Mucho antes de que llegaran los romanos, en la colina donde hoy se extienden las ruinas de Volubilis ya florecía una ciudad. Los orígenes del asentamiento se remontan al menos al siglo III a.C., cuando existía aquí un núcleo amazigh (bereber) que mantenía contactos comerciales con los cartagineses; se han hallado inscripciones en lengua púnica y libio-bereber que atestiguan esa etapa temprana. La ciudad se llamaba Walili, un nombre bereber que aludía a la adelfa (una planta que abunda en la zona) y del que deriva su forma latina, Volubilis, y el nombre árabe actual, Walili.
Volubilis fue ganando importancia hasta convertirse en una de las principales ciudades y una de las capitales del reino de Mauritania, un Estado bereber que ocupaba el noroeste de África y que mantenía estrechas relaciones con Roma, a la que estaba aliado y, cada vez más, subordinado. El momento de mayor esplendor de este reino independiente llegó bajo el rey Juba II, un monarca culto y muy romanizado, educado en Roma y casado con Cleopatra Selene, hija de Cleopatra de Egipto y Marco Antonio. Juba II y su hijo Ptolomeo convirtieron su reino en un próspero aliado de Roma, y Volubilis, una de sus residencias, se enriqueció y empezó a adoptar las formas de vida romanas.
Esa etapa terminó de forma abrupta. En el año 40 d.C., el emperador Calígula mandó asesinar al rey Ptolomeo de Mauritania, y Roma se anexionó directamente el reino, que quedó dividido en dos provincias imperiales.
Tras la anexión, Volubilis quedó integrada en el Imperio romano como una de las principales ciudades de la nueva provincia de Mauritania Tingitana (cuya capital era Tingis, la actual Tánger). La ciudad había apoyado a Roma durante la revuelta bereber que siguió a la anexión, y como recompensa recibió el estatuto de municipio y su población obtuvo la ciudadanía romana. Comenzó entonces su verdadera edad de oro, que se prolongó durante los siglos I, II y III d.C.
Volubilis creció hasta alcanzar unos 20.000 habitantes y se llenó de monumentos propios de una ciudad romana de provincias: un foro, un templo capitolino dedicado a la tríada Júpiter-Juno-Minerva, una gran basílica para la justicia y los negocios, termas públicas, acueductos y fuentes, murallas con puertas monumentales, y sobre todo lujosas casas señoriales decoradas con los magníficos mosaicos que hoy son su mayor tesoro. En el año 217 se levantó el Arco de Caracalla, en agradecimiento al emperador por conceder la ciudadanía y beneficios fiscales a los habitantes.
La riqueza de Volubilis se basaba en su fértil comarca agrícola: la ciudad producía y exportaba grandes cantidades de aceite de oliva y de trigo, y las numerosas prensas de aceite que se conservan entre las ruinas atestiguan esa próspera industria. Fue una sociedad mestiza y cosmopolita, donde convivían bereberes romanizados, colonos itálicos, comerciantes griegos y sirios y una comunidad judía, todos bajo el orden y la cultura de Roma en el confín occidental del Imperio.
Hacia el año 285 d.C., en un contexto de crisis del Imperio y de presión de las tribus bereberes del interior, Roma tomó una decisión insólita: retiró sus tropas y su administración de Volubilis y del sur de la Mauritania Tingitana, replegando la frontera hacia el norte, a la zona de Tánger y Ceuta. A diferencia de otras ciudades romanas que fueron abandonadas tras la caída del Imperio, Volubilis no se despobló: siguió habitada de forma continua durante siglos, primero por una población romanizada y cristianizada, luego por comunidades bereberes, cristianas y judías que mantuvieron viva la ciudad al margen ya del poder romano.
Inscripciones latinas y cristianas de los siglos posteriores a la retirada romana, y hallazgos arqueológicos, muestran esa notable continuidad. La ciudad conservó su carácter urbano y su población mixta durante la Antigüedad tardía y los primeros siglos de la Edad Media, un caso poco frecuente en el occidente del antiguo Imperio.
El gran giro llegó a finales del siglo VIII, con la llegada del islam al Magreb. Hacia el año 788, Idris ibn Abdallah (Idris I), un jerife descendiente del Profeta huido de la persecución en Oriente, se refugió en esta región y fue acogido por las tribus bereberes locales. Se instaló precisamente cerca de Volubilis —que entonces todavía estaba habitada y se conocía como Walili—, y desde aquí fundó la dinastía idrisí, la primera dinastía musulmana de Marruecos. Muy cerca del yacimiento nació así el pueblo santo de Muley Idriss Zerhoun, en torno a su tumba, y poco después su hijo Idris II fundaría la ciudad de Fez.
Con el auge de las nuevas ciudades islámicas de la región —sobre todo Fez, fundada por los idrisíes a comienzos del siglo IX, y más tarde Meknes—, la vieja Volubilis fue perdiendo importancia y población. El centro de gravedad se desplazó hacia esos nuevos núcleos, y la ciudad antigua quedó reducida a un lugar cada vez más marginal, aunque conservó cierta ocupación durante la Edad Media.
Dos factores acabaron de arruinarla. El primero fue la naturaleza: la región es sísmica, y se cree que un terremoto —tradicionalmente asociado al gran seísmo de Lisboa de 1755, que se sintió en todo el noroeste de África— derribó buena parte de las estructuras que aún quedaban en pie. El segundo fue el expolio humano: en el siglo XVII y XVIII, el sultán alauí Muley Ismail, que estaba construyendo su fastuosa capital imperial en la cercana Meknes, mandó llevarse de Volubilis cantidades ingentes de piedra, mármol y columnas para sus palacios y puertas; buena parte del mármol de la monumental Bab Mansour de Meknes procede, de hecho, de las ruinas romanas. Durante generaciones, Volubilis sirvió de cantera para las construcciones de la zona.
Así, la que había sido una próspera capital de provincia romana quedó convertida en un campo de ruinas semienterradas entre olivares, casi olvidada, hasta que en los siglos XIX y XX el interés arqueológico volvió a poner sus ojos en ella.
El redescubrimiento científico de Volubilis empezó en el siglo XIX y se intensificó durante el protectorado francés, en la primera mitad del siglo XX, cuando se llevaron a cabo las grandes campañas de excavación que sacaron a la luz el trazado de la ciudad, sus monumentos y, sobre todo, los extraordinarios mosaicos que la han hecho famosa. Se reerigieron algunas columnas y se reconstruyó parcialmente el Arco de Caracalla y el Capitolio, y se recuperaron piezas de gran valor, como los célebres bustos de bronce (entre ellos el llamado 'Juba II' y el 'perro de Volubilis'), hoy conservados en el Museo Arqueológico de Rabat.
Las excavaciones han continuado hasta la actualidad y han confirmado tanto la riqueza de la etapa romana como la fascinante continuidad de la ciudad después de la retirada de Roma, uno de los aspectos que la hacen singular. En 1997, la Unesco declaró el sitio arqueológico de Volubilis Patrimonio de la Humanidad, reconociéndolo como un ejemplo excepcionalmente bien conservado de una gran ciudad colonial romana en los confines del Imperio, y como testimonio de muchas civilizaciones que dejaron su huella en el mismo lugar: bereber, cartaginesa, romana, cristiana e islámica.
Hoy, Volubilis es el yacimiento arqueológico más visitado de Marruecos y una excursión imprescindible desde Meknes o Fez. Recorrer sus calles empedradas, contemplar sus mosaicos casi milenarios a cielo abierto y ver el Arco de Caracalla recortarse sobre los olivares, con el pueblo blanco de Muley Idriss al fondo, es realizar un viaje único a través de dos mil años de historia mediterránea, en el punto donde el mundo romano y el mundo islámico de Marruecos se dan la mano.