Para entender Black River Gorges hay que imaginar Mauricio como era antes de que llegara el primer ser humano, hace apenas unos cuatro siglos. La isla, surgida de erupciones volcánicas en medio del océano Índico, había pasado millones de años en total aislamiento. Sin depredadores terrestres ni humanos, la evolución produjo un mundo propio y frágil: bosques densos de ébano y palmeras endémicas, aves que habían perdido el vuelo o el miedo, reptiles y murciélagos únicos. El símbolo de ese paraíso fue el dodo, un ave no voladora del tamaño de un pavo que no conocía el peligro.
Ese bosque cubría prácticamente toda la isla, desde la costa hasta las tierras altas del suroeste, donde hoy se extiende el parque. Era un ecosistema cerrado, resultado de milenios de evolución sin interferencias, con niveles altísimos de especies que no existían en ningún otro lugar del planeta. Las gargantas profundas de la Rivière Noire, difíciles de talar y de habitar, guardaron durante más tiempo que el resto ese bosque original.
Lo que hoy se protege en Black River Gorges es, literalmente, el último pedazo importante de aquella Mauricio primigenia. Poco más del 2 por ciento de la vegetación nativa de la isla sobrevive, y buena parte de ese remanente está aquí, en las laderas y mesetas de este parque. Caminar por sus senderos es una máquina del tiempo hacia la isla que fue.
La llegada de los europeos, a partir del siglo XVI, desató una destrucción rápida y casi total. Los holandeses, que ocuparon la isla en el siglo XVII y le dieron el nombre de Mauricio, explotaron intensivamente los bosques de ébano -una madera negra y valiosísima- y trajeron cerdos, ratas, monos y otros animales que arrasaron los nidos y las plantas nativas. En ese torbellino, el dodo se extinguió antes de que terminara el siglo XVII, apenas décadas después del primer contacto: se convirtió en el emblema mundial de la extinción provocada por el hombre.
Franceses y luego británicos completaron la transformación. Con la economía de plantación, enormes superficies de bosque fueron taladas y quemadas para plantar caña de azúcar, café y otros cultivos comerciales, trabajados por esclavos africanos y malgaches y, tras la abolición de 1835, por trabajadores contratados venidos de la India. Las especies invasoras -ciervos, jabalíes, macacos, ratas, plantas foráneas como la guayaba fresa y el privet- siguieron desplazando a la flora y la fauna endémicas incluso en las zonas que no se cultivaron.
El resultado fue catastrófico para la biodiversidad. Además del dodo, Mauricio perdió tortugas gigantes, aves, reptiles y plantas endémicas. A mediados del siglo XX, especies emblemáticas como el cernícalo de Mauricio, la paloma rosada o el periquito verde estaban al borde mismo de la desaparición, reducidas a un puñado de individuos en las últimas manchas de bosque de las tierras altas. La isla que había sido un santuario evolutivo se había vuelto uno de los lugares con más extinciones documentadas del planeta.
La historia de Black River Gorges no es solo de pérdida: también es una de las de rescate más notables del mundo. A partir de los años setenta, cuando el cernícalo de Mauricio llegó a contar con apenas cuatro ejemplares en libertad -uno de los momentos en que estuvo más cerca de desaparecer de cualquier ave del planeta-, biólogos locales e internacionales pusieron en marcha programas de cría en cautividad, control de especies invasoras y restauración del hábitat, muchos de ellos impulsados por la Mauritian Wildlife Foundation y sus socios.
El esfuerzo dio frutos casi milagrosos. El cernícalo de Mauricio se recuperó hasta contar con cientos de individuos y hoy vuela de nuevo sobre las gargantas; la paloma rosada, que también rozó la extinción, se reprodujo en cautividad y se reintrodujo en la naturaleza; el periquito verde (echo parakeet), considerado el loro más amenazado del mundo, remontó de forma parecida. Estos casos son citados internacionalmente como ejemplos de que la extinción no siempre es el final si se actúa a tiempo.
Para proteger el escenario de esos rescates -el bosque nativo que aún sobrevivía-, el gobierno mauriciano creó en 1994 el Parque Nacional de Black River Gorges, el mayor del país, con unos 67,5 km². El parque agrupó reservas preexistentes y sumó zonas de bosque de altura, gargantas y cabeceras de ríos, bajo la gestión del National Parks and Conservation Service. Se trazaron senderos, se instalaron centros de visitantes en Pétrin y Black River, y se intensificó el control de invasoras y la replantación de especies endémicas.
Hoy Black River Gorges cumple dos funciones que se refuerzan. Es, por un lado, el corazón de la conservación mauriciana: dentro de sus límites y en reservas asociadas se sostiene la mayor parte de la flora y fauna endémicas que la isla logró conservar, desde el cernícalo y la paloma rosada hasta los ébanos, las palmeras nativas y la trochetia, flor nacional de Mauricio. Es también hábitat del gran zorro volador, el murciélago frugívoro endémico, protagonista de tensos debates entre conservación y agricultura.
Por otro lado, es el principal espacio natural abierto al público en una isla famosa por sus playas. Más de 50 kilómetros de senderos permiten recorrer el bosque, asomarse a los miradores de las gargantas y de las cataratas Alexandra, y subir al Piton de la Petite Rivière Noire, con 828 metros el punto más alto del país. La entrada es gratuita, en parte para acercar a los propios mauricianos a un patrimonio natural que su historia estuvo a punto de borrar.
El parque convive con amenazas persistentes: las especies invasoras siguen presionando, el cambio climático altera las lluvias y el turismo mal gestionado puede dañar los ecosistemas frágiles. Por eso la visita tiene también un componente educativo: los paneles y los centros explican qué se perdió, qué se salvó y qué se sigue haciendo. Recorrer Black River Gorges es disfrutar de un paisaje magnífico y, al mismo tiempo, leer en él la advertencia y la esperanza que Mauricio ofrece al resto del planeta: la naturaleza que destruimos a toda velocidad puede, con trabajo y voluntad, ser en parte recuperada.