Viajá con Gus
InicioMarruecosMeknesHistoria
Historia · origen · formación

Historia de Meknes

De los Meknasa a los almorávides

El nombre de Meknes procede de una tribu bereber, los Meknasa (Miknasa), que se asentó en esta fértil región del norte de Marruecos a partir del siglo VIII, en los primeros tiempos de la islamización del Magreb. Durante siglos existieron aquí varias aldeas agrícolas dispersas por la llanura, aprovechando la riqueza de una tierra de cereal y olivo regada por los ríos que bajan del Atlas Medio.

La ciudad como tal empezó a tomar forma en el siglo XI, cuando la dinastía bereber de los almorávides, que unificó Marruecos y al-Ándalus, estableció aquí una plaza fuerte de carácter militar. A partir de entonces, Meknes fue creciendo como núcleo urbano, aunque siempre a la sombra de su poderosa e ilustre vecina, Fez, que era el gran centro religioso, cultural y político de la región. Bajo las dinastías que se sucedieron —almohades en el siglo XII, meriníes en los siglos XIII y XIV— Meknes fue una ciudad de segundo rango pero de cierta importancia, dotada de murallas, mezquitas y, en época meriní, de bellas madrazas como la Bou Inania, que todavía se conserva.

Nada hacía prever que aquella ciudad discreta llegaría a ser, durante unas décadas, la capital de todo un imperio y una de las urbes más monumentales de África. Ese salto extraordinario tiene un nombre propio: Muley Ismail.

Muley Ismail y la capital imperial

El gran capítulo de la historia de Meknes coincide con el reinado de uno de los sultanes más poderosos y longevos de la historia de Marruecos: Muley Ismail (Moulay Ismail), de la dinastía alauí, que gobernó entre 1672 y 1727, nada menos que 55 años. Cuando accedió al trono, Marruecos era un país fragmentado y agitado; Muley Ismail lo unificó con puño de hierro, sometió a las tribus rebeldes, expulsó a los europeos de varias plazas costeras y creó un Estado fuertemente centralizado.

Uno de sus primeros actos fue elegir Meknes como capital de su imperio, en lugar de Fez o Marrakech. Y a partir de ahí desató una fiebre constructora sin precedentes. Durante décadas, decenas de miles de trabajadores, esclavos y cautivos —muchos de ellos cristianos europeos capturados por los corsarios y retenidos en condiciones durísimas— levantaron una ciudad imperial descomunal: más de 40 kilómetros de murallas y bastiones, palacios interminables, mezquitas, jardines, puertas monumentales, un enorme complejo de graneros y caballerizas (el Heri es-Souani) capaz de albergar reservas para años y miles de caballos, y un gran estanque, el Agdal, para abastecer de agua a todo el conjunto. Meknes se convirtió en un inmenso escenario del poder absoluto del sultán.

Para sostener su Estado, Muley Ismail creó un ejército profesional y temible: la Guardia Negra o Abid al-Bujari, un cuerpo formado por decenas de miles de soldados de origen subsahariano, leales solo al sultán, que fue una de las claves de su poder. Con ese ejército mantuvo el orden en todo el país y proyectó la fuerza de Marruecos.

El 'Versalles marroquí' y el sultán temido

La ambición constructora y el fasto de la corte de Muley Ismail han hecho que Meknes sea conocida como 'el Versalles marroquí', y la comparación no es casual: el sultán fue contemporáneo exacto de Luis XIV de Francia, el Rey Sol que levantaba por esos mismos años el palacio de Versalles, y ambos monarcas mantuvieron relaciones diplomáticas. Muley Ismail envió embajadas a la corte francesa y hasta llegó a pedir —según la tradición— la mano de una hija de Luis XIV, la princesa de Conti, en un episodio tan célebre como probablemente exagerado por las crónicas. La rivalidad y la fascinación mutua entre las dos cortes forman parte de la leyenda de Meknes.

Pero la figura de Muley Ismail tiene también un lado oscuro y terrible. Fue un gobernante de una crueldad legendaria, que gobernaba mediante el terror: las crónicas europeas de la época, muchas escritas por cautivos que lograron regresar, lo describen ejecutando a esclavos y súbditos con sus propias manos por el menor motivo, y las obras de su ciudad imperial se cobraron innumerables vidas. Tuvo, según las fuentes, cientos de esposas y concubinas y una descendencia enorme. Su reinado fue una mezcla de grandeza, orden, brutalidad y megalomanía que dejó una huella imborrable.

El monumento que mejor resume su poder es la puerta Bab Mansour, terminada ya bajo su hijo, revestida de azulejos y sostenida por columnas de mármol arrancadas de las ruinas romanas de Volubilis, la cercana ciudad antigua a la que Muley Ismail expolió para embellecer su capital. Su tumba, en el Mausoleo que lleva su nombre, sigue siendo hoy un lugar venerado, uno de los pocos santuarios de Marruecos abiertos a los no musulmanes.

Decadencia, terremoto y protectorado

El esplendor de Meknes fue tan intenso como efímero, y estuvo estrechamente ligado a la vida de su creador. Tras la muerte de Muley Ismail en 1727, el imperio se sumió en luchas sucesorias entre sus numerosos hijos, y sus sucesores no mantuvieron la capital en Meknes: el poder regresó pronto a Fez y a Marrakech. La ciudad imperial, apenas terminada, empezó a quedar sin uso y a deteriorarse.

El golpe definitivo lo dio la naturaleza. El gran terremoto de Lisboa de 1755, que asoló buena parte de la fachada atlántica, causó también graves daños en Meknes y en sus grandiosos palacios, muchos de los cuales quedaron en ruinas. A partir de entonces, Meknes entró en una larga decadencia y volvió a ser una ciudad provinciana, importante como mercado agrícola de su rica región, pero muy lejos del rango imperial que había tenido con Muley Ismail. Buena parte de sus monumentos quedaron abandonados o reutilizados.

Con el protectorado francés, establecido en 1912, Meknes recuperó cierta importancia: los franceses la convirtieron en una plaza militar y en un centro agrícola y vinícola de primer orden, aprovechando la fertilidad de su llanura, y construyeron junto a la medina una ciudad nueva de trazado europeo, la Hamria, al otro lado del río. La región de Meknes se convirtió en una de las principales zonas de producción de vino de Marruecos, actividad que continúa hoy.

La Meknes de hoy: patrimonio recuperado

Tras la independencia de Marruecos en 1956, Meknes fue recuperando poco a poco el valor de su extraordinario legado. En 1996, la Unesco declaró la ciudad histórica de Meknes Patrimonio de la Humanidad, reconociéndola como un ejemplo excepcional de ciudad-capital fortificada del Magreb del siglo XVII, que combina de manera armoniosa los elementos de la arquitectura y el urbanismo islámico y europeo de la época. Esa distinción impulsó la restauración de sus grandes monumentos —la Bab Mansour, el Mausoleo de Muley Ismail, los graneros de Heri es-Souani, las madrazas— y la puesta en valor de su medina.

Hoy, Meknes es una ciudad de más de medio millón de habitantes, capital agrícola y vinícola de su región y una de las cuatro ciudades imperiales del país, aunque sigue recibiendo bastante menos turismo que Fez, Marrakech o incluso Rabat. Esa relativa tranquilidad es precisamente uno de sus encantos: se puede recorrer su medina y su ciudad imperial sin las aglomeraciones ni el acoso comercial de los grandes destinos.

Meknes funciona además como base perfecta para dos de los lugares más importantes del centro de Marruecos: las ruinas romanas de Volubilis, las mejor conservadas del país, y el pueblo santo de Muley Idriss Zerhoun, cuna de la primera dinastía musulmana marroquí. Ciudad de murallas colosales y puertas de ensueño, testigo de la grandeza y la crueldad de Muley Ismail, Meknes es uno de los grandes tesoros —todavía algo secretos— del patrimonio marroquí.

📚 Bibliografía

← Volver a la guía de Meknes