Antes de que existiera un nombre francés, un colono o una aldea, Chamarel ya era un accidente de la geología. Mauricio entera es una isla volcánica surgida del fondo del océano Índico: hace entre 8 y 10 millones de años, una serie de erupciones fue apilando lava basáltica sobre un punto caliente de la corteza terrestre, y más tarde, entre hace 3,5 millones y unos 20.000 años, nuevas fases volcánicas remodelaron el relieve. El suroeste, donde hoy está Chamarel, quedó como un macizo de montañas escarpadas, mesetas y valles profundos.
Los colores de la Terre des Sept Couleurs son la firma de ese origen ígneo, pero también de lo que vino después: millones de años de clima tropical. La roca basáltica original se descompuso lentamente por la acción del agua, el calor y la humedad, en un proceso llamado laterización. En ese proceso, los minerales solubles se lavaron y quedaron concentrados los óxidos metálicos más estables: sobre todo óxidos e hidróxidos de hierro, que pintan los rojos, marrones, ocres y anaranjados, y óxido de aluminio, responsable de los tonos azulados y grisáceos.
Lo asombroso es que esos colores no se mezclan aunque se remuevan. La explicación que aceptan los geólogos es física: cada tipo de partícula tiene una densidad y un tamaño distintos, y por eso, tras la lluvia o cualquier alteración, tienden a re-estratificarse por capas, como si el suelo se ordenara solo. A eso se suma que estas arenas ferralíticas casi no retienen agua ni permiten que crezca vegetación encima, así que las dunas quedan desnudas, expuestas, mostrando su paleta al aire libre. Es un fenómeno raro en el planeta y, en Mauricio, se repite en menor escala más al sur, en Chamouny.
La cascada vecina cuenta la otra mitad de la historia geológica: el agua del río St Denis se despeña casi cien metros por un escalón de basalto columnar, esa roca que se fractura en prismas al enfriarse, dejando ver en corte la vieja colada de lava sobre la que se asienta todo el paisaje.
El nombre Chamarel es humano y relativamente reciente. Viene de Charles Antoine de Chazal de Chamarel, un colono francés afincado en la zona en el siglo XVIII, cuando la isla se llamaba Isla de Francia (Isle de France) y era una colonia del reino francés. Los holandeses habían sido los primeros europeos en instalarse en Mauricio en el siglo XVII -y los que bautizaron la isla con el nombre del príncipe Mauricio de Nassau, además de exterminar al dodo y agotar los bosques de ébano-, pero la abandonaron en 1710. Francia tomó posesión en 1715 y, bajo el impulso del gobernador Mahé de La Bourdonnais desde 1735, la convirtió en una colonia de plantación próspera y estratégica en la ruta a la India.
En ese marco, las tierras altas del suroeste se repartieron en concesiones. La familia de Chazal de Chamarel dio su apellido al lugar, y con el tiempo Chamarel pasó a designar la aldea, el pico vecino y toda la comarca. Como en el resto de la Isla de Francia, la economía de la zona se montó sobre la caña de azúcar, el café y las especias, cultivos que exigían muchísima mano de obra.
Esa mano de obra fue, durante más de un siglo, esclava. Miles de africanos y malgaches fueron traídos por la fuerza desde el continente y Madagascar para trabajar las plantaciones. El suroeste montañoso -Chamarel, Le Morne, Baie du Cap- quedó marcado por esa historia: sus laderas y cuevas sirvieron de refugio a esclavos fugados (marrons), y esa memoria late todavía en el vecino Le Morne Brabant, declarado Patrimonio de la Humanidad justamente por eso.
En 1810, en plena guerra napoleónica, Gran Bretaña arrebató la isla a Francia tras el desembarco del norte y la rendición de Port Louis; el paréntesis quedó sellado en 1814 con el Tratado de París, y la Isla de Francia volvió a llamarse Mauritius. Los británicos mantuvieron, sin embargo, buena parte de la lengua, la ley civil y la propiedad francesas, algo que todavía explica por qué en Chamarel se habla criollo de base francesa y no inglés en la vida cotidiana.
El cambio más profundo llegó en 1835, con la abolición de la esclavitud en el Imperio británico. Los antiguos esclavos, muchos de origen africano y malgache, en gran parte abandonaron las plantaciones y fueron el germen de la población criolla que hoy predomina en aldeas como Chamarel. Para reemplazar esa fuerza de trabajo, los colonos y el gobierno británico organizaron la llegada masiva de trabajadores contratados (indentured labour) desde la India: entre 1834 y comienzos del siglo XX, casi medio millón de indios desembarcaron en el Aapravasi Ghat de Port Louis -hoy también Patrimonio de la Humanidad- para trabajar en la caña bajo contratos que muchas veces escondían condiciones durísimas.
Chamarel, como todo el país, se volvió así un mosaico: descendientes de esclavos africanos y malgaches, de trabajadores indios hindúes y musulmanes, de comerciantes chinos y de colonos franceses convivieron y se mezclaron. La aldea conservó su carácter mayormente criollo y católico -de ahí su iglesia de Santa Ana-, mientras el resto de la isla se poblaba de templos hindúes, mezquitas y pagodas. El café de altura y la caña siguieron siendo, durante generaciones, el sostén de esta comarca de montaña.
Durante mucho tiempo, la Tierra de los Siete Colores fue casi un secreto local, un curioso claro de dunas de colores en medio de la montaña que llegaba a oídos de viajeros y naturalistas. Con la independencia de Mauricio en 1968 y, sobre todo, con el despegue del turismo de playa a partir de los años setenta y ochenta, Chamarel se transformó en una de las paradas obligadas de las excursiones al interior de la isla, junto al lago sagrado hindú de Grand Bassin (Ganga Talao) y al Parque Nacional de Black River Gorges, creado en 1994 para proteger los últimos bosques nativos.
El sitio de las siete tierras se ordenó como geoparque privado, con plataformas de madera para proteger las dunas de las pisadas, senderos hacia el mirador de la cascada y un recinto con tortugas gigantes de Aldabra, la especie del Índico occidental emparentada con las tortugas gigantes que Mauricio tuvo hasta que la caza y las especies invasoras las extinguieron, igual que al dodo.
En paralelo, Chamarel recuperó su vocación agrícola con un giro moderno: en 2008 abrió la Rhumerie de Chamarel, una destilería que produce ron agrícola de estilo isla, destilando el jugo fresco de su propia caña -no la melaza, como el ron industrial-, con lo que devolvió valor a los cañaverales de la montaña y sumó una parada gastronómica que hoy es tan visitada como las dunas. La aldea completó su transformación con tables d'hôtes, restaurantes panorámicos y eco-lodges.
Hoy Chamarel es a la vez un fenómeno geológico, un pedazo de la historia criolla de Mauricio y una vitrina de su cocina y su ron. En pocos kilómetros cuadrados se puede leer el relato entero de la isla: el fuego volcánico que la creó, la lluvia tropical que la esculpió, la caña que la enriqueció a costa de esclavos y trabajadores contratados, y el turismo que, para bien y para mal, la reinventó en el siglo XXI.