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Historia de Ciudad de Luxemburgo

963: el peñón de Sigfrido, donde nació un país

Toda la historia de Luxemburgo —la ciudad y el país entero— cabe en un peñón de roca sobre el río Alzette. En el año 963, un conde de las Ardenas llamado Sigfrido (Siegfried) intercambió unas tierras con la abadía de San Maximino de Tréveris para hacerse con un promontorio rocoso llamado el Bock. Allí, en un lugar fácil de defender y difícil de tomar, levantó un pequeño castillo fortificado que en los documentos antiguos aparece con el nombre de 'Lucilinburhuc', que en el germánico de la época significaba 'pequeña fortaleza' o 'pequeño castillo'.

De ese nombre, Lucilinburhuc, derivan tanto 'Luxemburgo' como 'Lëtzebuerg', la forma luxemburguesa. Es decir, el país entero debe su nombre a aquel castillo minúsculo sobre la roca. Alrededor de la fortaleza fue creciendo un mercado, una iglesia y un poblado, protegidos por las murallas. La posición era inmejorable: en un cruce de rutas comerciales entre el mundo latino y el germánico, en lo alto de un promontorio rodeado de barrancos naturales que hacían de foso.

Los descendientes de Sigfrido se convirtieron en condes de Luxemburgo, y con el tiempo la casa de Luxemburgo llegaría a lo más alto: varios de sus miembros fueron emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico y reyes de Bohemia en los siglos XIV y XV, entre ellos Enrique VII y el célebre Carlos IV. De un castillo sobre una roca a la cúspide del poder imperial europeo: así empezó la aventura de Luxemburgo.

El 'Gibraltar del Norte': mil años de fortaleza

La misma posición estratégica que hizo nacer a Luxemburgo la condenó a ser, durante siglos, una de las plazas fuertes más disputadas de Europa. Su valor militar era tal que las grandes potencias del continente se la fueron pasando de mano en mano, cada una reforzando y ampliando sus defensas. Tras los condes y duques de Luxemburgo, la ciudad pasó a los duques de Borgoña en el siglo XV, y de ahí a los Habsburgo: primero a la rama española (los Países Bajos españoles) y luego a la austríaca.

Cada nuevo dueño añadió murallas, bastiones, fuertes y galerías. Los españoles la fortificaron en el siglo XVI y XVII; los franceses de Luis XIV la tomaron en 1684 y el genial ingeniero militar Vauban rediseñó sus defensas, convirtiéndola en una fortaleza de vanguardia; después volvieron los austríacos, que siguieron ampliándola. El resultado fue un sistema defensivo colosal: tres cinturones de fortificaciones, decenas de fuertes y, sobre todo, los casamatas: hasta 23 kilómetros de galerías, túneles y troneras excavados en la roca, capaces de albergar miles de soldados, cañones, talleres, cocinas y hasta caballos.

Por su carácter casi inexpugnable, la ciudad se ganó el sobrenombre de 'el Gibraltar del Norte'. Ninguna otra fortaleza continental era comparable. Pero ese poderío militar tenía un precio: Luxemburgo era una ciudad-guarnición, apretada dentro de sus murallas, cuyo destino no lo decidían sus habitantes, sino los tratados y las guerras de las grandes potencias que la controlaban desde lejos.

1815-1867: del Congreso de Viena a la neutralidad

El destino moderno de Luxemburgo se decidió en las grandes conferencias diplomáticas del siglo XIX. Tras la caída de Napoleón, el Congreso de Viena de 1815 elevó el territorio a la categoría de Gran Ducado y se lo entregó en unión personal al rey de los Países Bajos, aunque al mismo tiempo lo incorporó a la Confederación Germánica y permitió que Prusia mantuviera una guarnición en la fortaleza. Luxemburgo quedaba así en una posición ambigua, entre varios mundos.

En 1839, el Tratado de Londres partió el territorio: la mayor parte de la zona de habla francesa (la actual provincia belga de Luxemburgo) pasó a Bélgica, mientras que el resto, de habla luxemburguesa y alemana, quedó como el Gran Ducado que conocemos hoy. Fue el nacimiento efectivo del Luxemburgo moderno, con sus fronteras casi definitivas.

El paso decisivo llegó en 1867. La ambición de Francia por anexionarse el Gran Ducado y la rivalidad con Prusia estuvieron a punto de provocar una guerra europea (la llamada 'crisis luxemburguesa'). Para evitarla, las potencias firmaron un nuevo Tratado de Londres que declaró a Luxemburgo Estado neutral a perpetuidad, ordenó la retirada de la guarnición prusiana y, sobre todo, exigió el desmantelamiento de la gran fortaleza. En los años siguientes se demolieron la mayoría de las murallas, bastiones y fuertes. La ciudad, liberada por fin de su corsé militar, pudo por primera vez en mil años crecer, respirar y abrir avenidas y parques donde antes había cañones.

Las dos guerras mundiales y la ocupación

La neutralidad no bastó para librar a Luxemburgo de las guerras del siglo XX. En agosto de 1914, al comienzo de la Primera Guerra Mundial, el ejército alemán invadió y ocupó el Gran Ducado, violando su neutralidad, y lo mantuvo bajo control militar hasta el final del conflicto en 1918. El país recuperó la independencia tras la guerra y, en las décadas siguientes, consolidó su régimen de monarquía constitucional bajo la dinastía de Nassau-Weilburg y la gran duquesa Carlota.

El golpe más duro llegó en la Segunda Guerra Mundial. En mayo de 1940, la Alemania nazi invadió de nuevo Luxemburgo. Esta vez no se trató de una simple ocupación militar: el régimen nazi anexionó de hecho el país, prohibió el francés, impuso el alemán, e intentó 'germanizar' a la población por la fuerza, llegando a reclutar a jóvenes luxemburgueses para el ejército alemán. La resistencia fue notable: en 1941, en un censo en el que se les preguntaba por su lengua y nacionalidad, la abrumadora mayoría de los luxemburgueses respondió 'luxemburgués', desafiando abiertamente a los ocupantes. Hubo huelgas, sabotajes y una dura represión.

La gran duquesa Carlota y el gobierno se exiliaron y mantuvieron viva la voz del país desde Londres. En 1944, las tropas estadounidenses liberaron la capital, pero el invierno de 1944-45 trajo aún la Batalla de las Ardenas, la última gran ofensiva alemana, que golpeó con dureza el norte del país. Cuando la guerra terminó, Luxemburgo emergió profundamente marcado, pero con una identidad nacional más fuerte que nunca y una determinación clara: no volver a quedar nunca sola frente a sus vecinos.

Una de las capitales de Europa

La lección de las dos guerras empujó a Luxemburgo a apostar de lleno por la integración europea. Fue uno de los seis países fundadores de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en 1951 y de la Comunidad Económica Europea (el germen de la actual Unión Europea) en 1957. Y no solo participó: se convirtió en una de las sedes de las instituciones. La ciudad de Luxemburgo alberga el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, el Banco Europeo de Inversiones, la Secretaría del Parlamento Europeo, el Tribunal de Cuentas y otros organismos, concentrados en la moderna meseta de Kirchberg.

En paralelo, el pequeño Gran Ducado vivió una transformación económica espectacular. De ser un país siderúrgico, dependiente del acero del sur, se reinventó como uno de los mayores centros financieros del mundo, sede de miles de fondos de inversión y bancos internacionales. Hoy Luxemburgo tiene una de las rentas per cápita más altas del planeta, y su capital es una ciudad cosmopolita donde casi la mitad de la población es extranjera y se cruzan a diario decenas de nacionalidades e idiomas. Muy cerca, en el pueblo mosellano de Schengen, se firmó en 1985 el acuerdo que abolió las fronteras interiores de buena parte de Europa: otro símbolo del papel del país en la construcción europea.

En 1994, la Unesco reconoció el valor excepcional de los antiguos barrios y fortificaciones de la ciudad, declarándolos Patrimonio de la Humanidad. Así, la capital ofrece hoy un contraste único: los casamatas y las murallas donde nació el país en el año 963, y a un paso, las torres de cristal y la arquitectura de vanguardia de una de las capitales de la Europa unida. De la 'pequeña fortaleza' de Sigfrido a corazón financiero e institucional del continente, Luxemburgo ha convertido su historia de plaza disputada en una vocación de puente entre los pueblos de Europa.

📚 Bibliografía

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