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Historia de Vilna

El sueño del lobo de hierro

La leyenda cuenta que el gran duque Gediminas, cazando en los bosques junto a la confluencia de los ríos Neris y Vilnia, se durmió y soñó con un enorme lobo de hierro que aullaba sobre una colina con la fuerza de cien lobos. El sacerdote pagano Lizdeika interpretó el sueño: el duque debía fundar allí una ciudad tan poderosa que su fama, como el aullido, se oyera en todo el mundo. Así nació Vilna, según el relato que todo lituano conoce.

Más allá del mito, la fundación de Vilna se fecha en 1323, el año en que Gediminas envió una serie de cartas a las ciudades hanseáticas, a los mercaderes, artesanos y monjes de Europa occidental, invitándolos a asentarse en su capital y prometiéndoles libertad de culto y de comercio. Esas cartas, conservadas hasta hoy, son la primera mención documentada de Vilna y el acta de nacimiento de la ciudad. Ubicada en un cruce estratégico de rutas comerciales, en el corazón de un territorio boscoso y pantanoso fácil de defender, Vilna estaba llamada a ser la capital de uno de los Estados más grandes de la Europa medieval: el Gran Ducado de Lituania.

La capital del último Estado pagano de Europa

Cuando Vilna se convirtió en capital, Lituania era el último Estado pagano de Europa. Mientras el continente era cristiano desde hacía siglos, los lituanos seguían venerando a dioses de la naturaleza, el fuego y el trueno, y resistían con las armas las cruzadas que la Orden Teutónica lanzaba una y otra vez contra ellos en nombre de la conversión. El Gran Ducado, sin embargo, crecía: bajo Gediminas y sus sucesores llegó a extenderse desde el Báltico hasta cerca del mar Negro, incorporando vastos territorios eslavos.

El giro decisivo llegó en 1385-1387, cuando el gran duque Jogaila (Jagellón) aceptó bautizarse y casarse con la reina Eduviges de Polonia, sellando la unión de ambos reinos. Lituania adoptó oficialmente el cristianismo —uno de los últimos pueblos de Europa en hacerlo— y Vilna recibió sus derechos de ciudad en 1387. Bajo el gran duque Vitautas el Grande, a comienzos del siglo XV, el Ducado alcanzó su máxima extensión y prestigio, y en 1410, junto a Polonia, derrotó a la Orden Teutónica en la batalla de Grunwald (Žalgiris), una de las mayores de la Europa medieval, que quebró para siempre el poder de los caballeros teutónicos.

La Jerusalén del Norte y la ciudad barroca

La Unión de Lublin de 1569 fundió a Polonia y Lituania en una sola Mancomunidad, una de las mayores potencias de Europa. Vilna vivió entonces una edad de oro multicultural. En 1579 los jesuitas fundaron la Universidad de Vilna, la más antigua de Europa oriental y del Báltico, que convirtió a la ciudad en un gran centro intelectual. Se levantaron decenas de iglesias barrocas —la ciudad todavía conserva una de las siluetas de campanarios más ricas del continente— y convivían en sus calles lituanos, polacos, rutenos, alemanes, tártaros y una enorme comunidad judía.

Esa comunidad judía hizo de Vilna un centro espiritual de fama mundial. Aquí vivió y enseñó el Gaón de Vilna (Elías ben Salomón, 1720-1797), uno de los sabios más influyentes del judaísmo, y la ciudad se ganó el nombre de 'Jerusalén del Norte' (Yerushalayim de Lita) por su densidad de sinagogas, yeshivás e imprentas hebreas. A comienzos del siglo XX, cerca de la mitad de la población era judía y el yidis se oía en cada mercado. Ese mundo, de siglos de profundidad, sería casi por completo aniquilado pocas décadas después.

Bajo el imperio ruso y las dos guerras mundiales

A fines del siglo XVIII, las particiones de Polonia repartieron la Mancomunidad entre sus vecinos, y Vilna quedó bajo el Imperio ruso en 1795. El siglo XIX fue de dominación zarista, rusificación y represión: tras los levantamientos de 1831 y 1863, se cerró la universidad, se prohibió la imprenta en lituano con caracteres latinos y se persiguió la lengua y la cultura nacionales. Aun así, en la clandestinidad, se gestaba el renacer nacional lituano.

El siglo XX golpeó a Vilna con una violencia extrema. Tras la Primera Guerra Mundial, Lituania declaró su independencia en 1918, pero Vilna, disputada por lituanos, polacos y bolcheviques, fue anexada por Polonia en 1920 y quedó separada del joven Estado lituano durante veinte años; la capital provisional se trasladó a Kaunas. En 1939-1940, tras el pacto Molotov-Ribbentrop, la ciudad volvió a Lituania para caer casi de inmediato bajo ocupación soviética y luego nazi. La ocupación alemana (1941-1944) trajo el Holocausto: la comunidad judía de Vilna, unas 60.000 personas, fue confinada en dos guetos y casi íntegramente asesinada, muchos fusilados en las fosas del bosque de Paneriai (Ponar), a las afueras de la ciudad. Con ellos desapareció la 'Jerusalén del Norte'.

Medio siglo soviético y los partisanos del bosque

En 1944 el Ejército Rojo expulsó a los nazis y Lituania fue anexada a la Unión Soviética, situación que se prolongaría casi medio siglo. Vilna volvió a ser la capital, ahora de una república soviética. Vinieron las deportaciones masivas a Siberia —decenas de miles de lituanos enviados a los gulags—, la colectivización forzada y la represión política, dirigida desde el edificio del KGB en el centro, cuyos sótanos hoy son un museo estremecedor.

Muchos no se resignaron. Entre 1944 y comienzos de los años cincuenta, los 'hermanos del bosque' (miško broliai), miles de partisanos armados, libraron una guerra de guerrillas desesperada contra el poder soviético desde los bosques del país; casi todos murieron o fueron deportados, pero su resistencia quedó grabada en la memoria nacional. La represión no logró borrar la identidad lituana, que sobrevivió en la lengua, la Iglesia católica y la cultura, y que volvería a estallar con fuerza en las últimas décadas del siglo.

La primera en romper con Moscú y la Vilna de hoy

A fines de los años ochenta, la apertura soviética permitió el resurgir del movimiento nacional. En 1988 se fundó Sąjūdis, el frente por la independencia, y en agosto de 1989 dos millones de personas formaron la 'Cadena Báltica', una cadena humana de 600 km que unió Vilna, Riga y Tallin para reclamar libertad. El 11 de marzo de 1990, Lituania fue la primera república en declarar la restauración de su independencia de la URSS. Moscú respondió con presión y, en enero de 1991, con tanques: en la madrugada del 13 de enero, tropas soviéticas asaltaron la torre de televisión de Vilna y catorce civiles desarmados murieron aplastados o baleados defendiéndola. La resistencia pacífica y la conmoción internacional resultaron decisivas: ese mismo año, tras el fracaso del golpe de Moscú, la independencia lituana fue reconocida por el mundo.

Desde entonces Vilna ha vivido una transformación notable. Lituania ingresó en la Unión Europea y la OTAN en 2004, adoptó el euro en 2015 y la capital se ha convertido en una ciudad dinámica, tecnológica y culturalmente inquieta, sin dejar de cuidar su casco antiguo Patrimonio de la Humanidad. La antaño degradada zona de Užupis se reinventó como república bohemia de artistas; los antiguos barrios industriales se llenaron de startups y cafés. Vilna mira hoy con firmeza hacia Occidente, atenta a su vecindad con Bielorrusia y Rusia, orgullosa de haber sido, en 1990, la ciudad que se atrevió a decir 'no' primero.

📚 Bibliografía

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