Chefchaouen no es una ciudad antigua en el sentido de Fez o Marrakech: nació en un momento y por un motivo muy concretos. En 1471, un jefe local llamado Muley Alí ben Rachid, descendiente según la tradición del profeta y ligado a las cofradías religiosas de la región, fundó aquí una kasbah, una plaza fuerte amurallada, en un punto estratégico y bien defendido entre las montañas del Rif. El nombre de la ciudad, Chefchaouen o Chaouen, deriva del bereber 'ichawen' ('los cuernos'), por los dos picos que se alzan sobre ella y entre los que se recuesta.
El contexto lo explica todo. A finales del siglo XV, las potencias cristianas de la península ibérica —Portugal y Castilla— avanzaban con fuerza sobre las costas del norte de África: los portugueses habían tomado Ceuta en 1415 y otras plazas, y la Reconquista española estaba a punto de culminar con la caída de Granada. Chefchaouen se levantó precisamente como bastión de la resistencia musulmana frente a ese avance, un reducto montañoso desde el que hostigar a los invasores y proteger el interior del país.
Aquella vocación guerrera y religiosa marcó el carácter de la ciudad desde el principio: cerrada, orgullosa y profundamente islámica. La Kasbah roja que todavía preside la plaza Uta el-Hammam es el corazón de aquella fundación, el núcleo en torno al cual creció la medina que hoy admira el mundo entero.
Lo que dio a Chefchaouen su alma inconfundible fue la llegada masiva de andalusíes. La caída de Granada en 1492 puso fin a casi ocho siglos de presencia musulmana en la península ibérica, y en las décadas siguientes las conversiones forzosas, la presión inquisitorial y finalmente las expulsiones empujaron a miles de musulmanes (moriscos) y de judíos sefardíes a cruzar el estrecho y buscar refugio en el norte de Marruecos.
Muchos de aquellos exiliados se establecieron en Chefchaouen, que se convirtió en una pequeña Andalucía trasplantada a las montañas del Rif. Trajeron consigo sus oficios, su música, su gastronomía y, sobre todo, su forma de construir: las casas blancas de tejados a dos aguas y ladrillo, los patios, la artesanía de la seda y el cuero, y un urbanismo de callejones íntimos que recuerda a los pueblos de la Alpujarra o a los barrios moriscos andaluces. La comunidad judía, por su parte, tuvo aquí durante siglos una presencia importante, con su propia mellah (barrio judío), y a ella se atribuye a menudo la tradición del color azul añil.
Ese mestizaje andalusí explica por qué Chefchaouen se siente distinta al resto de Marruecos: más recogida, más blanca (antes de ser azul), más 'europea' en su trazado. Durante siglos la ciudad vivió replegada sobre sí misma, y su fama de lugar santo la mantuvo cerrada al exterior de una forma casi absoluta.
Durante casi cuatro siglos, Chefchaouen fue una ciudad santa y cerrada, prohibida a los cristianos bajo pena de muerte. Su aislamiento en las montañas y su fuerte carácter religioso la convirtieron en un lugar casi mítico e inaccesible para los europeos, que apenas sabían de su existencia salvo por rumores.
Se cuentan con los dedos de una mano los occidentales que lograron entrar antes del siglo XX, y casi todos lo hicieron disfrazados y arriesgando la vida. El caso más célebre es el del explorador francés Charles de Foucauld, que en 1883 recorrió Marruecos haciéndose pasar por un rabino judío para poder investigar el país, y que dejó una de las primeras descripciones de la ciudad. Otro visitante temprano fue el periodista estadounidense-británico Walter Harris, ya a comienzos del siglo XX. Estas incursiones, contadas con asombro en Europa, alimentaron aún más la leyenda de Chaouen como 'ciudad prohibida'.
El secreto de la ciudad se rompió definitivamente con la llegada del colonialismo. En 1920, en el marco del protectorado español de Marruecos, las tropas españolas ocuparon Chefchaouen. Se dice que los primeros soldados que entraron se sorprendieron al encontrar aún vivas costumbres y hasta formas de hablar de la España medieval entre los descendientes de aquellos judíos y moriscos expulsados siglos atrás, un eco fosilizado de al-Ándalus que había sobrevivido en el aislamiento.
La ocupación de 1920 integró a Chefchaouen en el protectorado español de Marruecos, la franja norte del país que España administró entre 1912 y 1956. Pero el dominio no fue pacífico. En esos mismos años, las montañas del Rif eran el escenario de una feroz resistencia anticolonial liderada por Abd el-Krim, que en la guerra del Rif infligió a España derrotas humillantes —como el desastre de Annual en 1921— antes de ser finalmente vencido por una coalición franco-española.
Chefchaouen cambió de manos durante aquel conflicto: llegó a ser tomada por las fuerzas de Abd el-Krim y recuperada después por los españoles. La huella del protectorado quedó grabada en la ciudad de muchas maneras. La más visible es la llamada Mezquita española, construida en los años treinta en el cerro frente a la medina en un gesto de acercamiento a la población (aunque apenas se usó). Pero la impronta más duradera es lingüística: todavía hoy muchos habitantes mayores de Chaouen hablan español con fluidez, herencia de las décadas de administración española, algo poco común en el resto de Marruecos, donde domina el francés.
Ese pasado hispano hace de Chefchaouen un destino especialmente entrañable para el viajero de habla española, que encuentra aquí una cercanía cultural y una facilidad de comunicación difíciles de hallar en otras regiones del país.
Marruecos recuperó su independencia en 1956, y Chefchaouen, como todo el antiguo protectorado español, se integró en el reino. La ciudad, durante décadas, siguió siendo un rincón apartado y tranquilo del norte, conocido por su ambiente relajado, su artesanía y —para cierto tipo de viajero de los años sesenta y setenta— por el cultivo de cáñamo en las montañas del Rif circundante.
El gran giro llegó con el color azul y con las redes sociales. Aunque el azul añil tiene raíces antiguas (ligadas, según la teoría más repetida, a la comunidad judía), la costumbre de pintar sistemáticamente toda la medina de azul se generalizó a lo largo del siglo XX y se intensificó en las últimas décadas, en parte como reclamo estético. Con la llegada de la fotografía digital e Instagram, las callejuelas añiles de Chefchaouen se convirtieron en uno de los fondos más fotografiados y compartidos del planeta, y la ciudad pasó de secreto a icono turístico global en muy pocos años.
Hoy Chefchaouen vive en gran medida del turismo, con el reto de conservar su autenticidad frente a las multitudes que llegan en excursión. Sigue siendo, sin embargo, una ciudad de montaña orgullosa de su historia: la de la fortaleza fundada en 1471 contra los cristianos, la del refugio de los andalusíes expulsados, la de la ciudad prohibida que guardó vivo durante siglos un pedazo de al-Ándalus. Pasear por su laberinto azul al amanecer, antes de que lleguen los grupos, sigue siendo una de las experiencias más hermosas y singulares que ofrece Marruecos.