La palabra 'agadir' significa en lengua bereber 'muro' o 'granero fortificado', y designaba las construcciones colectivas donde las tribus del sur guardaban a resguardo su grano y sus bienes. Ese nombre delata el origen del lugar: un enclave bereber en la fértil llanura del Souss, abierto al Atlántico, habitado desde muy antiguo por los chleuh, la gran rama bereber del suroeste marroquí.
La historia escrita de Agadir empieza de verdad a comienzos del siglo XVI, cuando los portugueses, lanzados a controlar la costa atlántica de Marruecos en su expansión hacia África y las Indias, establecieron aquí hacia 1505 una factoría y levantaron una fortaleza a la que llamaron Santa Cruz do Cabo de Gué. Durante décadas, Agadir fue una de las plazas fuertes portuguesas del litoral marroquí, junto a Safi, Azemmour, Mazagán (El Jadida) o Mogador.
El fin del dominio portugués llegó en 1541. La dinastía saadí, que se había alzado en el sur predicando la yihad contra los cristianos, puso sitio a la fortaleza y el sultán Mohammed ech-Cheij la conquistó tras un asedio. La caída de Santa Cruz fue un golpe decisivo: marcó el principio del fin de la presencia portuguesa en el sur de Marruecos y aceleró el abandono de otras plazas. Bajo los saadíes, Agadir se convirtió en un puerto comercial próspero, salida al mar del azúcar, el cobre y las mercancías del rico valle del Souss, y en la colina se levantó en 1540 la kasbah cuyas ruinas todavía coronan la ciudad.
Durante los siglos XVI y XVII, Agadir vivió una etapa de prosperidad comercial. Su puerto exportaba azúcar de las plantaciones del Souss, aceite de argán, cera, pieles y otros productos, y comerciaba con mercaderes europeos. La kasbah de la colina vigilaba la bahía y la ciudad que se apiñaba a sus pies.
Pero en el siglo XVIII, la política de los sultanes alauíes cambió el destino de Agadir. El sultán Sidi Mohammed ben Abdallah, que había fundado y potenciado el puerto de Esauira (Mogador) en 1760 como gran puerto real del Atlántico, decidió concentrar allí el comercio internacional y, para favorecerlo, mandó cerrar el puerto de Agadir hacia 1760-1767. La ciudad entró entonces en una larga decadencia que se prolongó durante más de un siglo: Agadir quedó reducida a un modesto núcleo dominado por su vieja kasbah, mientras Esauira acaparaba el tráfico marítimo del sur.
Agadir no volvería a cobrar importancia hasta bien entrado el siglo XX. La reactivación llegó primero por una crisis internacional que puso su nombre en los titulares de toda Europa, y después por la colonización francesa, que reconstruyó el puerto y convirtió de nuevo a Agadir en una ciudad en crecimiento, cabeza de la rica región agrícola y pesquera del Souss.
En el verano de 1911, Agadir se convirtió de pronto en el centro de la política mundial. Europa vivía la tensa carrera imperial de las grandes potencias, y Marruecos era una de las últimas piezas por repartir. Francia, que ya controlaba de hecho gran parte del país, envió tropas a Fez con el pretexto de sofocar una revuelta, lo que el Imperio alemán interpretó como un paso hacia la anexión francesa de Marruecos.
Como respuesta y demostración de fuerza, Alemania envió a la bahía de Agadir un cañonero, el SMS Panther, en un episodio conocido como el 'salto de la Pantera' (Panthersprung). La llegada del buque de guerra alemán a aguas marroquíes desató una gravísima crisis diplomática, la Segunda Crisis Marroquí o Crisis de Agadir, que durante semanas hizo temer una guerra europea entre Alemania, Francia y el Reino Unido.
La crisis se resolvió por la vía diplomática: por el tratado de noviembre de 1911, Alemania reconoció el predominio francés sobre Marruecos a cambio de territorios en el Congo. El camino quedaba despejado para que, en 1912, el Tratado de Fez estableciera el protectorado francés sobre Marruecos. Pero la Crisis de Agadir dejó heridas profundas en las relaciones entre las potencias y es considerada por los historiadores uno de los muchos episodios que fueron tensando la cuerda de Europa hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, tres años después. Bajo el protectorado francés, Agadir fue dotada de un puerto moderno y creció como capital económica del sur, con barrios nuevos y una población en aumento.
La historia de Agadir se parte en dos la noche del 29 de febrero de 1960. A las 23:40, un terremoto de magnitud relativamente moderada pero de epicentro muy superficial y muy cercano a la ciudad sacudió Agadir durante unos quince segundos. Fue suficiente. En ese breve lapso, barrios enteros se derrumbaron sobre sus habitantes dormidos: la kasbah y el viejo barrio de Talborjt, el centro comercial, el barrio de Founti junto al puerto. La ciudad quedó prácticamente arrasada.
El balance fue una de las mayores catástrofes de la historia de Marruecos: se calcula que murieron unas 15.000 personas, cerca de un tercio de la población de entonces, y decenas de miles quedaron heridas o sin hogar. La magnitud de la destrucción conmocionó al país y al mundo, y llegó ayuda internacional para el rescate y la atención a los supervivientes. Ante el riesgo sanitario y la imposibilidad de recuperar la ciudad, buena parte de las ruinas del centro fueron cubiertas de arena y cal, convirtiendo el emplazamiento en un enorme camposanto.
El joven Marruecos independiente (el país había recuperado la soberanía apenas cuatro años antes, en 1956) afrontó el desafío de reconstruir. El rey Mohammed V pronunció una frase que se hizo célebre y que resume la determinación de aquellos días: si el destino había querido destruir Agadir, su reconstrucción dependía de la fe y la voluntad de los hombres. Se decidió no reconstruir sobre el mismo lugar, sino levantar una ciudad nueva unos kilómetros más al sur, con criterios modernos y antisísmicos.
La Agadir moderna nació de aquella tragedia. En las décadas siguientes al terremoto, la ciudad se reconstruyó por completo siguiendo un plan urbanístico contemporáneo: avenidas anchas y arboladas, edificios bajos de construcción antisísmica, amplias zonas verdes y un trazado ordenado que dio la espalda a la vieja ciudad medieval, imposible de recuperar. Del pasado solo quedó en pie, restaurada, la kasbah de Oufella en lo alto de la colina, convertida en lugar de memoria de las víctimas, con las gigantescas letras que de noche proclaman en árabe el lema del país sobre la ladera.
La nueva Agadir apostó decididamente por dos motores económicos: la pesca —su puerto es uno de los grandes de Marruecos, con una potente industria conservera de sardina— y el turismo de sol y playa. Su clima excepcional, con más de 300 días de sol al año y temperaturas suaves incluso en invierno, y su magnífica bahía protegida la convirtieron a partir de los años setenta y ochenta en el principal balneario del país, con grandes hoteles, resorts, campos de golf y una clientela europea que busca sol durante todo el año.
En las últimas décadas, Agadir ha seguido creciendo y modernizándose: se han desarrollado la Marina, nuevas zonas turísticas como Taghazout Bay, el teleférico que sube a la kasbah (inaugurado en 2022) y una red de transporte moderna. Al mismo tiempo, la región se ha consolidado como capital mundial del surf gracias a las olas de Taghazout, y como base para descubrir la naturaleza del Anti-Atlas, Paradise Valley y el Parque Nacional de Souss-Massa. Agadir es hoy una ciudad joven en todos los sentidos —reconstruida hace poco más de medio siglo—, sin los monumentos milenarios de las ciudades imperiales, pero con una historia intensa y trágica bajo su superficie moderna y soleada, y una vocación clara de puerta atlántica del sur de Marruecos.