Las Gargantas del Todra son, antes que nada, una prodigiosa obra de la naturaleza. El río Todra (o Todgha) nace en las alturas del Alto Atlas, la gran cordillera que recorre Marruecos y que alberga las montañas más elevadas del norte de África. Alimentado por el deshielo y las lluvias de la montaña, el río ha ido descendiendo hacia el sur y, durante millones de años, ha cortado las capas de roca caliza del flanco meridional del Atlas, excavando poco a poco este desfiladero vertiginoso.
El resultado es uno de los cañones más espectaculares del mundo: en su tramo más angosto, las paredes de roca se elevan casi verticales hasta unos 300 metros de altura, mientras el fondo del desfiladero se estrecha a apenas 10 a 30 metros de ancho, dejando espacio solo para el cauce del río y una estrecha carretera. Las paredes, de tonos rojizos, ocres y dorados según la luz, transmiten una sensación de fuerza mineral abrumadora.
Este tipo de cañón, formado por la erosión fluvial en la roca caliza, es característico de las estribaciones del Atlas, y el Todra —junto al cercano Dades— es su ejemplo más impresionante. La geología del lugar, con su roca compacta y sus grandes paredes verticales, no solo crea un paisaje sobrecogedor, sino que ha convertido al Todra en un destino de escalada de fama mundial. El agua, paciente y tenaz, esculpió aquí una de las maravillas naturales de Marruecos.
Como todo el sur del Alto Atlas, la región del Todra ha estado habitada desde tiempos remotos por poblaciones bereberes (amazigh), los pueblos originarios del norte de África. El río Todra, además de esculpir el cañón, dio origen a un exuberante palmeral que se extiende por el valle hasta la ciudad de Tinghir, y ese oasis fue la base de la vida humana en la zona durante siglos.
Los bereberes del Todra desarrollaron el clásico sistema de agricultura de oasis, aprovechando el agua del río mediante canales de riego tradicionales para cultivar palmeras datileras, árboles frutales, cereales y hortalizas en pleno entorno árido. Vivían en aldeas y ksour (poblados fortificados de adobe) repartidos por el palmeral, con su organización tribal y sus propias costumbres. La palmera, el agua y la tierra cruda con la que construían sus casas y kasbahs eran los pilares de una forma de vida adaptada a un medio exigente.
El valle del Todra formó parte, como el resto del sureste marroquí, del mundo de las tribus bereberes independientes —como los Aït Atta— y de las rutas que conectaban el desierto con las montañas. Tinghir, a los pies del palmeral, creció como el principal centro del oasis, punto de mercado y encuentro de las comunidades de la zona. Esa vida de oasis, con su ritmo pausado y su ingenio ancestral, sigue latiendo hoy bajo las palmeras del Todra, un contraste vivificante con la dureza mineral del cañón.
La región del Todra guarda, como buena parte del sur de Marruecos, la memoria de una presencia que hoy casi ha desaparecido: la de las comunidades judías. Tinghir albergó durante siglos una importante población judía, que vivía en su mellah (barrio judío) y que convivía con la mayoría musulmana bereber, desempeñando a menudo oficios de artesanos, joyeros, comerciantes y prestamistas.
Los judíos del sur marroquí formaban parte del tejido social y económico de los oasis desde hacía generaciones, con sus sinagogas, sus escuelas y sus cementerios, y con una cultura propia que mezclaba tradiciones judías y bereberes. Su historia en la región se remonta muy atrás, y su papel en el comercio y la artesanía fue relevante en lugares como Tinghir y los valles vecinos.
Esta convivencia, prolongada durante siglos, terminó de forma abrupta en el siglo XX. Entre las décadas de 1940 y 1960, la práctica totalidad de los judíos marroquíes emigró —sobre todo hacia Israel, Francia y Canadá—, en un éxodo motivado por la creación del Estado de Israel, los conflictos de la época y los cambios políticos. La mellah de Tinghir quedó vacía, y hoy solo perduran los edificios, los cementerios y el recuerdo de aquella comunidad. Ese pasado judío, documentado en trabajos y documentales que han recuperado la memoria de los últimos judíos de Tinghir, es un testimonio conmovedor del Marruecos plural y multicultural que fue, y una capa más de la rica historia de la región del Todra.
Como todo el sureste de Marruecos, la región del Todra estuvo marcada durante siglos por la fuerza de las tribus bereberes y por su relativa independencia frente al poder central del sultán. Las confederaciones tribales, como los Aït Atta, controlaban amplias zonas del sur y regían su vida por sus propias leyes, resistiendo la injerencia de cualquier autoridad externa.
Cuando Francia estableció su protectorado sobre Marruecos en 1912, la 'pacificación' —es decir, la conquista militar— del sur y de las montañas del Atlas fue larga y difícil. Las tribus bereberes opusieron una resistencia feroz, y algunas de las últimas zonas en caer bajo control francés fueron precisamente las del sureste y el Atlas, que no fueron plenamente sometidas hasta los años treinta del siglo XX. Tinghir y su región, por su posición estratégica en el oasis y en las rutas del sur, tuvieron cierta importancia administrativa y militar durante el protectorado.
Tras la independencia de Marruecos en 1956, el valle del Todra siguió siendo una región rural del sur, dedicada a la agricultura de los oasis, la ganadería y, cada vez más, la emigración de sus habitantes hacia las ciudades y el extranjero. La vida seguía girando en torno al palmeral y a la dureza del clima de montaña y semidesierto, lejos todavía de la atención del mundo exterior.
El descubrimiento de las Gargantas del Todra como destino turístico es relativamente reciente. Durante buena parte del siglo XX, el cañón era un rincón conocido sobre todo por los habitantes de la región; su fama internacional llegó, sobre todo, a partir de las últimas décadas del siglo, cuando dos fenómenos lo pusieron en el mapa mundial: el auge del turismo de naturaleza en Marruecos y, muy especialmente, el descubrimiento de sus paredes por los escaladores.
Las grandes paredes de caliza vertical del Todra resultaron ser un paraíso para la escalada, y a partir de los años ochenta y noventa se fueron equipando cientos de vías de todos los niveles. Hoy el cañón es una meca internacional de la escalada, que atrae cada primavera y otoño a deportistas de todo el mundo, y que ha desarrollado toda una oferta de guías, empresas y alojamientos especializados. A la escalada se han sumado el senderismo, el trekking por el Alto Atlas y el turismo de paisaje.
Así, las Gargantas del Todra se han convertido en uno de los grandes iconos naturales del sur de Marruecos y en una parada casi obligada de la 'ruta de las mil kasbahs' y de los circuitos hacia el desierto de Merzouga, generalmente encadenadas con el vecino Valle del Dades. Para el viajero, el Todra ofrece una síntesis perfecta del sur marroquí: la fuerza sobrecogedora de la geología, la vida serena del oasis y del palmeral, la hospitalidad de las aldeas bereberes y la memoria de un pasado multicultural. Caminar por el fondo del cañón, entre las paredes que casi tapan el cielo, con el eco del río y las voces de los escaladores, es una de las experiencias naturales más impresionantes que ofrece Marruecos.