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Historia de Rabat

Sala Colonia: la Rabat romana

La historia de Rabat empieza en la orilla del río Bouregreg mucho antes del islam. En el emplazamiento donde hoy se levanta la evocadora necrópolis de Chellah existió un asentamiento fenicio-púnico y, sobre todo, una próspera ciudad romana: Sala Colonia. Fue uno de los puestos más meridionales del Imperio en esta parte de África, capital de un territorio de la provincia de Mauritania Tingitana y un activo puerto comercial junto al Atlántico. De aquella ciudad quedan hoy, entre la vegetación de Chellah, los restos del foro, un arco de triunfo, columnas, termas y las calles empedradas que se pueden recorrer.

Tras la caída del poder romano y las invasiones, Sala fue decayendo, aunque el lugar mantuvo cierta ocupación durante siglos. La llegada del islam al Magreb, a partir del siglo VII y VIII, cambió por completo el panorama de la región. El verdadero nacimiento de Rabat como ciudad, sin embargo, no llegaría hasta varios siglos después, y de la mano de una de las grandes dinastías bereberes que dominaron Marruecos y al-Ándalus: los almohades.

Enfrente, en la otra orilla del Bouregreg, iría creciendo Salé, que durante buena parte de la Edad Media fue más importante que la propia Rabat y un puerto comercial de primer orden.

El ribat almohade y el sueño de la Torre Hassan

El nombre de Rabat viene del árabe 'ribat', que designaba una fortaleza-monasterio donde se congregaban guerreros consagrados a la vez a la oración y a la yihad, la guerra santa. En el siglo XII, la dinastía almohade, que gobernaba un imperio inmenso a ambos lados del Estrecho, estableció aquí un ribat en el promontorio sobre la desembocadura del río, el germen de la actual Kasbah de los Udayas.

El gran momento llegó con el sultán Yaqub al-Mansur ('el Victorioso'), que reinó a finales del siglo XII. Tras su célebre victoria sobre los reinos cristianos en la batalla de Alarcos (1195), al-Mansur concibió Rabat como una gran capital imperial, base de operaciones para sus campañas en al-Ándalus, y la llamó Ribat al-Fath, 'el ribat de la victoria'. Ordenó rodearla de murallas monumentales —que en parte todavía se conservan, con puertas como la magnífica Bab er-Rouah— y emprendió una obra descomunal: una mezquita que aspiraba a ser una de las mayores del mundo islámico, con un minarete gigantesco a juego con la Giralda de Sevilla y la Koutoubia de Marrakech, sus 'hermanas' almohades.

Pero el sueño se truncó. Al-Mansur murió en 1199 y las obras se detuvieron para siempre. El minarete quedó inacabado en 44 metros —la actual Torre Hassan— y de la inmensa sala de oración solo se levantaron las columnas, hoy un bosque de fustes truncados. Con la decadencia almohade en el siglo XIII, Rabat perdió importancia y quedó reducida a una población menguante y casi despoblada durante generaciones, a la sombra de la vecina Salé.

Los moriscos y la república corsaria de Salé

Rabat renació de forma inesperada en el siglo XVII, y su renacimiento tiene raíces españolas. Entre 1609 y 1614, el rey Felipe III de España decretó la expulsión de los moriscos, los descendientes de los musulmanes andalusíes convertidos por la fuerza al cristianismo. Miles de ellos, expulsados de su tierra, cruzaron el Estrecho y buscaron refugio en el norte de África. Un contingente numeroso, procedente sobre todo de la localidad extremeña de Hornachos (los llamados 'hornacheros') y de otras zonas de al-Ándalus, se instaló en Rabat y Salé, en la desembocadura del Bouregreg.

Aquellos andalusíes, que aún hablaban español y llegaban con el resentimiento de los expulsados y un notable saber marinero, transformaron las dos ciudades. Levantaron en Rabat una nueva muralla (la 'muralla andaluza' que todavía delimita la medina) y, sobre todo, convirtieron el estuario en una de las mayores bases corsarias del Atlántico. Nació así la célebre 'república de Salé' (o de Bou Regreg), una república independiente de facto, gobernada por los propios corsarios, que entre los años 1620 y 1660 sembró el terror en las rutas marítimas.

Los corsarios de Salé, los temidos 'Sallee Rovers', asaltaban barcos europeos, capturaban cautivos cristianos para el rescate o la esclavitud y llegaron a atacar las costas de España, Portugal, Francia, Inglaterra e incluso Irlanda e Islandia. Fue una época legendaria y sangrienta, que dejó a Rabat y Salé una prosperidad basada en el botín y una población de origen andalusí que marcó para siempre su carácter. La república corsaria acabó siendo sometida por el poder de los sultanes alauíes a mediados del siglo XVII, pero el corso continuó bajo control real durante mucho tiempo.

1912: Rabat, capital de Marruecos

Durante los siglos siguientes, bajo la dinastía alauí, Rabat fue una de las residencias reales y una ciudad de cierta importancia, pero no la capital: los sultanes gobernaban desde Fez o Marrakech, las grandes ciudades imperiales del interior. El cambio decisivo llegó con la colonización.

En 1912, el Tratado de Fez estableció el protectorado francés sobre Marruecos, y el primer residente general, el mariscal Hubert Lyautey, tomó una decisión que cambiaría el destino de la ciudad: trasladar la capital administrativa del país de Fez a Rabat. Lyautey buscaba una ciudad costera, más segura, mejor comunicada por mar y alejada de la conflictiva Fez. A partir de entonces, Rabat se convirtió en la sede del poder colonial y del sultán, y experimentó una profunda transformación.

Siguiendo los planes del urbanista Henri Prost, los franceses respetaron escrupulosamente la medina histórica y construyeron a su lado una 'ville nouvelle' de avenidas arboladas, edificios administrativos, jardines y barrios residenciales, con un estilo que combinaba la modernidad europea con motivos marroquíes. Se levantaron ministerios, la residencia general (hoy palacio real y sedes oficiales), embajadas y grandes espacios verdes. Rabat adquirió así el aire elegante, ordenado y algo señorial que conserva hoy, muy distinto del bullicio de otras ciudades marroquíes.

La capital del Marruecos independiente

Cuando Marruecos recuperó la independencia en 1956, Rabat mantuvo su condición de capital, y lo ha seguido siendo desde entonces. Es la sede del rey (el Palacio Real, Dar el-Makhzen, está en la ciudad), del gobierno, del parlamento y de todas las embajadas y organismos oficiales. Aquí se construyó, tras la muerte en 1961 del rey Mohammed V —el monarca que negoció y proclamó la independencia—, el solemne Mausoleo que lleva su nombre, junto a la Torre Hassan, y que hoy alberga también las tumbas de sus hijos, entre ellos el rey Hassan II.

En las últimas décadas, Rabat se ha modernizado con un cuidado especial por su patrimonio y su calidad de vida: se ha dotado de una red de tranvía que cruza el río hasta Salé, ha remodelado la ribera del Bouregreg con una marina, jardines y el espectacular Gran Teatro diseñado por la arquitecta Zaha Hadid, y ha inaugurado instituciones culturales como el Museo Mohammed VI de Arte Moderno y Contemporáneo, el primer gran museo de arte moderno del país. En 2012, la Unesco reconoció el valor de la ciudad declarando Patrimonio Mundial 'Rabat, capital moderna y ciudad histórica: un patrimonio en común', valorando precisamente la convivencia armoniosa entre la herencia árabe-musulmana y andalusí y el urbanismo moderno del siglo XX.

Hoy, Rabat es una capital tranquila, verde y elegante, a menudo pasada por alto por los viajeros que corren hacia Marrakech o Fez, pero que ofrece un patrimonio de primer orden —la Kasbah de los Udayas, la Torre Hassan, Chellah, la medina andaluza— en un ambiente relajado y sin agobios. Es la ciudad donde late, con discreción, el corazón político de Marruecos, y una de las más agradables de recorrer de todo el país.

📚 Bibliografía

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