Ohrid es una de las ciudades habitadas más antiguas de Europa, con una vida urbana que se remonta a más de dos milenios. En la Antigüedad se llamó Lychnidos, un nombre de raíz griega que suele relacionarse con la 'luz' (lychnos, lámpara), quizá por los reflejos del sol sobre su lago. Estuvo habitada por los dasaretas, un pueblo de estirpe iliria, y pronto entró en la órbita del mundo griego y, más tarde, del reino de Macedonia de Filipo y Alejandro.
La clave de su importancia fue su posición: Lychnidos se hallaba sobre la Vía Egnatia, la gran calzada romana que unía el Adriático (Dyrrachium, la actual Durrës) con Constantinopla, atravesando los Balcanes. Como estación en esa ruta vital, la ciudad prosperó como centro comercial y de comunicaciones. De su pasado grecorromano da testimonio el teatro antiguo, de tipo helenístico, construido hacia el año 200 a.C. y aún en pie en la ladera de la colina, único de su clase en el país.
Con la expansión de Roma, Lychnidos fue una ciudad romana de cierta relevancia, con edificios públicos, termas y una temprana comunidad cristiana: hay obispos documentados ya en época paleocristiana, y se han excavado basílicas con bellos mosaicos, como las de Plaošnik. La ciudad sobrevivió a terremotos e invasiones, y a partir de los siglos VI y VII, con la llegada de los eslavos a los Balcanes, empezó a transformarse profundamente, cambiando incluso de nombre: de Lychnidos pasó a Ohrid.
El momento que hizo verdaderamente grande a Ohrid llegó a finales del siglo IX, y no fue militar sino cultural y espiritual. Los santos Cirilo y Metodio, los 'apóstoles de los eslavos', habían creado un alfabeto (el glagolítico) y traducido los textos sagrados a la lengua eslava para evangelizar a estos pueblos. Tras su muerte y la expulsión de sus discípulos de Moravia, dos de ellos, Clemente y Naum, llegaron a la región de Ohrid, entonces bajo dominio del Primer Imperio búlgaro, y aquí desarrollaron una labor decisiva.
San Clemente de Ohrid fundó en Plaošnik, hacia el año 893, una escuela y un monasterio que se convirtieron en un extraordinario foco de enseñanza y de difusión de la escritura y la liturgia eslavas. La llamada Escuela Literaria de Ohrid formó a miles de discípulos —clérigos, maestros, copistas— que difundieron la nueva cultura escrita por todos los Balcanes y más allá. Se atribuye a los círculos de Ohrid un papel central en el desarrollo del alfabeto cirílico, derivado del glagolítico, que hoy usan cientos de millones de personas. Por todo ello, Ohrid es considerada una cuna de la cultura escrita eslava.
San Naum, por su parte, fundó a orillas del lago, al sur, el monasterio que lleva su nombre (hacia el año 905), otro gran centro espiritual y educativo. Clemente y Naum fueron canonizados y son venerados como los grandes santos de Ohrid; sus reliquias se conservan en la ciudad y en el monasterio de San Naum. Aquella época dorada del saber eslavo es la raíz del prestigio religioso y cultural que Ohrid mantendría durante siglos.
En torno al cambio del primer milenio, Ohrid vivió su apogeo político. El zar Samuel, soberano del Primer Imperio búlgaro en su fase final, convirtió Ohrid en una de sus capitales y en el centro de su poder frente al avance del Imperio bizantino. De aquella época procede la imponente fortaleza que corona la colina y que aún hoy lleva su nombre (Samuilova Tvrdina), símbolo del pasado imperial de la ciudad. Ohrid fue también sede del patriarcado búlgaro trasladado aquí, dándole un enorme peso eclesiástico.
El conflicto entre Samuel y el emperador bizantino Basilio II fue largo y sangriento. Culminó en 1014 con la batalla de Kleidion, tras la cual, según las crónicas, Basilio II —que pasaría a la historia con el sobrenombre de 'Bulgaróctono', el 'matador de búlgaros'— ordenó cegar a miles de prisioneros de Samuel, dejando a unos pocos un ojo para guiar al resto. Se cuenta que Samuel murió poco después al ver a su ejército mutilado. En 1018, Bizancio conquistó definitivamente el imperio de Samuel y Ohrid pasó a dominio bizantino.
Bajo Bizancio, Ohrid no perdió importancia: se convirtió en sede de un arzobispado autónomo (autocéfalo), el Arzobispado de Ohrid, que durante siglos tuvo gran prestigio y una amplia jurisdicción sobre los Balcanes. De esta época de esplendor religioso datan iglesias y frescos excepcionales, como los de la catedral de Santa Sofía, reconstruida en el siglo XI, con uno de los conjuntos de pintura mural bizantina mejor conservados del mundo. La tradición dice que Ohrid llegó a tener 'una iglesia por cada día del año', reflejo de su intensa vida cristiana.
Tras el dominio bizantino y un periodo bajo el imperio serbio de Esteban Dušan en el siglo XIV, Ohrid cayó en manos de los otomanos hacia finales de esa centuria, quedando integrada durante casi cinco siglos en el Imperio otomano. Bajo el nuevo poder, la ciudad conservó buena parte de su carácter cristiano y su papel eclesiástico: el Arzobispado de Ohrid siguió existiendo hasta que fue suprimido por decisión otomana en 1767, un golpe para su antigua preeminencia religiosa.
Durante la época otomana, Ohrid fue una ciudad de convivencia entre cristianos ortodoxos y musulmanes. Algunas iglesias fueron convertidas en mezquitas —como la propia catedral de Santa Sofía, cuyos frescos fueron encalados, lo que paradójicamente ayudó a preservarlos hasta su recuperación en el siglo XX— y se levantaron mezquitas, hamams y casas otomanas de madera que dan al casco antiguo su fisonomía característica, con los típicos balcones voladizos asomados al lago. La ciudad mantuvo también tradiciones artesanales, como la fabricación de las célebres perlas de Ohrid, elaboradas a partir de escamas de un pez del lago según un secreto familiar.
El relativo aislamiento y la continuidad de la vida tradicional durante siglos permitieron que Ohrid conservara un patrimonio extraordinario: su casco antiguo, sus decenas de iglesias medievales, sus frescos bizantinos y su entorno lacustre casi intacto. Esa riqueza acumulada sería, siglos después, la base de su reconocimiento internacional.
Tras las guerras balcánicas de 1912-1913, Ohrid y su región se integraron en Serbia y luego en Yugoslavia. A lo largo del siglo XX, ya en la Yugoslavia socialista de Tito, Ohrid empezó a desarrollarse como destino turístico, atraído por la belleza de su lago y la riqueza de su patrimonio. Se convirtió en un lugar de veraneo popular dentro de Yugoslavia, con hoteles y playas, sin perder su casco antiguo histórico.
El reconocimiento internacional llegó en 1979-1980, cuando la Unesco inscribió la región de Ohrid en la lista de Patrimonio Mundial: primero por su valor natural (el lago) y, poco después, ampliado también a su valor cultural, convirtiéndose en uno de los pocos sitios del mundo reconocidos por ambos criterios a la vez. El lago de Ohrid es uno de los lagos más antiguos y profundos de Europa —con una antigüedad estimada en más de un millón de años y hasta 288 metros de profundidad—, un auténtico museo vivo de la evolución, con más de doscientas especies endémicas, entre ellas la famosa trucha de Ohrid.
Con la independencia de Macedonia en 1991, Ohrid se consolidó como el principal destino turístico del nuevo país. Su Festival de Verano, sus iglesias, su lago y su casco antiguo atraen cada año a numerosos visitantes. Ese éxito ha traído también desafíos: la presión urbanística y turística sobre las orillas del lago ha encendido las alarmas de la Unesco, que ha advertido sobre la construcción descontrolada y la necesidad de proteger el frágil ecosistema lacustre y el patrimonio, llegando a plantear la inclusión del sitio en la lista de Patrimonio en Peligro. Hoy, en la Macedonia del Norte europea, Ohrid vive el reto de equilibrar su vocación turística con la conservación de aquello que la hace única: un tesoro donde la historia de la cultura eslava y uno de los ecosistemas de agua dulce más valiosos de Europa se dan la mano a orillas de un lago milenario.