Para entender el Mullerthal hay que viajar muy atrás en el tiempo: unos 200 millones de años, al período Jurásico. Entonces, buena parte de lo que hoy es Luxemburgo estaba cubierto por un mar cálido y poco profundo, un mar tropical en cuyo fondo se acumulaban, capa sobre capa, granos de arena arrastrados por los ríos. Con el paso de los milenios y bajo el peso de los sedimentos, esa arena se compactó y se cementó hasta formar una roca característica: la arenisca de Luxemburgo (Luxemburger Sandstein), un banco de piedra que en algunos puntos alcanza cien metros de espesor.
La arenisca de Luxemburgo tiene una particularidad clave para el paisaje que vemos hoy: es una roca relativamente blanda y porosa, fácil de erosionar por el agua. Cuando el mar se retiró y la región emergió, comenzó un lentísimo trabajo de escultura natural. Los ríos y arroyos —el Sûre, el Black Ernz, el White Ernz— fueron encajándose en la roca, y el agua de lluvia, filtrándose por las grietas, fue disolviendo y desprendiendo bloques.
Ese origen marino explica los detalles más curiosos del terreno: se pueden encontrar en la piedra huellas de antiguos oleajes fosilizados y restos de organismos marinos. El Mullerthal es, en el fondo, el lecho de un mar desaparecido, levantado y tallado durante eras geológicas hasta convertirse en el laberinto de roca y bosque que hoy recorren los senderistas.
El relieve espectacular del Mullerthal es obra, sobre todo, del agua y del hielo. A lo largo de los últimos millones de años, y muy especialmente durante las glaciaciones del Cuaternario, los ciclos de congelación y deshielo fueron abriendo fracturas en la arenisca. El agua se colaba por las grietas, se helaba, se expandía y resquebrajaba la roca; después, los arroyos arrastraban los fragmentos sueltos. Bloque a bloque, se formaron las estrechas gargantas, las paredes verticales y las fisuras tan angostas que hoy hay que cruzar de lado y con linterna.
Así nacieron los rincones más famosos de la comarca: grietas como la Kuelscheier, desfiladeros como la Wollefsschlucht ('garganta de los lobos'), bloques colosales separados por pasadizos, y pequeñas cuevas y abrigos bajo la roca. La cascada de Schiessentümpel, con sus tres saltos, muestra el mismo proceso en directo: el arroyo desgastando la piedra, escalón a escalón.
Sobre esa roca húmeda y sombreada se instaló una vegetación exuberante y muy particular: hayedos, helechos, musgos y líquenes que tapizan las paredes y dan a los senderos ese aire de bosque encantado. La combinación de arenisca blanda, agua abundante y clima húmedo creó un ecosistema tan singular que hoy está protegido, y que no se parece a casi nada más en un país pequeño y en gran parte llano como Luxemburgo.
El ser humano llegó pronto a estos valles. Los abrigos rocosos y las cuevas del Mullerthal ofrecían refugio natural, y se han hallado indicios de ocupación desde la prehistoria. Más tarde, en época romana, la región formó parte del territorio de la próspera Augusta Treverorum (la actual Tréveris, Trier, en Alemania), una de las grandes ciudades del Imperio en el norte. Cerca de Echternach se levantó una gran villa romana, y por la comarca pasaban rutas y asentamientos rurales.
Durante la Edad Media y la Edad Moderna, el Mullerthal fue una tierra de bosques, pequeñas aldeas y, sobre todo, molinos. El nombre mismo lo dice: 'Mullerthal' significa en alemán 'valle de los molinos' (de Müller, molinero). La fuerza del agua de los arroyos movía las ruedas de numerosos molinos harineros y de otros usos, que fueron el motor económico de estos valles durante siglos. La aldea de Mullerthal, que da nombre a toda la comarca, conserva esa memoria en su topónimo.
El bosque también fue un recurso clave: madera, caza y, en Berdorf, la extracción de piedras de molino talladas directamente en la arenisca, como recuerda la antigua cantera de la Hohllay, hoy un curioso anfiteatro natural excavado en la roca. Era una economía rural, dura y discreta, muy lejos todavía de la fama turística que llegaría después.
El destino del Mullerthal cambió en el siglo XIX. Fue la época del Romanticismo, cuando en toda Europa se puso de moda viajar en busca de paisajes 'salvajes', pintorescos y sublimes. Excursionistas, pintores y escritores empezaron a recorrer estos valles y quedaron fascinados por sus gargantas, sus rocas cubiertas de musgo y sus bosques umbríos. Alguien acuñó entonces el apodo que haría fortuna: la 'Pequeña Suiza luxemburguesa' (Petite Suisse, Kleng Lëtzebuerger Schwäiz), comparando este relieve accidentado con los paisajes alpinos.
El nombre era más poético que geológico —aquí no hay montañas ni glaciares—, pero prendió con fuerza y atrajo a los primeros turistas. Se abrieron caminos, se señalizaron rutas y algunos hoteles empezaron a recibir visitantes. La cercanía con Alemania y con la ciudad de Tréveris, y más tarde el ferrocarril hasta Echternach, facilitaron la llegada de excursionistas. El Mullerthal se convirtió así, ya en el siglo XIX y comienzos del XX, en uno de los primeros destinos de naturaleza del país.
Esa mirada romántica sentó las bases de lo que hoy es la región: un territorio valorado no por sus molinos ni por su madera, sino por su belleza natural. La idea de proteger y mostrar el paisaje, más que explotarlo, nació precisamente entonces.
En las últimas décadas, el Mullerthal ha dado el salto definitivo al turismo de naturaleza de calidad. El gran hito fue la creación del Mullerthal Trail, una red de 112 kilómetros de senderos repartidos en tres rutas circulares que enlazan lo mejor de la comarca: las rocas de Berdorf, la cascada de Schiessentümpel, las grietas y gargantas, los pueblos y los castillos de Beaufort y Larochette. El trail fue distinguido con el prestigioso sello europeo 'Leading Quality Trails - Best of Europe', que reconoce a los mejores senderos del continente, y ha convertido a la región en un referente del senderismo en el Benelux.
En paralelo, se creó el Natur- & Geopark Mëllerdall, un parque natural centrado en la protección y la divulgación del patrimonio geológico. Su gran reconocimiento llegó en 2022, cuando la Unesco lo incorporó a la red de Geoparques Mundiales, un sello que valora tanto el interés geológico excepcional de la arenisca de Luxemburgo como el trabajo de conservación y educación en torno a ella.
Hoy el Mullerthal combina todo eso: un paisaje que es un libro abierto de 200 millones de años de historia de la Tierra, una densa red de senderos de primer nivel, pueblos tranquilos, castillos románticos y la vecina Echternach con su patrimonio milenario. De lecho de un mar jurásico a Geoparque Mundial, la 'Pequeña Suiza luxemburguesa' es la prueba de que, a veces, los paisajes más sorprendentes se esconden en los países más pequeños.