La historia de Merzouga no se entiende sin la de la región que la rodea, el Tafilalet, y sin una ciudad hoy casi desaparecida pero antaño legendaria: Sijilmasa. Fundada en el siglo VIII junto al río Ziz, cerca de la actual Rissani (a unos 35 kilómetros de Merzouga), Sijilmasa fue durante siglos una de las grandes ciudades caravaneras del mundo islámico, el gran puerto terrestre del comercio transahariano.
Desde Sijilmasa partían las caravanas que se adentraban en el Sahara rumbo al sur, hacia el reino de Ghana y, más tarde, el imperio de Malí y la mítica Tombuctú. Traían de vuelta oro en polvo, sal, marfil, plumas de avestruz y esclavos, y a cambio llevaban tejidos, cobre, dátiles y manufacturas del norte. Ese comercio hizo a la ciudad inmensamente rica: Sijilmasa llegó a acuñar su propia moneda de oro, apreciada en todo el Mediterráneo, y fue codiciada y dominada por sucesivas dinastías. El oro que financió buena parte del esplendor de al-Ándalus y del Magreb medieval pasó por aquí.
Sijilmasa entró en decadencia a partir de los siglos XIV y XV, con el desvío de las rutas comerciales y las luchas internas, y acabó destruida y abandonada. Hoy solo quedan ruinas dispersas cerca de Rissani, pero su recuerdo explica por qué esta esquina remota del desierto marroquí fue durante siglos un cruce de caminos crucial entre el mundo árabe y el África negra.
El Tafilalet, la región de Merzouga y Rissani, tiene otro título histórico de primer orden: es la cuna de la dinastía alauí, la familia que reina en Marruecos desde el siglo XVII y hasta hoy. Los alauíes (o filalíes, por el Tafilalet) son una familia de jerifes, es decir, descendientes del profeta Mahoma a través de su nieto Hasan, que se establecieron en esta región del sur en la Edad Media.
Su fundador, Mulay Alí Cherif, cuyo mausoleo se venera todavía en Rissani, sentó las bases del poder de la familia en el siglo XVII. Aprovechando el prestigio de su linaje profético y la inestabilidad que siguió a la caída de la dinastía saadí, sus descendientes —sobre todo Mulay Rachid y, después, el largo y férreo reinado de Mulay Ismail— conquistaron y unificaron Marruecos, imponiendo la dinastía alauí sobre todo el país.
Que la familia real marroquí proceda de este rincón desértico y remoto da una idea de la importancia histórica del Tafilalet, que fue durante siglos mucho más que un oasis perdido: un centro religioso, comercial y político de primer orden. El actual rey de Marruecos es descendiente directo de aquellos jerifes del Tafilalet, y la región conserva un fuerte valor simbólico como origen de la monarquía.
El gran protagonismo natural de Merzouga es el Erg Chebbi, el mar de dunas que se eleva del llano pedregoso de forma casi milagrosa, con crestas de más de 150 metros de altura. Un 'erg', en árabe, es un desierto de dunas de arena, por oposición a las 'hamadas' (desiertos de piedra) y los 'regs' (desiertos de grava) que dominan buena parte del Sahara. El Erg Chebbi es, junto con el Erg Chegaga, uno de los dos grandes ergs de Marruecos, y el más accesible y espectacular.
Como casi todo lugar sobrecogedor, las dunas de Merzouga tienen su leyenda. Una tradición local cuenta que allí donde hoy se alza el Erg Chebbi existió en otro tiempo un pueblo próspero cuyos habitantes, en pleno festín, negaron hospitalidad y comida a una mujer pobre y a su hijo que pedían ayuda. Como castigo divino por su falta de caridad —un valor sagrado en la cultura del desierto—, Dios habría enviado una tormenta que sepultó la ciudad y sus habitantes bajo montañas de arena, dando origen a las dunas. La historia, con variantes, transmite el peso que la hospitalidad tiene en la ética beduina y bereber.
Más allá del mito, el Erg Chebbi es un ecosistema frágil y fascinante, con su fauna adaptada al desierto y, en años de lluvias, el fenómeno del lago estacional de Dayet Srji, que llega a atraer flamencos y otras aves migratorias a las puertas del Sahara, un contraste asombroso de agua y arena.
Durante la mayor parte de su historia, la región de Merzouga fue tierra de nómadas y de agricultores de los oasis. Las poblaciones bereberes (amazigh), y en particular grupos como los Aït Atta, recorrían estos territorios con sus rebaños siguiendo los pastos y el agua, viviendo en jaimas, las tiendas de tela oscura que todavía hoy se montan para los viajeros. Su cultura, su hospitalidad y su profundo conocimiento del desierto son la base de la experiencia que atrae hoy al turismo.
El comercio transahariano dejó además otra huella humana fascinante en la zona: la comunidad gnawa. Descendientes de poblaciones subsaharianas (de Malí, Sudán, Senegal y otras regiones del África negra) que llegaron al sur de Marruecos a través de las rutas caravaneras, muchos de ellos como esclavos, los gnawa conservaron una identidad y una música propias. En pueblos como Khamlia, cerca de Merzouga, la música gnawa —hipnótica, espiritual, de percusión ancestral y raíces africanas— sigue viva y se comparte con los visitantes. Es un testimonio conmovedor de la conexión histórica entre el Marruecos sahariano y el África subsahariana, y también del pasado esclavista de las caravanas.
Esa mezcla de pueblos —bereberes nómadas, árabes, gnawa de origen subsahariano— hace de la región del Tafilalet un mosaico cultural único, donde el desierto no es un vacío, sino un espacio habitado desde hace siglos por comunidades que han sabido adaptarse a uno de los entornos más extremos del planeta.
Durante buena parte del siglo XX, Merzouga fue una aldea remota y modesta, habitada por familias bereberes y por nómadas que acampaban en los alrededores, dedicadas a la ganadería, a los cultivos de los oasis y a la extracción de minerales. El desierto era su medio de vida, duro y austero, muy lejos de cualquier circuito turístico.
La transformación llegó en las últimas décadas del siglo XX y, sobre todo, en el siglo XXI. A medida que Marruecos se consolidaba como destino turístico y mejoraban las carreteras, la fama del Erg Chebbi como el desierto más accesible y espectacular del país empezó a atraer viajeros. La experiencia de dormir en jaima entre las dunas, cruzar el mar de arena en camello y contemplar el cielo estrellado del Sahara se convirtió en uno de los grandes reclamos de cualquier viaje a Marruecos, y Merzouga pasó de aldea olvidada a capital del turismo del desierto.
Hoy, el pueblo y sus alrededores viven en gran medida del turismo: se han multiplicado los hoteles, las kasbahs, los campamentos —desde los más sencillos hasta los de lujo— y los operadores de excursiones. Este auge ha traído desarrollo e ingresos a una región pobre y remota, pero también plantea retos: la presión sobre un ecosistema frágil, el equilibrio entre autenticidad y comodidad, y la convivencia entre el turismo y la vida tradicional de los últimos nómadas. Merzouga es hoy, para el viajero, la promesa cumplida del Sahara: el lugar donde Marruecos se disuelve en un océano de dunas doradas bajo uno de los cielos más limpios del mundo.