La historia de Klaipėda empieza con una fortaleza cruzada. En 1252, la Orden Teutónica —la orden militar cristiana que dominaba el sur del Báltico— levantó un castillo en la desembocadura del río Dangė, donde la laguna de Curlandia se une al mar. Lo llamaron Memelburg, y a su alrededor creció la ciudad de Memel. Era un punto estratégico de primer orden: controlaba la entrada a la laguna, la ruta comercial hacia el interior y la frontera con las tierras de los pueblos bálticos aún no sometidos, los curonios y los samogitios.
Durante los siglos siguientes, Memel fue una plaza fuerte fronteriza, disputada y varias veces atacada por los lituanos paganos, que resistían con tenacidad el avance de la Orden. La ciudad recibió derechos urbanos (según la tradición, derecho de Lübeck) y se integró en la red comercial del Báltico, aunque su posición fronteriza la mantuvo durante mucho tiempo como una localidad pequeña y militar más que como un gran puerto.
Con la decadencia de la Orden Teutónica y su transformación, en 1525, en el ducado secular de Prusia, Memel pasó a formar parte de Prusia. Quedó así integrada en el mundo germánico y protestante, y en la ciudad más septentrional de ese Estado. Ese origen prusiano marcaría su carácter durante los siguientes cuatro siglos: Memel sería una ciudad alemana del Báltico, distinta y separada del mundo lituano que la rodeaba tierra adentro.
Como parte de Prusia, Memel se convirtió con el tiempo en un puerto próspero, el más septentrional del reino y, desde 1871, del Imperio alemán unificado. Su vida giraba en torno al mar y al comercio: madera de los bosques del interior, ámbar del Báltico, grano y otros productos que salían por su puerto hacia el resto de Europa. La ciudad tenía una población mayoritariamente alemana, con una importante comunidad de lituanos prusianos (los 'lietuvininkai') en la región circundante, y un carácter mercantil y protestante.
Memel vivió episodios notables. A comienzos del siglo XIX, durante las guerras napoleónicas, cuando Napoleón ocupó Berlín, la ciudad llegó a ser por un breve tiempo la capital de facto del reino de Prusia: el rey Federico Guillermo III y la reina Luisa se refugiaron aquí en 1807-1808. En Memel se firmaron reformas importantes del Estado prusiano. Fue, por unos meses, el rincón más importante de Alemania.
La ciudad creció con almacenes, astilleros y el trazado urbano de aire prusiano que todavía se reconoce en su casco antiguo. Fue también cuna de figuras de la cultura alemana, como el poeta Simon Dach, del siglo XVII, homenajeado hoy con la fuente de Ännchen von Tharau. Durante siglos, Memel fue, en definitiva, una ciudad alemana del Báltico, ajena a la historia del Gran Ducado de Lituania y de la Mancomunidad polaco-lituana que se desarrollaba tierra adentro.
La Primera Guerra Mundial cambió el destino de Memel. Tras la derrota de Alemania, el Tratado de Versalles de 1919 separó la región de Memel (la franja al norte del río Niemen) del Imperio alemán y la puso bajo administración de la Sociedad de Naciones, con tropas francesas como fuerza de ocupación. El futuro del territorio quedaba en el aire: Alemania lo había perdido, pero no estaba claro a quién pertenecería.
La recién nacida República de Lituania, que reclamaba el territorio por su población lituana rural y por la necesidad vital de un puerto marítimo, decidió no esperar. En enero de 1923, en la llamada Revuelta de Klaipėda, fuerzas lituanas —presentadas como una insurrección local de los lituanos prusianos, pero en realidad organizadas y respaldadas por el gobierno de Kaunas— entraron en el territorio, expulsaron a la administración internacional y proclamaron la unión con Lituania. Las potencias, ante los hechos consumados, acabaron reconociendo la anexión, y en 1924 la región de Memel se integró en Lituania como territorio autónomo, con la ciudad rebautizada Klaipėda.
Fue un momento decisivo: por primera vez en su historia, la vieja Memel alemana pasaba a ser lituana, y Lituania obtenía su única salida al mar. La ciudad conservó, eso sí, una fuerte impronta y una numerosa población alemana, y la convivencia entre esa mayoría germanófona urbana y el nuevo poder lituano fue tensa durante todo el período de entreguerras, en un contexto europeo cada vez más marcado por el nacionalismo.
La etapa lituana de Klaipėda fue breve. En la Europa dominada por la expansión de la Alemania nazi, Adolf Hitler puso los ojos en el territorio de Memel, de mayoría alemana. En marzo de 1939 —pocos días después de ocupar Checoslovaquia y meses antes de invadir Polonia— Alemania lanzó un ultimátum a Lituania exigiendo la devolución de la región. Sin apoyo internacional y ante la amenaza de una invasión, el gobierno lituano tuvo que ceder. El 23 de marzo de 1939, Hitler llegó a Klaipėda a bordo de un buque de guerra y, según la tradición, pronunció un discurso desde el balcón del teatro de la ciudad. Memel volvía a ser alemana.
Fue una de las últimas anexiones nazis antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Para Lituania supuso la pérdida de su único puerto y un golpe humillante. Durante la guerra, la ciudad quedó integrada en el Reich, y su población lituana y judía sufrió persecución y muerte. En 1944-1945, con el avance del Ejército Rojo, la región fue escenario de duros combates y de la huida masiva de la población alemana. Buena parte de la vieja Memel quedó destruida, y la ciudad fue prácticamente vaciada de sus antiguos habitantes germánicos.
Aquel doble desarraigo —el fin de la Memel alemana y la destrucción de la guerra— cerró de golpe casi siete siglos de historia germánica. La ciudad que resurgiría de las ruinas sería otra: soviética, lituana y repoblada, con su pasado alemán convertido en un sustrato silencioso bajo la nueva realidad.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Klaipėda quedó integrada en la República Socialista Soviética de Lituania, dentro de la URSS. Casi vacía tras la huida y expulsión de su población alemana, la ciudad fue repoblada con lituanos del resto del país y con inmigrantes rusos y de otras repúblicas soviéticas. Su pasado germánico fue silenciado o reinterpretado, y muchos vestigios alemanes —como el gran cementerio, convertido en el actual parque de esculturas— desaparecieron.
Bajo el régimen soviético, Klaipėda se desarrolló sobre todo como puerto: se convirtió en el principal puerto marítimo de la Lituania soviética y en una base pesquera e industrial de primer orden, con astilleros, flota pesquera de altura y grandes fábricas. La ciudad creció con nuevos barrios de bloques de viviendas para los trabajadores, y su población se multiplicó. El puerto, libre de hielo casi todo el año, era un activo estratégico dentro de la economía soviética del Báltico.
Esa vocación portuaria e industrial definió a la Klaipėda moderna. Al mismo tiempo, quedaba como una ciudad de identidad compleja: lituana, pero con un pasado alemán borrado; soviética, pero mirando al mar y a Occidente. Cuando llegara la independencia, tendría que reelaborar todas esas capas —prusiana, lituana de entreguerras, soviética— para construir su identidad contemporánea.
Con la recuperación de la independencia lituana en 1990, Klaipėda entró en una nueva etapa. Su puerto, ya sin las ataduras del sistema soviético, se modernizó y se convirtió en uno de los más importantes del Báltico oriental, motor económico de la ciudad y del país, con terminales de carga, ferries internacionales hacia Alemania y Suecia, y una creciente actividad de cruceros. Hoy es la tercera ciudad de Lituania y su principal ventana al mar.
La ciudad ha ido, además, reencontrándose con su pasado. La vieja Memel alemana, durante mucho tiempo silenciada, se reivindica ahora como parte de su identidad: las casas de entramado de madera restauradas, la fuente de Ännchen von Tharau, los museos de historia de la Lituania Menor y del castillo, y el reconocimiento de la herencia de los lituanos prusianos forman parte del relato actual de Klaipėda. La ciudad se presenta como un cruce único de culturas —lituana, alemana, báltica— en la costa.
Para el viajero, Klaipėda es hoy dos cosas a la vez: una ciudad portuaria con carácter propio, con su casco antiguo, su río, su parque de esculturas y su Fiesta del Mar, y la puerta de entrada al Istmo de Curlandia, el tesoro natural de la costa lituana, con sus dunas y bosques declarados Patrimonio de la Humanidad. Entender su historia —la de una ciudad que fue alemana durante siete siglos y lituana apenas en el último— es la mejor manera de mirar su casco antiguo con otros ojos.