La historia de Palanga se hunde en el mundo báltico anterior a la llegada del cristianismo. Estas costas de arena, dunas y pinares fueron habitadas desde antiguo por tribus bálticas —curonios y samogitios—, pueblos de pescadores y recolectores de ámbar, la resina fósil que el mar arroja a las playas del Báltico y que aquí abunda especialmente. El ámbar, el 'oro del Báltico', fue desde tiempos prehistóricos un bien precioso, objeto de comercio a larga distancia por la célebre 'ruta del ámbar' que lo llevaba hasta el Mediterráneo, y un elemento central de la cultura y la economía de la región.
En ese mundo pagano se sitúa la leyenda más querida de Palanga: la de la colina de Birutė. Según la tradición, en esta colina boscosa junto al mar hubo un antiguo santuario dedicado al fuego sagrado, atendido por sacerdotisas vestales que mantenían encendida la llama. Una de ellas, la bella Birutė, habría sido raptada y desposada por el gran duque Kęstutis, convirtiéndose en madre de Vitautas el Grande, el más célebre de los gobernantes lituanos. Más allá del mito, la colina fue realmente un lugar de culto pagano hasta la cristianización de la región, y es uno de los enclaves sagrados más recordados del pasado báltico.
Durante la Edad Media, Palanga y toda la franja costera fueron objeto de disputa. La Orden Teutónica y la de Livonia presionaban por controlar esta costa para unir sus territorios y cerrar a Lituania la salida al mar. Palanga fue, en distintos momentos, el principal —y a veces único— acceso marítimo del Gran Ducado de Lituania, lo que le dio un enorme valor estratégico y la convirtió en escenario de conflictos y tratados. Esa condición de 'ventana al Báltico' marcó buena parte de su historia.
El control de Palanga y de su corta franja costera fue durante siglos un asunto de la mayor importancia para Lituania. La Orden Teutónica, asentada en Prusia, y la Orden de Livonia, al norte, ambicionaban unir sus dominios a lo largo del Báltico, lo que habría dejado a Lituania completamente sin salida al mar. Palanga, junto con la vecina Šventoji, era precisamente esa salida: un pequeño puerto y punto de comercio que permitía al Gran Ducado asomarse al Báltico.
Tras la unión de Polonia y Lituania y la derrota de la Orden Teutónica, la costa quedó asegurada para el mundo polaco-lituano. En los siglos XVI y XVII hubo intentos de desarrollar aquí un puerto de cierta entidad —sobre todo en Šventoji, con participación de comerciantes ingleses y holandeses—, pero las guerras, los bloqueos y la competencia de puertos vecinos como Memel (Klaipėda), en manos prusianas, frustraron esos proyectos una y otra vez. Palanga siguió siendo, básicamente, una localidad de pescadores y comerciantes de ámbar.
Con las particiones de Polonia-Lituania a fines del siglo XVIII, Palanga pasó a formar parte del Imperio Ruso. Curiosamente, quedó integrada en la gobernación de Curlandia, y no en la de Kaunas, lo que la situó administrativamente algo aparte del resto de la Lituania rusa. Fue en esa Palanga imperial, todavía modesta, donde a fines del siglo XIX se produciría la gran transformación que la convertiría en el balneario más famoso del país: la llegada de la familia Tiškevičius.
La Palanga moderna nació a fines del siglo XIX de la mano de una de las grandes familias aristocráticas de la región: los condes Tiškevičius (Tyszkiewicz), magnates polaco-lituanos que adquirieron la localidad y decidieron convertirla en una estación balnearia de moda, al estilo de los grandes centros de veraneo europeos. Fue una apuesta ambiciosa que transformó por completo el pequeño pueblo de pescadores.
Los Tiškevičius impulsaron los baños de mar, mandaron construir el famoso muelle de madera —que se convertiría en el símbolo de Palanga— y levantaron infraestructuras para los veraneantes. Su obra más emblemática fue el conjunto del palacio y el parque: entre 1897 y comienzos del siglo XX, el conde Feliksas Tiškevičius encargó un elegante palacio neorrenacentista y, a su alrededor, un magnífico parque botánico de casi cien hectáreas, cuyo diseño confió al célebre paisajista francés Édouard François André, uno de los más prestigiosos de su tiempo. El resultado fue uno de los parques más bellos de todo el Báltico.
Gracias a esa transformación, Palanga se puso de moda como destino de veraneo entre la aristocracia y la burguesía de la región, y empezó a forjar su identidad de balneario que conserva hasta hoy. El palacio Tiškevičius, con su parque, es hoy sede del Museo del Ámbar, y el muelle sigue siendo el corazón sentimental de la ciudad. La huella de aquella familia visionaria está en el ADN turístico de Palanga.
Cuando Lituania recuperó su independencia tras la Primera Guerra Mundial, Palanga cobró un valor añadido: con Klaipėda (Memel) todavía en disputa, la joven república necesitaba asegurar su acceso al mar, y Palanga, incorporada a Lituania en 1921 tras un ajuste fronterizo con Letonia, fue durante un tiempo su ventana al Báltico. En el período de entreguerras, la ciudad se consolidó como el gran balneario nacional, lugar de veraneo de la sociedad lituana, con villas, hoteles y una intensa vida estival. La calle principal recibió el nombre de Jonas Basanavičius, considerado el 'patriarca' de la nación lituana.
La Segunda Guerra Mundial trajo, como a toda Lituania, ocupación y tragedia. Bajo la ocupación nazi, la comunidad judía de Palanga —presente desde hacía siglos— fue perseguida y asesinada en el marco del Holocausto que arrasó las comunidades judías del país. Tras la guerra, Lituania quedó incorporada a la Unión Soviética, y Palanga entró en una nueva era.
Durante la época soviética, Palanga se convirtió en uno de los principales centros de veraneo de toda la URSS occidental. El régimen construyó enormes sanatorios y casas de reposo estatales, gestionados por los sindicatos, que llenaban la ciudad de trabajadores y funcionarios en vacaciones. La playa, el muelle y el parque siguieron siendo el gran atractivo, y Palanga vivió un auge masivo de visitantes, aunque con la impronta gris y colectiva del turismo soviético. Aquella etapa dejó infraestructuras hoteleras que, con el tiempo, se modernizarían.
Con la recuperación de la independencia de Lituania en 1990, Palanga se reinventó una vez más. El sistema soviético de vacaciones subvencionadas desapareció, y la ciudad tuvo que adaptarse a un turismo de mercado. Lo hizo apostando por su identidad de siempre: sol, playa, muelle y parque, ahora con hoteles y restaurantes privados, spas modernos y una intensa vida veraniega. La calle Basanavičius se llenó de terrazas, atracciones y comercios, y Palanga se afianzó como el destino de playa más popular de todo el país.
Hoy, Palanga combina el bullicio del balneario con dos grandes atractivos culturales: el Museo del Ámbar, en el palacio Tiškevičius, con una de las mayores colecciones del mundo, y el precioso parque botánico que lo rodea, con la histórica colina de Birutė. La ciudad cuenta además con su propio aeropuerto internacional, el segundo del país, que la conecta con varias ciudades europeas y refuerza su papel turístico. En verano, la población se multiplica con visitantes lituanos y de los países vecinos.
Para el viajero, Palanga ofrece una experiencia distinta de la Lituania sobria y patrimonial de Vilna o Kaunas: aquí manda el veraneo báltico, con sus playas de arena, sus pinares, su muelle al atardecer y su ambiente festivo. Pero, bajo la superficie, sigue latiendo una historia larga y rica: la del ámbar milenario, el santuario pagano de Birutė, la ventana al mar del Gran Ducado y la visión de los Tiškevičius que convirtió un pueblo de pescadores en el gran balneario de Lituania.