de la extinción provocada por el hombre y, con ironía, en el emblema nacional de Mauricio, presente hoy en su escudo, sus billetes y cada tienda de recuerdos. Los holandeses, desanimados por los ciclones, las ratas y las malas cosechas, terminaron abandonando la isla en 1710, dejándola de nuevo desierta.

Mahé de La Bourdonnais funda Port Louis

En 1715 Francia tomó posesión de la isla y la rebautizó Isle de France. Pero la ciudad como tal nació con un hombre: Bertrand-François Mahé de La Bourdonnais, gobernador desde 1735 y verdadero fundador de Port Louis. Eligió esta bahía protegida en la costa noroeste como capital y base naval, y desde acá organizó la defensa francesa en el Índico y la ruta comercial hacia la India.

La Bourdonnais construyó el puerto, los primeros almacenes, hospitales y astilleros, y trazó la ciudad que todavía hoy conserva su nombre y buena parte de su damero. Su estatua preside la Place d'Armes, la avenida de palmeras que baja hacia el mar. Bajo dominio francés, la Isle de France prosperó gracias a la caña de azúcar y al trabajo esclavo traído de África y Madagascar: miles de personas esclavizadas levantaron la economía de la colonia en condiciones brutales. Port Louis fue también, en esos años, un nido de corsarios franceses que hostigaban a los barcos británicos, entre ellos el célebre Robert Surcouf.

Los británicos, la abolición y el Aapravasi Ghat

En 1810, en plena guerra napoleónica, los británicos desembarcaron y tomaron la isla. Curiosamente, tras derrotar a la flota francesa en la única batalla naval que Napoleón ganó en el mar (Grand Port, 1810), los ingleses vencieron poco después por tierra y en el Tratado de París de 1814 la isla quedó como colonia británica, recuperando el nombre de Mauritius. Los británicos, con inteligencia política, dejaron a los colonos franceses conservar su idioma, su religión católica y su código civil: por eso, dos siglos después, el francés y el criollo siguen dominando la vida cotidiana pese a que la lengua oficial es el inglés.

El hecho que cambió para siempre la composición de Mauricio ocurrió en 1835, con la abolición de la esclavitud en el Imperio Británico. Los dueños de las plantaciones, ante la falta de mano de obra, recurrieron a un nuevo sistema: el trabajo contratado (indentured labour). Entre 1834 y principios del siglo XX, cerca de 450.000 trabajadores, en su gran mayoría de la India, desembarcaron en el Aapravasi Ghat de Port Louis para trabajar en los cañaverales. Muchos llegaron engañados sobre las condiciones y quedaron atados a contratos durísimos. Aquel depósito de inmigración, hoy Patrimonio de la Humanidad, fue el primer ensayo del Imperio con este modelo, que después exportó a Fiji, el Caribe y Sudáfrica. De esa migración desciende hoy alrededor de dos tercios de la población mauriciana.

El camino a la independencia de 1968

El siglo XX transformó a esa masa de descendientes de trabajadores en una fuerza política. La extensión del voto y el ascenso del Partido Laborista, liderado por el médico Seewoosagur Ramgoolam, dieron voz a la mayoría indo-mauriciana. El proceso no estuvo exento de tensiones: en los meses previos a la independencia hubo enfrentamientos comunales entre grupos de distinto origen, y una parte de la población temía el dominio de un solo grupo.

El 12 de marzo de 1968, en el Champ de Mars de Port Louis, se izó por primera vez la bandera roja, azul, amarilla y verde de un Mauricio independiente, dentro de la Commonwealth y con Ramgoolam como primer ministro. En 1992 el país dio el paso final y se proclamó República, reemplazando a la reina británica por un presidente mauriciano como jefe de Estado. Seewoosagur Ramgoolam, considerado el padre de la nación, da nombre hoy al aeropuerto y al Jardín Botánico de Pamplemousses.

Port Louis hoy: capital de una nación arcoíris

Contra todos los pronósticos, aquel país pequeño, sin recursos minerales y con una población dividida en religiones y orígenes se convirtió en uno de los grandes éxitos de África: democracia estable, ingreso alto y una economía que pasó de depender del azúcar a vivir del turismo, las finanzas offshore y los servicios. Port Louis es el motor de ese milagro: aquí están el puerto, la Bolsa, los bancos y el gobierno.

En sus calles conviven, sin un grupo mayoritario absoluto, hindúes, musulmanes, católicos, tamiles, chino-mauricianos y criollos descendientes de esclavos. Una mezquita del siglo XIX, una catedral, templos tamiles y una pagoda comparten pocas manzanas alrededor del Mercado Central. El Metro Express moderno corre junto a fachadas coloniales y edificios de vidrio. Caminar Port Louis es leer, a cielo abierto, la historia entera de cómo una isla vacía se transformó en una de las sociedades más diversas y funcionales del mundo.

📚 Bibliografía

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