El Istmo de Curlandia debe su nombre a los curonios (curlandeses o kuršiai), un pueblo báltico que habitó estas costas mucho antes de la llegada de los cruzados. Durante siglos, el istmo —esa delgada lengua de arena de casi cien kilómetros entre el mar Báltico y la laguna— fue tierra de pescadores. La laguna, rica en peces, y el mar abierto marcaban el ritmo de la vida de pequeñas aldeas dispersas, entre ellas la antigua Nida, cuyos habitantes vivían de la pesca, sobre todo de la anguila, la lucioperca y otros peces de la laguna.
Aquellas comunidades desarrollaron una cultura propia, adaptada a un entorno tan bello como duro. Construían barcas de fondo plano especialmente diseñadas para la laguna poco profunda, los kurėnai, y las identificaban con veletas de madera talladas y pintadas (vėtrungės), cuyos símbolos y colores señalaban la aldea y la familia de cada pescador. Ese arte, junto con las casas de madera pintada y las chimeneas decoradas, forma el patrimonio cultural del istmo que todavía hoy se conserva.
Con la conquista cruzada del Báltico, entre los siglos XIII y XV, el istmo quedó bajo el dominio de la Orden Teutónica y, más tarde, integrado en Prusia. La población fue germanizándose en parte, aunque conservó durante mucho tiempo elementos de la vieja cultura curonia y de la lengua báltica. El istmo se convirtió así en una frontera cultural, entre el mundo germánico prusiano y el báltico, marcada siempre por el mar, la arena y la pesca.
La historia de Nida es, en gran medida, la historia de una lucha contra la arena. El Istmo de Curlandia está formado por dunas, algunas de las más altas de Europa, y durante siglos esas dunas fueron móviles: el viento las empujaba lentamente hacia la laguna, avanzando metro a metro y sepultando todo a su paso. La deforestación de los bosques del istmo —talados para leña, construcción naval y otros usos, sobre todo entre los siglos XVI y XVIII— desató una catástrofe ambiental: sin árboles que las fijaran, las dunas se pusieron en marcha.
El avance de la arena fue devastador. Varias aldeas del istmo quedaron literalmente enterradas bajo las dunas, y sus habitantes tuvieron que trasladarse. La propia Nida cambió de emplazamiento más de una vez para huir de la arena: la vieja aldea fue sepultada, y el pueblo se reconstruyó en un lugar más seguro, el actual, a orillas de la laguna. Es uno de los ejemplos más dramáticos de un desastre ambiental provocado por el hombre en la historia europea.
La solución llegó en el siglo XIX. Ingenieros y guardas forestales prusianos emprendieron una gigantesca campaña de fijación de las dunas: plantaron millones de pinos y hierbas resistentes, construyeron empalizadas y diseñaron un sistema de dunas protectoras a lo largo de la costa. Aquel enorme esfuerzo, sostenido durante décadas, logró fijar en buena parte las dunas y salvar los pueblos del istmo. Gracias a él existe el paisaje actual de bosques de pinos y dunas parcialmente estabilizadas; pero la duna de Parnidis, junto a Nida, sigue recordando, viva y móvil, aquella amenaza.
Bajo el dominio prusiano y luego alemán, ya salvada de la arena, Nida vivió una transformación inesperada: de aldea de pescadores pasó a ser un refugio de artistas y un lugar de veraneo. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la belleza singular del istmo —sus dunas, su luz, sus bosques, su soledad— atrajo a pintores, sobre todo del expresionismo alemán. Se formó una célebre colonia de artistas en torno a Nida, que se hospedaban en la posada del pueblo y plasmaban en sus lienzos las dunas y la vida de los pescadores. Nida se hizo famosa en los círculos culturales de Alemania.
El episodio más célebre de esa etapa es el de Thomas Mann, el gran escritor alemán, premio Nobel de Literatura en 1929. Cautivado por el istmo, Mann se hizo construir una casa de verano en Nida, en una colina con vistas a la laguna, donde pasó los veranos de 1930, 1931 y 1932 con su familia. En su 'nido' —como llamaba a la casa— escribió parte de su obra y disfrutó de la calma del istmo. La llegada de Hitler al poder en 1933 y el exilio de Mann pusieron fin abruptamente a aquellos veranos. Su casa, hoy museo, es uno de los grandes símbolos culturales de Nida.
En esa época, Nida era un pueblo alemán de Prusia Oriental, plenamente integrado en la cultura germánica, con su iglesia protestante, su escuela y su vida veraniega. Nada hacía presagiar que, pocos años después, la guerra y sus consecuencias cambiarían de raíz el destino del istmo y lo separarían para siempre del mundo alemán al que había pertenecido durante siglos.
La Segunda Guerra Mundial partió en dos la historia del istmo. Tras la derrota alemana en 1945, la vieja Prusia Oriental desapareció del mapa: su parte norte, en torno a Königsberg, fue anexada por la Unión Soviética como el óblast de Kaliningrado (hoy Rusia), y la mitad sur del Istmo de Curlandia quedó dentro de ese territorio ruso. La mitad norte, con Nida y Juodkrantė, pasó a integrarse en la República Socialista Soviética de Lituania. La antigua población alemana del istmo huyó o fue expulsada, y los pueblos fueron repoblados con lituanos.
Durante la etapa soviética, el istmo se convirtió en una zona fronteriza sensible y restringida. Al ser frontera con el territorio ruso de Kaliningrado —una región fuertemente militarizada— y estar en la costa del Báltico, el acceso a Nida estaba controlado, y la vida cotidiana quedó marcada por la presencia de guardias fronterizos y por las limitaciones propias de una zona de seguridad. Al mismo tiempo, el régimen soviético apreció el valor del istmo como lugar de descanso: Nida se desarrolló también como centro de vacaciones para artistas, escritores y trabajadores, con casas de reposo y colonias de verano.
Esa doble condición —zona fronteriza vigilada y refugio de naturaleza y descanso— marcó a la Nida soviética. Se conservaron, en buena medida, el paisaje de dunas y bosques y la arquitectura tradicional, en parte porque la condición protegida y fronteriza limitó el desarrollo descontrolado. Cuando llegara la independencia, ese patrimonio natural y cultural, milagrosamente preservado, sería la base de la fama internacional del istmo.
Con la recuperación de la independencia de Lituania en 1990, el Istmo de Curlandia inició una nueva etapa. Liberado de las restricciones fronterizas soviéticas, se abrió plenamente al turismo, y su combinación única de paisaje natural extraordinario y patrimonio cultural bien conservado pronto obtuvo reconocimiento internacional. En el año 2000, el Istmo de Curlandia fue inscrito en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, como paisaje cultural, en una candidatura conjunta de Lituania y Rusia (que comparte la mitad sur del istmo).
El reconocimiento de la UNESCO consagró lo que hace único al istmo: un paisaje modelado por la naturaleza y por el ser humano, donde las gigantescas dunas, los bosques de pinos plantados para fijarlas, los pueblos de pescadores con su arquitectura tradicional y la memoria de la lucha contra la arena se dan la mano. Nida, como el pueblo más importante del istmo lituano, se convirtió en el gran destino de la costa del país, cuidadosamente protegido para preservar su carácter.
Hoy, Nida es a la vez un lugar de naturaleza protegida y un destino turístico de primer nivel, que atrae a visitantes de toda Europa por sus dunas, sus playas, su casa de Thomas Mann y su ambiente tranquilo y refinado. El municipio de Neringa gestiona el equilibrio, siempre delicado, entre el turismo y la conservación, con normas estrictas, tasas de entrada y límites al desarrollo. Para el viajero, recorrer Nida es asomarse a uno de los paisajes más frágiles y hermosos del Báltico, y a una historia extraordinaria: la de un pueblo de pescadores que sobrevivió a las dunas, atrajo a artistas y hoy custodia un tesoro reconocido por el mundo entero.