Pocas ciudades del mundo cargan con tanta leyenda antes siquiera de tener historia escrita. La mitología griega situó en el estrecho de Tánger las Columnas de Hércules, y hasta le dio como fundadora a Tingis, esposa del gigante Anteo, al que Hércules habría vencido en esta costa. Detrás del mito hay una ciudad realísima y antiquísima: fue fundada por los fenicios hacia el siglo V a.C. como factoría comercial en la ruta del estrecho, con el nombre de Tingi o Tingis.
Tras el declive fenicio la ciudad pasó a la órbita cartaginesa y luego al reino bereber de Mauritania. Con la anexión romana, Tingis alcanzó su primer gran esplendor: el emperador Claudio la convirtió en el siglo I d.C. en capital de la provincia de Mauritania Tingitana, que precisamente tomó su nombre de la ciudad. Fue un puerto próspero, con foro, templos y villas, integrado en el comercio del Mediterráneo occidental. De aquella época proceden mosaicos y piezas que hoy se conservan en el Museo de la Kasbah.
El Imperio romano dejó paso, en los siglos V y VI, a los vándalos y luego a los bizantinos, que se disputaron el control del estrecho. Como tantas ciudades de la orilla sur del Mediterráneo, Tánger entró entonces en una fase de inestabilidad, a la espera del gran vuelco que traería la llegada del islam.
En el siglo VII, la expansión del islam alcanzó el Magreb y Tánger quedó integrada en el nuevo mundo árabe-bereber. La ciudad iba a jugar un papel decisivo en la historia de Europa: según la tradición, fue desde esta región y bajo el mando de Táriq ibn Ziyad —gobernador beréber de Tánger— desde donde en el año 711 partió el ejército que cruzó el estrecho, desembarcó junto al peñón que llevaría su nombre (Yabal Táriq, Gibraltar) y conquistó en pocos años el reino visigodo de Hispania. Tánger se convirtió así en la cabeza de puente de al-Ándalus.
Durante la Edad Media la ciudad cambió de manos entre las distintas dinastías que dominaron Marruecos —idrisíes, almorávides, almohades, meriníes—, prosperando como puerto y como bisagra entre África y la península ibérica. De esa época dorada es su hijo más ilustre: Ibn Battuta, nacido en Tánger en 1304. Este viajero incansable recorrió a lo largo de casi treinta años el mundo islámico y más allá —el norte de África, Oriente Medio, Persia, la India, China, el África subsahariana y al-Ándalus—, y dejó en su Rihla ('El viaje') uno de los grandes libros de viajes de todos los tiempos. Se le considera el mayor viajero de la Edad Media, muy por encima en distancia recorrida de Marco Polo, y el aeropuerto de la ciudad lleva hoy su nombre en su honor.
Esa condición de encrucijada, sin embargo, también hizo de Tánger una presa codiciada. A partir del siglo XV, con el avance de las potencias ibéricas por el norte de África, la ciudad entraría en una larga etapa de dominación extranjera.
En 1471 Tánger fue tomada por los portugueses, que la sumaron a su red de plazas fuertes del norte de África. La ciudad permaneció bajo dominio luso durante casi dos siglos (con un paréntesis en que, bajo la unión de coronas, dependió de la monarquía hispánica). En 1661 cambió de manos de forma inesperada: Portugal la entregó a Inglaterra como parte de la dote de la infanta Catalina de Braganza al casarse con el rey Carlos II de Inglaterra.
La Tánger inglesa fue un experimento difícil. Los ingleses construyeron un gran muelle y fortificaciones y la convirtieron en base naval, pero sufrieron el asedio constante de las tropas del sultán marroquí Muley Ismail. Incapaces de sostener la plaza y agotados por el coste, los ingleses decidieron abandonarla en 1684, y antes de irse volaron el puerto y buena parte de las defensas para que no cayeran intactas en manos marroquíes.
Tánger regresó entonces al dominio de la dinastía alauí, que gobierna Marruecos hasta hoy. Durante los siglos XVIII y XIX la ciudad se fue convirtiendo en la 'capital diplomática' del sultanato: por su posición estratégica, las potencias europeas instalaron aquí sus legaciones y consulados. Ese peso diplomático, unido al debilitamiento del Estado marroquí frente al imperialismo europeo, prepararía el terreno para el capítulo más extraordinario de la historia de la ciudad.
En 1912, Marruecos quedó repartido entre un protectorado francés (la mayor parte del país) y uno español (el norte y el sur). Pero Tánger, por su valor estratégico y por los intereses cruzados de tantas potencias, recibió un estatuto único en el mundo. El Estatuto de Tánger de 1923 creó la Zona Internacional de Tánger: un territorio pequeño administrado conjuntamente por Francia, España, el Reino Unido y, más tarde, otros países como Italia, Bélgica, Países Bajos o Estados Unidos, bajo la soberanía nominal del sultán pero gobernado de facto por una comisión internacional.
El resultado fue una ciudad fascinante y contradictoria. Tánger internacional funcionó como zona franca, sin apenas control de aduanas, impuestos ni divisas: un paraíso para la banca, el contrabando y todos los negocios turbios imaginables. La libertad de movimientos y de costumbres —insólita para la época— atrajo a una fauna cosmopolita irrepetible: espías de todas las potencias (sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría), millonarios excéntricos, contrabandistas, exiliados políticos y una legión de escritores y artistas. Matisse ya había pintado aquí antes; después vinieron Paul Bowles —que se instaló definitivamente en la ciudad y la convirtió en escenario literario—, su esposa Jane Bowles, y los autores de la generación beat: William Burroughs escribió aquí buena parte de 'El almuerzo desnudo', y por sus cafés pasaron Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Tennessee Williams o Truman Capote.
Aquella burbuja terminó con la independencia. Cuando Marruecos recuperó su soberanía en 1956, Tánger se reintegró al reino y perdió su estatuto especial, que se fue desmontando en los años siguientes. La ciudad internacional, con su glamour y su decadencia, pasó a la leyenda.
Tras perder su estatuto internacional, Tánger vivió décadas de cierto abandono. Marginada de las grandes políticas de desarrollo, la ciudad conservó su encanto decadente y su comunidad de nostálgicos —el propio Paul Bowles siguió viviendo aquí hasta su muerte en 1999—, pero también acumuló problemas de infraestructura, migración y economía sumergida. Durante mucho tiempo fue conocida sobre todo como punto de partida de la emigración hacia Europa a través del estrecho.
El cambio de rumbo llegó en el siglo XXI. A partir de los años 2000, con el nuevo reinado, Tánger se convirtió en prioridad estratégica del Estado marroquí. El proyecto estrella fue el puerto de Tánger Med, inaugurado en 2007 y ampliado después hasta convertirse en el mayor puerto del Mediterráneo y de África, un gigantesco centro logístico e industrial que atrajo fábricas (entre ellas grandes plantas de automoción) y transformó la economía de toda la región. A ello se sumó, en 2018, la puesta en marcha del Al Boraq, el primer tren de alta velocidad de África, que conecta Tánger con Rabat y Casablanca.
En paralelo, la ciudad remodeló por completo su fachada marítima, recuperó su medina y su Kasbah, restauró teatros y cines emblemáticos como el Cinema Rif y apostó por la cultura y el turismo. La vieja Tánger cosmopolita, la de los fenicios, la de Ibn Battuta, la de los espías y los escritores, convive hoy con una ciudad pujante y moderna. Sigue siendo, como siempre lo fue, la puerta entre dos continentes y dos mares: el lugar donde África mira a Europa a apenas catorce kilómetros de distancia, y donde el viajero siente, todavía, el vértigo de estar en la frontera del mundo.