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Historia de Esauira

Mogador: la púrpura de fenicios y romanos

Mucho antes de que existiera la ciudad blanca y azul que hoy conocemos, este tramo de la costa atlántica ya tenía nombre en los mapas antiguos: Mogador. Frente al puerto actual, en el pequeño archipiélago de las islas Purpurarias, los navegantes fenicios establecieron hacia el siglo VII a.C. una escala comercial, y siglos después, en época del rey mauritano Juba II y del Imperio romano, funcionó aquí un taller para producir la púrpura, el tinte más caro de la Antigüedad. Se obtenía macerando miles de moluscos marinos, los múrex, y con él se teñían las telas de los emperadores y los senadores. De aquella industria viene el nombre de las islas, 'Purpurarias', y se han encontrado en ellas restos arqueológicos de la producción del tinte.

El nombre 'Mogador' acompañó al lugar durante siglos; hay quien lo relaciona con un santo local, Sidi Mogdoul, cuyo morabito todavía se alza cerca de la ciudad, y hay quien lo vincula a raíces fenicias. Durante la Edad Media, la costa fue un fondeadero ocasional, sin una ciudad estable. En el siglo XV y XVI, los portugueses, lanzados a la conquista de la costa atlántica marroquí, construyeron aquí un pequeño fuerte que llamaron Mogador o Mogadouro, uno más de la cadena de plazas fuertes con las que intentaron controlar el litoral (Safi, El Jadida, Agadir). Pero la presencia portuguesa fue efímera, y durante buena parte de la Edad Moderna el sitio quedó semiabandonado, apenas un fondeadero batido por el viento y las olas.

1760: la ciudad que un sultán mandó dibujar

La Esauira actual no creció poco a poco: nació de un plano. En 1760, el sultán alauí Sidi Mohammed ben Abdallah (Mohammed III) tomó una decisión estratégica que cambiaría el destino de este rincón de la costa. Quería un gran puerto real, moderno y bien fortificado, que canalizara el comercio marítimo con Europa y que compitiera con Agadir, cuyo comercio deseaba controlar. Y para diseñarlo no recurrió a la tradición local, sino a un arquitecto e ingeniero francés, Théodore Cornut, formado en la escuela del célebre Vauban, el gran ingeniero militar de Luis XIV.

El resultado es la razón de que Esauira sea tan distinta a las demás medinas marroquíes. Cornut trazó una ciudad con criterios europeos del siglo XVIII: calles más rectas y anchas que las medievales, ejes principales, plazas regulares y una potente muralla de estilo europeo con bastiones y baterías de cañones, las 'skalas', para defenderse desde el mar. La ciudad recibió el nombre de Es-Saouira, que suele traducirse como 'la bien dibujada', 'la bien trazada' o 'la pequeña muralla', un nombre que refleja su origen planificado.

El sultán quiso que su nuevo puerto prosperara y para ello atrajo a comerciantes de todo el país y del extranjero. Concedió privilegios especiales a una comunidad de mercaderes judíos —los 'tujjar as-sultan', comerciantes del sultán— a los que confió buena parte del comercio internacional. Esauira se convirtió así en la puerta atlántica de Marruecos, el punto por donde salían el azúcar, el aceite de argán, las plumas de avestruz, el marfil y las mercancías traídas por las caravanas desde el Sáhara y Tombuctú, y por donde entraban los productos europeos.

El puerto cosmopolita y la comunidad judía

Durante el siglo XIX, Esauira vivió su edad de oro como el principal puerto comercial de Marruecos y una de las ciudades más cosmopolitas del país. En sus muelles y almacenes se cruzaban marroquíes, judíos, europeos y africanos, y en ella se instalaron consulados de las potencias extranjeras. Buena parte de la vida económica giraba en torno a la importante comunidad judía, que en algunos momentos llegó a representar cerca de la mitad de la población de la ciudad: los judíos de Esauira vivían en el mellah (el barrio judío), tenían numerosas sinagogas y controlaban gran parte del comercio internacional y las finanzas, con corresponsales en Londres, Marsella o Manchester. Familias judías esauiríes tuvieron un peso enorme en la economía marroquí de la época.

Esa mezcla de culturas dejó una huella profunda en el carácter abierto y tolerante de la ciudad, que todavía se percibe. La música gnawa, traída por los descendientes de esclavos subsaharianos, se arraigó aquí con especial fuerza y se convirtió en parte de la identidad de Esauira; sus ritmos hipnóticos, mezcla de trance, espiritualidad y herencia africana, son hoy uno de los grandes símbolos de la ciudad.

La prosperidad, sin embargo, empezó a declinar a finales del siglo XIX y sobre todo en el XX. Con el protectorado francés (a partir de 1912), el gran comercio atlántico se desplazó a los nuevos puertos de Casablanca y Agadir, mejor equipados, y Esauira perdió su papel estratégico. La emigración de la comunidad judía —acelerada tras la creación del Estado de Israel en 1948 y la independencia de Marruecos en 1956— vació el mellah y cerró las sinagogas. La ciudad, antes bulliciosa, entró en una larga decadencia y quedó como un puerto pesquero apartado y dormido.

Hendrix, Orson Welles y el renacer bohemio

El olvido, paradójicamente, conservó intacta a Esauira, y a partir de la segunda mitad del siglo XX su encanto empezó a atraer a un nuevo tipo de visitante. Ya en 1949, el cineasta Orson Welles se instaló en la ciudad para rodar buena parte de su célebre película 'Otelo' (estrenada en 1952 y premiada en Cannes), aprovechando las murallas, las skalas y los callejones como decorado natural; Esauira le dedica hoy una plaza con su nombre.

En los años sesenta y setenta, Esauira se convirtió en un refugio mítico de la contracultura y el movimiento hippie. Artistas, músicos y viajeros de todo el mundo llegaron atraídos por su ambiente relajado, sus precios bajos y su luz. La leyenda más famosa cuenta que Jimi Hendrix pasó por aquí en 1969 y que la aldea vecina de Diabat lo inspiró; se dice incluso que compuso 'Castles Made of Sand' viendo la fortaleza semienterrada del Borj el Berod, aunque esa canción es en realidad anterior a su visita: un mito bonito que la ciudad ha adoptado con cariño. También pasaron figuras como Cat Stevens y numerosos artistas plásticos que fundaron la peculiar escuela de pintura naíf de Esauira.

Ese aura bohemia y artística nunca se ha ido. Esauira siguió siendo, incluso en su decadencia comercial, una ciudad de pintores, músicos y buscadores de tranquilidad, muy distinta del bullicio del interior. Fue el germen de su reinvención como destino cultural y turístico a finales del siglo XX.

La Esauira de hoy: patrimonio, viento y música

El reconocimiento definitivo llegó en 2001, cuando la Unesco declaró la medina de Esauira Patrimonio de la Humanidad, valorándola como un ejemplo excepcional de ciudad fortificada norteafricana del siglo XVIII construida según los principios de la arquitectura militar europea de su tiempo, y como testimonio de un puerto internacional donde convivieron culturas de Europa, África y Arabia. La distinción impulsó la restauración de la medina y el crecimiento de un turismo respetuoso, basado en riads, arte y gastronomía.

En paralelo, Esauira se consolidó como uno de los grandes destinos mundiales del windsurf y el kitesurf, gracias a su viento constante que le ha valido el apodo de 'la ciudad del viento de África'. Y desde 1998 celebra cada junio el Festival Gnaoua y Músicas del Mundo, uno de los mayores festivales de música de África, que llena las plazas y las murallas de conciertos gratuitos y atrae a cientos de miles de personas, poniendo el patrimonio musical gnawa —reconocido también por la Unesco— en el centro de la identidad de la ciudad.

Marruecos ha querido además recuperar la memoria de su pasado judío: en los últimos años se han restaurado sinagogas y la casa-museo Bayt Dakira ('la casa de la memoria'), dedicada a la convivencia y al legado hebreo de Esauira, un gesto de reconciliación con la historia plural de la ciudad. Hoy, Esauira es a la vez un puerto de pescadores en activo, un imán para surfistas y artistas y un lugar de peregrinación cultural: una ciudad pequeña y ventosa donde el pasado fenicio, portugués, judío, africano y hippie se funden en una atmósfera única frente al Atlántico, esa que hizo que tantos viajeros, desde Welles hasta los mochileros de los setenta, decidieran quedarse.

📚 Bibliografía

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