La historia de Remich empieza mucho antes de que existiera Luxemburgo. Cuando los romanos conquistaron la Galia, el valle del Mosela se convirtió en una de sus arterias más importantes: por el río circulaban mercancías y por sus orillas discurrían calzadas que unían la gran ciudad de Augusta Treverorum (la actual Tréveris, en Alemania) con el resto del imperio. En un recodo apacible de la orilla izquierda del río, donde el valle se ensancha y las laderas se orientan al sol, surgió un asentamiento romano llamado Remacum. De ese nombre latino deriva, tras siglos de evolución, el actual Remich.
Los romanos hicieron aquí lo que mejor se les daba en el Mosela: plantar viñas. La viticultura del valle, que hoy es la seña de identidad de Remich y de toda la región, hunde sus raíces en aquella época. El clima suave, la orientación de las pendientes y el suelo calcáreo resultaron ideales para la vid, y el vino del Mosela ya se apreciaba en la mesa de la vecina Tréveris, una de las capitales del imperio en Occidente. Alrededor del asentamiento se desarrollaron villas rurales, prensas de vino y una vida próspera ligada al río y al comercio.
Cuando el poder de Roma se desmoronó y las legiones se retiraron de la región en el siglo V, Remacum no desapareció: como tantos lugares del Mosela, mantuvo su población y su nombre, que fue transformándose poco a poco. El paso de la Antigüedad a la Edad Media fue aquí una transición, no una ruptura: el río siguió fluyendo, las viñas siguieron dando fruto y el pequeño puerto siguió siendo un punto de paso. Esa continuidad milenaria convierte a Remich en uno de los lugares habitados más antiguos del actual Luxemburgo.
Tras la caída de Roma, la región pasó a la órbita de los francos, el pueblo germánico que acabaría dominando buena parte de Europa occidental bajo dinastías como los merovingios y los carolingios. Remich, como tantos dominios del valle, quedó integrado en el patrimonio de la corona franca. En el siglo VIII, el rey Pipino el Breve —padre de Carlomagno— donó dominios de la zona a comunidades religiosas benedictinas. Los monasterios se convirtieron así en grandes propietarios de viñedos y en guardianes del saber vitivinícola, y buena parte del vino del Mosela se producía para abastecer a abadías e iglesias.
Pero la Alta Edad Media también trajo el terror. En el año 882, en plena época de las grandes incursiones vikingas por los ríos de Europa, los normandos remontaron el Mosela y arrasaron el asentamiento de Remich. Aquellos guerreros del norte, que sembraron el pánico desde las costas del Atlántico hasta el corazón del continente aprovechando las vías fluviales, no perdonaron a los pueblos ribereños. La destrucción de Remich en el 882 es uno de los primeros hechos fechados de su historia y da idea de la vulnerabilidad de estas comunidades abiertas al río.
La reacción a esa inseguridad fue, como en toda Europa, la fortificación. A lo largo de la Edad Media, Remich se dotó de murallas y defensas para protegerse tanto de los ataques como de las frecuentes crecidas del Mosela. Las fortificaciones de la localidad están documentadas ya en el año 952, lo que confirma que, tras el saqueo normando, el pueblo no solo se reconstruyó, sino que se amuralló y se consolidó como un núcleo de cierta importancia en la orilla del río.
Durante la Edad Media y la Edad Moderna, Remich creció como una pequeña villa vinícola y comercial, con su puerto fluvial, sus mercados y su vida ligada al vino y al paso de mercancías por el Mosela. La localidad conservaba su recinto amurallado, con varias puertas de acceso, de las que hoy solo sobrevive la Porte St-Nicolas (puerta de San Nicolás), dedicada al patrón de los pescadores y barqueros, un guiño a la vocación fluvial del lugar. San Nicolás, muy venerado en toda la región, era el protector natural de una comunidad que vivía de cara al río.
La ubicación de Remich, sin embargo, tenía un precio: estar en una tierra de fronteras cambiantes, disputada durante siglos entre las grandes potencias europeas. El Ducado de Luxemburgo pasó sucesivamente por manos borgoñonas, españolas, austríacas y francesas, y el valle del Mosela quedó una y otra vez en el camino de los ejércitos. En 1687, en el marco de las guerras del rey de Francia Luis XIV, las tropas francesas demolieron las fortificaciones de Remich, como hicieron con tantas otras plazas de la región para debilitar las defensas enemigas. El pueblo perdió así sus murallas medievales, de las que apenas quedó el recuerdo y aquella puerta de San Nicolás.
A pesar de guerras, ocupaciones y crecidas, Remich mantuvo su carácter de villa vinatera y su vínculo con el río. La vid seguía siendo la base de su economía, y el Mosela, su gran vía de comunicación. Esta resistencia tranquila, esta capacidad de reconstruirse una y otra vez sin perder su identidad vinícola, es una constante en la larga historia del pueblo, desde la villa romana hasta la localidad moderna.
El Remich moderno es hijo del siglo XIX y del XX, y de tres grandes transformaciones: los puentes, la canalización del río y el auge del vino espumoso. Durante siglos, cruzar el Mosela hacia la orilla alemana dependió de barcas; en 1866 se inauguró el primer puente permanente sobre el río en Remich, un salto que integró mejor el pueblo en las rutas comerciales de la región y reforzó su papel como cruce entre Luxemburgo y Alemania. Aquel primer puente y sus sucesores —uno de ellos destruido en la Segunda Guerra Mundial y reemplazado por una pasarela de madera hasta la construcción del actual en 1958— marcaron el desarrollo urbano de la villa.
El segundo gran cambio fue la canalización del Mosela, completada en la década de 1960. Al regular el caudal y las esclusas, la canalización permitió por fin la navegación durante todo el año, abrió el río a los grandes barcos y sentó las bases del turismo fluvial que hoy es uno de los pilares de Remich: los cruceros de recreo que parten de su esplanade. El río domesticado dejó de ser una amenaza de crecidas para convertirse en un atractivo.
Pero la revolución que hizo famosa a Remich fue la del crémant, el vino espumoso elaborado con el método tradicional. A comienzos del siglo XX, casas pioneras apostaron por producir aquí espumosos de calidad: en 1919 se fundaron las Caves St Martin, que excavaron en la roca calcárea de las afueras del pueblo casi un kilómetro de galerías subterráneas para la crianza de sus vinos. Junto a otras bodegas del valle, situaron al Mosela luxemburgués en el mapa del buen vino espumoso. La denominación Crémant de Luxembourg, reconocida oficialmente en 1991, consagró esa tradición y convirtió a Remich en su escaparate turístico.
El Remich del siglo XXI ha convertido su historia y su paisaje en su mayor riqueza. La localidad más pequeña de Luxemburgo por superficie —apenas 5,3 km²— y de poco más de cuatro mil habitantes recibe cada año a multitud de visitantes atraídos por su ambiente relajado, su gastronomía y, sobre todo, su vino. La larga esplanade junto al Mosela, las bodegas de crémant, los cruceros fluviales y la Ruta del Vino que la atraviesa han hecho de Remich el destino turístico por excelencia del valle, la 'perla del Mosela' (Perle vun der Musel).
El pueblo conserva con orgullo sus tradiciones populares, muchas de ellas ligadas al ciclo del vino y de las estaciones. El Carnaval (Fuesend Karneval), con su desfile y la quema del 'Stréimännchen' —un muñeco de paja que simboliza el invierno—, y la hoguera del 'Buergbrennen' marcan el fin del frío; las fiestas de la vendimia y del crémant celebran en otoño el fruto de las viñas. Son costumbres que enlazan el Remich actual con siglos de vida vinatera a orillas del río.
Hay, además, una dimensión simbólica que trasciende al pueblo. A pocos kilómetros río arriba está Schengen, donde en 1985 y 1990 se firmaron los acuerdos que suprimieron las fronteras interiores de buena parte de Europa. Que ese hito de la Europa sin fronteras ocurriera precisamente aquí, en el mismo valle del Mosela por el que durante siglos pasaron ejércitos y se levantaron y derribaron murallas, tiene algo de justicia poética. Remich, que fue villa romana, botín normando, plaza amurallada y frontera disputada, es hoy un tranquilo pueblo de vino en el corazón de una Europa unida, donde el río que antes separaba países ahora los une bajo un mismo cielo de viñedos.