Para entender Île aux Cocos hay que empezar por Rodrigues, la isla a la que pertenece. Situada a unos 560 kilómetros al noreste de Mauricio, en pleno océano Índico, Rodrigues es la más pequeña y aislada de las islas Mascareñas, ese trío volcánico que completan Mauricio y la francesa Reunión. Surgida de un volcán hace unos 1,5 millones de años y hoy erosionada hasta formar un relieve montañoso y modesto, está rodeada por una laguna descomunal: el arrecife que la ciñe encierra un espejo de agua varias veces más grande que la propia tierra firme, uno de los mayores del mundo en proporción a su isla. En esa laguna, sembrada de bancos de arena e islotes, está Île aux Cocos.
Como Mauricio, Rodrigues no tuvo población humana hasta la época colonial. Fue avistada por navegantes árabes y luego por los portugueses en el siglo XVI -su nombre viene del explorador Diogo Rodrigues-, pero permaneció deshabitada durante mucho tiempo. Su fauna endémica evolucionó en total aislamiento y produjo criaturas asombrosas: el solitario de Rodrigues, un ave no voladora pariente del dodo, hoy extinta; y tortugas gigantes terrestres que poblaban la isla por decenas de miles.
Esa naturaleza única, sin depredadores ni humanos, estaba condenada a sufrir el mismo destino que la de Mauricio en cuanto llegaran los colonos, los barcos y los animales que traían con ellos. Île aux Cocos, un puñado de arena y aves en medio de la laguna, sería una de las víctimas -y, mucho después, uno de los rescates- de esa historia.
El primer intento de asentamiento en Rodrigues lo protagonizó un grupo de hugonotes -protestantes franceses- liderado por François Leguat, que llegó en 1691 huyendo de la persecución religiosa y vivió allí un par de años. Leguat dejó un relato célebre que describe una isla rebosante de tortugas gigantes y de aves, una imagen de abundancia que no tardaría en destruirse. A lo largo de los siglos XVIII y XIX, bajo dominio francés y luego británico, Rodrigues fue explotada como despensa de la colonia: se cazaron y exportaron por barco decenas de miles de tortugas gigantes hacia Mauricio y Reunión, hasta extinguirlas por completo en estado salvaje.
Los islotes de la laguna, como Île aux Cocos e Île aux Sables, sufrieron su propia versión de esa depredación. Sus colonias de aves marinas -charranes, gaviotines, noddies- eran una fuente fácil de carne y, sobre todo, de huevos, recolectados masivamente por pescadores y visitantes. A eso se sumó una amenaza silenciosa y devastadora: las ratas y otros animales introducidos, que llegaban en las barcas y arrasaban nidos, huevos y polluelos. Para comienzos del siglo XX, las colonias del islote estaban gravemente diezmadas y algunas especies habían desaparecido de Rodrigues.
Rodrigues, mientras tanto, se poblaba lentamente con descendientes de esclavos africanos y malgaches liberados y con algunos colonos, formando una sociedad criolla, católica y pesquera, distinta del mosaico indo-mauriciano de la isla principal. Esa población pequeña vivía de la pesca en la laguna, la agricultura de subsistencia y la ganadería, en una isla pobre y olvidada por el poder central de Port Louis.
El siglo XX trajo, poco a poco, una conciencia distinta. A medida que se comprendía la magnitud de las extinciones en las Mascareñas -el dodo en Mauricio, el solitario y las tortugas en Rodrigues-, empezó a valorarse lo que todavía se podía salvar. Île aux Cocos, pese a la depredación sufrida, seguía siendo un punto de nidificación de aves marinas, y su condición de islote aislado la hacía ideal para protegerla si se controlaban las plagas introducidas.
Así, el islote fue declarado reserva natural y se instauró un régimen de acceso restringido: prohibición de recolectar huevos y aves, control de ratas, y visitas únicamente acompañadas por guardas o guías autorizados. Con el tiempo se sumaron programas de erradicación de especies invasoras y de monitoreo de las colonias, en línea con los grandes esfuerzos de conservación que hicieron famoso a todo el archipiélago mauriciano. Las poblaciones de charranes y noddies, protegidas, empezaron a recuperarse, y el islote volvió a llenarse del bullicio de miles de aves.
En paralelo, Rodrigues fue ganando autonomía. En 2002 obtuvo un estatuto de autonomía regional dentro de la República de Mauricio, con su propia Asamblea Regional, lo que le dio más control sobre la gestión de su territorio y sus recursos naturales, incluida la reserva de Île aux Cocos. La isla apostó por un modelo de ecoturismo de baja escala, muy diferente del turismo de resort de Mauricio, y convirtió a su naturaleza -las aves, la laguna, las tortugas reintroducidas en François Leguat- en su principal atractivo y en una fuente de orgullo e ingresos para su comunidad.
Hoy Île aux Cocos es a la vez una reserva estrictamente protegida y una de las excursiones más queridas de Rodrigues. La combinación resume la filosofía de la isla: mostrar su naturaleza sin destruirla. Las visitas se hacen en grupos reducidos, con guía obligatorio, respetando senderos y horarios marcados por las mareas, y con reglas claras -no recoger nada, no molestar a las aves, llevarse toda la basura-. El aporte de los visitantes ayuda a financiar la conservación y la vigilancia del islote.
Para el viajero, la experiencia es inolvidable y muy distinta del Mauricio de postal: cruzar en barco la inmensa laguna turquesa, desembarcar en un banco de arena en medio del mar, caminar entre miles de charranes y noddies que vuelan y anidan a pocos metros, hacer snorkel en arrecifes sanos y almorzar pulpo al curry en la playa. Es ecoturismo del bueno, en una de las últimas islas del Índico que conservan la calma y la autenticidad que Mauricio perdió hace décadas.
La historia de Île aux Cocos -de la abundancia descrita por Leguat a la casi desaparición de sus aves, y de ahí a la reserva recuperada de hoy- es, en miniatura, la historia de todo el archipiélago: la de un paraíso natural gravemente herido por el ser humano y en parte restaurado por él mismo, cuando decidió cuidarlo. Visitarla es asomarse a esa lección y, de paso, descubrir Rodrigues, la isla hermana pequeña y tranquila que muchos consideran el rincón más genuino de la República de Mauricio.