Marrakech no existía hasta que un pueblo del desierto la soñó. A mediados del siglo XI, una confederación de tribus bereberes saharianas, los almorávides, salió del Sahara occidental predicando un islam riguroso y una guerra santa que en pocas décadas los convirtió en dueños de un imperio inmenso. Su líder, Yúsuf ibn Tašufín, necesitaba una capital en la llanura del Haouz, entre las montañas del Alto Atlas y las rutas caravaneras que subían el oro y los esclavos desde el África subsahariana. Hacia 1070 se fundó allí Marrakech, y de su nombre —que en lengua bereber significaría 'tierra de Dios' o 'paso rápido'— derivaría con el tiempo el del país entero: Marruecos.
Los almorávides hicieron de Marrakech el corazón de un imperio que llegó a abarcar desde el Senegal hasta el centro de la península ibérica, porque fueron ellos quienes, llamados por los reyes de taifas, cruzaron el Estrecho y frenaron el avance cristiano en al-Ándalus tras la batalla de Sagrajas (1086). La ciudad se llenó de agua y de vida: construyeron un ingenioso sistema de galerías subterráneas, las khettaras, que traían por gravedad el agua del deshielo del Atlas hasta la ciudad y sus huertos, y plantaron el inmenso palmeral que todavía la rodea. De la mezquita almorávide de Ben Youssef apenas queda la Qubba, un pequeño pabellón de abluciones que es el único edificio almorávide conservado en pie de Marrakech y una joya del primer arte magrebí.
El esplendor duró poco menos de un siglo. En 1147, una nueva oleada bereber, más radical aún, tomó la ciudad por asalto y acabó con la dinastía. Eran los almohades, y con ellos Marrakech viviría su primera gran edad de oro.
Los almohades, seguidores del reformador Ibn Túmart, conquistaron Marrakech en 1147 y la mantuvieron como capital de un imperio todavía más vasto que el almorávide, que unificó por última vez todo el Magreb y al-Ándalus bajo un solo poder. Arrasaron buena parte de lo almorávide por considerarlo impuro, pero a cambio dotaron a la ciudad de su monumento más emblemático: la mezquita de la Koutoubia, levantada en la segunda mitad del siglo XII.
Su minarete de 77 metros, de arenisca rosada y rematado por esferas doradas, es una de las obras cumbre del arte hispano-magrebí y el modelo directo de la Giralda de Sevilla y de la Torre Hassan de Rabat: las tres son 'hermanas', obra de los mismos alarifes almohades. La Koutoubia fijó para siempre la silueta de Marrakech y sigue siendo, ocho siglos después, su símbolo más reconocible.
Bajo los almohades, Marrakech fue una de las grandes capitales del mundo islámico, con hospitales, bibliotecas y jardines, y atrajo a sabios de la talla del filósofo Averroes (Ibn Rušd) y del médico Ibn Tufayl. Pero el imperio se resquebrajó tras la derrota almohade ante los reinos cristianos en las Navas de Tolosa (1212), que abrió las puertas de al-Ándalus a la Reconquista. En 1269, otra dinastía bereber, los benimerines (meriníes), tomó Marrakech y trasladó la capital a Fez. Marrakech entró entonces en un largo declive, relegada a un segundo plano durante más de dos siglos y medio.
El renacimiento de Marrakech llegó en el siglo XVI de la mano de los saadíes, una dinastía de jerifes (descendientes del Profeta) originaria del valle del Draa, en el sur. Los saadíes encabezaron la resistencia contra la penetración portuguesa en la costa atlántica y, al reunificar el país, devolvieron a Marrakech su rango de capital imperial. Su gran figura fue el sultán Ahmed al-Mansur ('el Victorioso' o 'el Dorado'), que reinó entre 1578 y 1603.
Al-Mansur alcanzó el trono tras la célebre batalla de los Tres Reyes (Alcazarquivir, 1578), en la que murieron el rey de Portugal Don Sebastián y dos pretendientes marroquíes rivales, y que dejó a Portugal sin heredero y a merced de la corona española. Con el oro obtenido en su expedición al imperio Songhai, en el corazón de África (donde conquistó Tombuctú en 1591), al-Mansur financió una corte fastuosa y una arquitectura deslumbrante. Levantó el Palacio El Badi ('el Incomparable'), revestido de mármol de Carrara, oro y ónice, uno de los palacios más lujosos de su tiempo; y mandó decorar el mausoleo dinástico, las Tumbas Saadíes, con la sublime Sala de las Doce Columnas donde él mismo reposa.
El esplendor saadí fue intenso pero breve. Tras la muerte de al-Mansur, las luchas sucesorias y una epidemia debilitaron a la dinastía, y a mediados del siglo XVII el poder pasó a los alauíes, la dinastía que aún reina en Marruecos. El sultán alauí Muley Ismail, que fijó su capital en Meknes, desmanteló el Palacio El Badi para llevarse sus mármoles y materiales, dejándolo en las ruinas monumentales que hoy se visitan. Las Tumbas Saadíes, en cambio, se salvaron: Muley Ismail las mandó tapiar en lugar de destruirlas, por respeto religioso, y así quedaron ocultas y olvidadas durante más de dos siglos, hasta que en 1917 fueron redescubiertas gracias a una fotografía aérea y restauradas.
Bajo los alauíes, Marrakech alternó periodos de capitalidad y de olvido, siempre como una de las ciudades más importantes del sur del país y llave de las rutas hacia el Atlas, el Sáhara y el mundo bereber. El siglo XIX dejó su gran huella palaciega: el Palacio Bahía, construido a partir de la década de 1860 por el gran visir Si Moussa y ampliado con desmesura por su hijo Ba Ahmed, chambelán todopoderoso que gobernó de hecho el país durante la minoría de edad del sultán. El Bahía, con sus 150 estancias, patios y jardines, es el testimonio del lujo y del poder de aquellos visires.
A comienzos del siglo XX, Marruecos se convirtió en objeto de deseo de las potencias europeas. Tras años de presiones y crisis diplomáticas, el Tratado de Fez de 1912 estableció el protectorado francés sobre la mayor parte del país (con una zona norte bajo protectorado español). Los franceses respetaron la medina histórica y construyeron a su lado una ciudad nueva de trazado europeo, el barrio de Guéliz, con avenidas, cafés y arquitectura art déco. En el sur, el poder real quedó en manos del pachá El Glaoui, un señor bereber que gobernó Marrakech con mano de hierro y enorme riqueza, aliado de Francia y figura fascinante y controvertida de aquellos años, que llegó a codearse con Churchill —enamorado de la ciudad y de sus atardeceres— y con la alta sociedad europea.
El protectorado se prolongó hasta 1956, cuando Marruecos recuperó la independencia y el sultán Mohammed V, que había sido depuesto y exiliado por los franceses, regresó triunfante como rey. El Glaoui, que había conspirado contra él, cayó en desgracia y murió ese mismo año.
El Marruecos independiente convirtió a Marrakech en su gran escaparate turístico y cultural. Ya en los años cincuenta y sesenta, la ciudad había empezado a seducir a artistas, escritores y estrellas: por sus riads y hoteles pasaron desde Winston Churchill, que la pintaba, hasta los Rolling Stones, los Beatles, Yves Saint Laurent —que compró y salvó el Jardín Majorelle y pidió que sus cenizas se esparcieran allí— o cineastas que encontraron en su luz un decorado natural. El legendario hotel La Mamounia se convirtió en símbolo de ese Marrakech cosmopolita y glamuroso.
En 1985, la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad la medina de Marrakech, y en 2001 reconoció la plaza Jemaa el-Fna como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, por su tradición viva de cuentacuentos, músicos y artistas, un caso pionero de protección del patrimonio inmaterial. La ciudad vivió desde entonces un boom turístico y de riads restaurados que la transformó en uno de los destinos más visitados de África.
Ese crecimiento no ha estado exento de heridas. En 2011, un atentado terrorista en el café Argana, en plena Jemaa el-Fna, causó diecisiete muertos y golpeó al sector turístico. Y en septiembre de 2023, un fuerte terremoto con epicentro en el Alto Atlas, al sur de la ciudad, causó miles de víctimas en las aldeas de montaña y dañó parte de la medina histórica, aunque los grandes monumentos resistieron y la ciudad se volcó en la reconstrucción. Hoy, Marrakech sigue siendo lo que ha sido durante casi mil años: un cruce de caminos entre el desierto y la montaña, entre África y Europa, entre la tradición y el turismo global; una ciudad de barro rojo que, cada atardecer, se enciende bajo el minarete de la Koutoubia como el primer día.