Antes de ser un parque nacional y un destino turístico, Mavrovo fue durante siglos un mundo de montaña con una cultura propia y fascinante. Estas tierras altas del oeste macedonio, entre los macizos de Bistra, Korab y Šar y pegadas a las actuales fronteras de Albania y Kosovo, estuvieron habitadas por comunidades de pastores y aldeanos de fuerte identidad, entre los que destacaba el grupo etnográfico de los mijaks. Aislados en sus valles y sus pueblos de piedra, desarrollaron tradiciones, trajes, cantos y costumbres de enorme riqueza que se conservaron casi intactos hasta el siglo XX.
La dureza de la vida en la montaña, con inviernos largos y tierras difíciles, obligó a estos pueblos a buscar el sustento fuera. Y de ahí surgió su fama más duradera: los mijaks de pueblos como Galichnik, Lazaropole o Gari se convirtieron en los mejores maestros albañiles, canteros, talladores de madera y pintores de iconos de todos los Balcanes. Sus cuadrillas (los tajfa) recorrían el Imperio otomano y más allá, construyendo iglesias, casas y puentes, y tallando iconostasios que son hoy obras maestras. Emigraban en primavera y volvían en otoño o para las grandes fiestas del verano, dejando los pueblos en manos de las mujeres buena parte del año.
Esa combinación de pastoreo trashumante, emigración estacional de artesanos y vida comunitaria tejió una cultura tradicional excepcional, cuya expresión más famosa es la Boda de Galichnik, celebración ancestral que aún hoy se representa cada verano. Sobre este trasfondo de piedra, rebaños y maestros artesanos se levantaron los grandes monumentos espirituales de la comarca, empezando por el que es su corazón: el monasterio de San Juan Bigorski.
En una ladera sobre el valle del río Radika, en el borde suroeste de lo que hoy es el parque, se alza el monasterio de San Juan Bigorski (Sveti Jovan Bigorski), dedicado a san Juan Bautista y uno de los santuarios más venerados de Macedonia del Norte. La tradición sitúa su fundación en el año 1020, y a lo largo de los siglos conoció épocas de esplendor y de destrucción, siendo reconstruido en varias ocasiones, sobre todo en el periodo otomano, cuando resurgió con fuerza como centro monástico y cultural.
Su mayor tesoro, y una de las obras cumbre del arte de los Balcanes, es el iconostasio de madera tallada de su iglesia, realizado en el siglo XIX por los grandes maestros talladores de la región, entre ellos los célebres Petre Filipovski-Garkata y Makarije Frčkovski. Durante años de trabajo paciente, esculpieron en madera de nogal un prodigio de miniaturas: cientos de figuras humanas, escenas bíblicas, animales, aves y motivos vegetales de un detalle asombroso, dispuestos en una composición de vértigo. Se lo considera uno de los iconostasios más bellos del mundo ortodoxo, y la prueba más sublime del talento de los artesanos mijaks.
Bigorski fue, además de un lugar de culto, un faro de identidad para los cristianos de la montaña durante los siglos de dominio otomano, un centro que preservó la fe, el arte y la lengua. Su historia, con incendios, reconstrucciones y renaceres, resume la tenacidad espiritual de esta comarca. Todavía hoy es un monasterio activo y muy visitado, tanto por peregrinos como por viajeros que acuden a contemplar su maravilla tallada.
Entre los pueblos de la montaña, Galichnik fue el más célebre y próspero. Encaramado a más de 1.400 metros en el macizo de Bistra, llegó a ser un pueblo grande y rico —con miles de habitantes en su apogeo—, capital oficiosa de los mijaks y cuna de muchos de sus mejores maestros artesanos. Su arquitectura de piedra, con las casas escalonadas por la ladera en torno a la iglesia y la plaza, es un ejemplo notable del urbanismo tradicional de montaña de los Balcanes.
La vida en Galichnik seguía el ritmo de la emigración de los hombres y de las grandes fiestas del verano, cuando los artesanos regresaban a casa. La más importante era, y sigue siendo, la Boda de Galichnik (Galička svadba), celebrada en torno a la festividad de San Pedro (Petrovden, a mediados de julio). Se trata de una boda tradicional de dos o tres días, con trajes espléndidos, música de zurna y tapan, danzas ancestrales como la teškoto ('la pesada', una danza de honda carga emocional que evocaba la despedida de los emigrantes) y ritos que se remontan a siglos atrás. Hoy se representa como un gran festival folclórico que atrae a multitudes.
Durante los siglos otomanos, estos pueblos de montaña conservaron un notable grado de autonomía y una identidad cristiana firme, sostenida por sus monasterios y su cultura. Pero el siglo XX, con sus guerras, sus fronteras nuevas y sus transformaciones económicas, cambiaría profundamente este mundo. La emigración, ahora definitiva, fue vaciando los pueblos, y Galichnik pasó de ser una villa bulliciosa a un lugar casi deshabitado, que revive apenas unos días al año. Y a mediados de siglo, una gran obra transformaría para siempre el paisaje del corazón de la comarca.
El acontecimiento que redibujó el rostro de Mavrovo llegó a mediados del siglo XX. En la Yugoslavia socialista de posguerra, ávida de energía para su industrialización, se decidió aprovechar el potencial hidroeléctrico de estas montañas. Entre 1947 y 1953 se construyó una presa que embalsó las aguas de la zona y creó el lago artificial de Mavrovo, una gran lámina de agua en un altiplano rodeado de montañas. La obra alteró por completo el valle y sumergió tierras, campos y aldeas.
Entre lo que quedó bajo el agua estaba la vieja iglesia de San Nicolás (Sveti Nikola), construida en 1850 en el pueblo de Mavrovo, con iconos pintados por el célebre Dičo Zograf, uno de los grandes pintores religiosos macedonios del siglo XIX. Al llenarse el lago en 1953, la iglesia quedó anegada. Pero no desapareció del todo: según sube y baja el nivel del embalse, sus muros y su campanario emergen de las aguas o se ocultan bajo ellas, en un vaivén melancólico que ha convertido a la iglesia sumergida en el símbolo de Mavrovo y en una de las imágenes más fotografiadas del país. Es un recordatorio poético de todo lo que el lago cubrió.
Casi al mismo tiempo, en 1949, se declaró el Parque Nacional de Mavrovo, el primero y más grande del país, con el objetivo de proteger sus montañas, bosques, ríos y su extraordinaria fauna. La creación del parque reconoció el valor natural de una comarca que alberga osos pardos, lobos, gamuzas y el rarísimo lince balcánico, subespecie en peligro crítico de la que Mavrovo es uno de los últimos refugios. Así, a mediados del siglo XX, la vieja montaña de los mijaks se transformó a la vez en un centro de producción de energía, en un espacio natural protegido y en un naciente destino de montaña.
Con la independencia de Macedonia en 1991 y la consolidación de la actual Macedonia del Norte, Mavrovo se afianzó como el gran destino de montaña del país, en su doble vertiente de invierno y verano. La estación de esquí de Mavrovo (Zare Lazarevski), la principal del país, atrae cada invierno a esquiadores de toda la región a las laderas de Bistra, sobre el lago; y en verano, el parque se llena de senderistas, ciclistas, montañeros y amantes de la naturaleza que recorren sus praderas, ascienden al Korab o descubren el valle del Radika y sus cascadas.
Al mismo tiempo, Mavrovo conserva y celebra su rica herencia cultural. El monasterio de San Juan Bigorski sigue siendo un centro espiritual de primer orden y un imán turístico por su iconostasio; la Boda de Galichnik llena cada julio el pueblo casi desierto de música, trajes y visitantes; y los pueblos de piedra, algunos revividos por el turismo rural, guardan la memoria de los pastores y maestros artesanos que hicieron célebre a esta montaña. La iglesia sumergida, entre tanto, sigue apareciendo y desapareciendo en el lago, fiel a su ciclo.
Recorrer Mavrovo hoy es asomarse a un territorio donde conviven la naturaleza salvaje —montañas de casi tres mil metros, bosques con osos y linces, ríos de aguas puras— y una cultura de montaña de siglos, marcada por la fe, el arte y la emigración. Entre la nieve del invierno y las flores del verano, entre el iconostasio de Bigorski y el campanario que emerge del lago, Mavrovo ofrece al viajero una de las experiencias más completas y auténticas de Macedonia del Norte: la de su montaña más grande y su alma más honda.