La historia de Diekirch empieza mucho antes que la de la mayoría de las ciudades luxemburguesas, y lo hace envuelta en misterio. En una colina boscosa al sur del casco se alza el Deiwelselter, el 'Altar del Diablo': un conjunto de grandes bloques de piedra que forman una especie de arco o dolmen. La tradición popular lo atribuye a los celtas y lo rodea de leyendas, empezando por su propio nombre, que remite a la incapacidad de la gente para explicar quién ni cómo levantó semejante estructura.
La realidad histórica es más matizada. La forma que hoy vemos del monumento se debe en buena parte a una recomposición del siglo XIX con fines conmemorativos y patrióticos, en pleno auge del romanticismo y de la búsqueda de raíces antiguas para las naciones. Aun así, el lugar tiene un aura indudable, y toda la comarca de Diekirch estuvo poblada desde época prehistórica y protohistórica: los pueblos célticos (los tréveros y otras tribus) habitaron la región del Sûre antes de la llegada de Roma.
Más allá de la leyenda, el Deiwelselter se ha convertido en un símbolo de Diekirch y en un mirador privilegiado sobre la ciudad y el valle. Su misterio, real o construido, conecta con una verdad de fondo: este rincón de las Ardenas, a orillas de un río y en el cruce de caminos naturales, fue un lugar habitado y valorado desde tiempos remotísimos, mucho antes de que existiera nada parecido a una ciudad.
El gran salto documentado en la historia de Diekirch llega con Roma. Tras la conquista de la Galia por Julio César en el siglo I a. C., toda la región quedó integrada en el Imperio, y el valle del Sûre, vía natural de comunicación, se pobló de villae, granjas y asentamientos. Diekirch fue uno de esos lugares prósperos: las excavaciones han sacado a la luz mosaicos romanos de gran calidad, datados hacia los siglos III-IV, que decoraban una lujosa villa o edificio y que hoy son uno de los tesoros de la ciudad.
El más célebre de esos mosaicos presenta una cabeza que parece cambiar de expresión según el ángulo desde el que se contempla, una sofisticación artística que habla del nivel de vida de sus propietarios. Estos hallazgos, junto con monedas, cerámica y otros objetos, se conservan en el Museo de Historia de la Ciudad y demuestran que Diekirch fue un núcleo romano de cierta importancia, en el noreste de la Galia Belga, en contacto con las rutas que unían el Rin con el interior.
La romanización dejó una huella profunda. Cuando el Imperio entró en crisis y llegaron las invasiones y los pueblos germánicos, el poblamiento no se interrumpió del todo: sobre los restos de la Diekirch romana se construyó la Diekirch cristiana y medieval. Esa continuidad, de la villa romana a la iglesia paleocristiana, es una de las claves de la larguísima historia de la ciudad, y se puede 'leer' físicamente en el subsuelo de su iglesia más antigua.
La antigua iglesia de San Lorenzo (Saint-Laurent), la 'Al Kiirch' de los diekirchenses, es el mejor testimonio de esa continuidad milenaria. Se levanta sobre los restos de un edificio romano, y bajo ella se han hallado sarcófagos de época merovingia (siglos VI-VII), prueba de que aquí hubo un lugar de culto cristiano y un cementerio ya en la Alta Edad Media, cuando la región estaba integrada en el reino de los francos. El edificio fue creciendo a lo largo de los siglos, con elementos que van del prerrománico al gótico, y guarda en su subsuelo más de mil quinientos años de historia superpuesta.
En torno a ese núcleo religioso creció la Diekirch medieval. Situada en un vado del río Sûre y en un cruce de caminos, la localidad se desarrolló como un pequeño mercado rural al servicio de la comarca, dependiente de los poderes feudales de la región y, en última instancia, de los condes y duques de Luxemburgo. No fue una gran plaza fuerte como Vianden o Bourscheid, sino más bien una villa comercial y agrícola, con su iglesia, sus ferias y su vida modesta.
Como todo el ducado, Diekirch pasó por las manos de Borgoña, de los Habsburgo españoles y austriacos, de la Francia revolucionaria y napoleónica, y finalmente del Gran Ducado. Su posición junto al Sûre la mantuvo como cabecera de comarca y punto de paso, pero fue en el siglo XIX, con la industrialización, cuando la ciudad encontró la actividad que la haría famosa mucho más allá de sus murallas: la cerveza.
Diekirch está indisolublemente unida a la cerveza. A lo largo del siglo XIX se desarrolló aquí una industria cervecera que acabaría produciendo la Diekirch, una de las marcas más populares y reconocibles de Luxemburgo. La cervecería se convirtió en el gran motor económico de la ciudad y en seña de identidad: durante generaciones, buena parte de la vida local giró en torno a la fábrica, sus trabajadores y su producto.
La cerveza dio a Diekirch prosperidad, empleo y fama nacional. La marca se extendió por todo el país y se convirtió en un clásico de los bares y terrazas luxemburgueses. Aunque, como en tantos lugares, la industria cervecera se ha ido concentrando e integrando en grupos mayores con el paso del tiempo, la cerveza sigue siendo parte esencial de la identidad de la ciudad, presente en su cultura, sus fiestas y su imagen exterior.
Esa dimensión festiva y popular se ve muy bien en celebraciones como la Al Dikkrich, la fiesta tradicional de la ciudad, con sus mercados, su música y su ambiente. Diekirch combina así dos caras: la de la ciudad histórica de raíces romanas y medievales, seria y patrimonial, y la de la ciudad cervecera, alegre y sociable. Ambas conviven en un casco de tamaño humano, a orillas del Sûre, en la puerta de las Ardenas.
El capítulo más dramático de la historia reciente de Diekirch es el de la Segunda Guerra Mundial. En el invierno de 1944-45, toda esta parte del norte de Luxemburgo quedó atrapada en la Batalla de las Ardenas (Battle of the Bulge), la última gran ofensiva alemana en el frente occidental. Diekirch, a orillas del Sûre, se encontró en primera línea: la ciudad fue evacuada, sufrió combates y bombardeos, y su población civil vivió semanas de miedo, frío y penurias antes de la liberación definitiva a comienzos de 1945.
La memoria de aquellos días marcó profundamente a la ciudad y a toda la región. Diekirch decidió honrarla y transmitirla creando el Museo Nacional de Historia Militar (MNHM), hoy uno de los mejores museos del país sobre la Segunda Guerra Mundial. Con impresionantes dioramas a tamaño real, vehículos, uniformes y objetos de soldados estadounidenses, alemanes y de la población civil, el museo cuenta con detalle lo que ocurrió en las Ardenas y se ha convertido en un lugar de referencia para comprender ese episodio, sin sensacionalismos y con respeto por las víctimas de ambos bandos.
El Diekirch actual es una ciudad pequeña y tranquila que vive de los servicios, el comercio, algo de industria y el turismo. Bien comunicada por tren y con todo el transporte público gratuito desde 2020, funciona como puerta de entrada y base cómoda para explorar las Ardenas centrales: los castillos de Bourscheid y Vianden, el Memorial Patton de la vecina Ettelbruck, el lago de la Alta Sûre. En sus museos, sus mosaicos, su vieja iglesia y su cerveza conviven, en muy pocos metros, dos mil años de historia.