La historia de Druskininkai empieza, literalmente, bajo tierra. En el extremo sur de Lituania, entre los grandes bosques de pinos de Dzūkija y a orillas del río Niemen, brotan manantiales de aguas minerales cargadas de sal. De ahí viene el nombre del lugar: en lituano, 'druska' significa 'sal', y los habitantes de la zona conocían y usaban estas aguas y los barros salinos desde tiempos remotos, atribuyéndoles propiedades curativas para dolencias de la piel, los huesos y el estómago.
Durante siglos, la región fue un rincón apartado y boscoso del Gran Ducado de Lituania, luego de la Mancomunidad de Polonia-Lituania. La vida giraba en torno a pequeñas aldeas de campesinos, la pesca en el Niemen y la explotación del bosque. El primer registro documental del asentamiento data del siglo XVIII, cuando el lugar aparece mencionado como una pequeña localidad ligada a las propiedades curativas de sus fuentes. Los curanderos populares y los campesinos ya llevaban a los enfermos a bañarse en aquellas aguas mucho antes de que la medicina oficial se fijara en ellas.
El salto decisivo llegó a fines del siglo XVIII. En 1794, el rey Estanislao Augusto Poniatowski, último monarca de la Mancomunidad de Polonia-Lituania, emitió una disposición que reconocía el valor curativo de las aguas de Druskininkai y buscaba proteger y aprovechar el lugar como sitio de salud. Fue el primer reconocimiento oficial de lo que, un siglo después, se convertiría en el gran balneario del país. Pero el destino político de la región estaba a punto de cambiar por completo: las particiones de Polonia harían desaparecer al Estado polaco-lituano y colocarían a Druskininkai bajo dominio del Imperio Ruso.
Tras las particiones de Polonia-Lituania de finales del siglo XVIII, Druskininkai quedó dentro del Imperio Ruso. Lejos de perjudicar al pueblo, la nueva situación política terminó impulsando su desarrollo como estación termal. En 1837, el zar Nicolás I emitió una orden que reconocía oficialmente a Druskininkai como balneario de aguas curativas del Imperio, lo que abrió la puerta a inversiones, infraestructura y a la llegada de una clientela adinerada. Aquella fecha suele considerarse el nacimiento del balneario moderno.
A lo largo del siglo XIX, Druskininkai se transformó en una elegante ciudad de aguas, al estilo de los grandes balnearios europeos de la época. Se construyeron casas de baños, salas de bombeo para beber las aguas minerales, sanatorios, hoteles, villas de madera con encajes tallados, iglesias y amplios parques ajardinados que aprovechaban el marco natural del bosque y el río. La aristocracia y la burguesía del Imperio Ruso —y en especial de las cercanas tierras polacas y lituanas— acudían a 'tomar las aguas', a los baños de barro y a pasear por los parques, siguiendo la moda europea del turismo de salud.
En ese ambiente creció una de las grandes figuras culturales del país: Mikalojus Konstantinas Čiurlionis (1875-1911), pintor simbolista y compositor, considerado el artista lituano más importante y un pionero del arte abstracto. Nacido en las cercanías y criado en Druskininkai, donde su padre era organista, Čiurlionis quedó marcado por los bosques, el río y la luz del sur lituano, presentes en su obra pictórica y musical. Su casa familiar es hoy un museo memorial, y su figura une para siempre a Druskininkai con lo mejor de la cultura lituana.
La primera mitad del siglo XX golpeó duramente a Druskininkai, atrapada en una zona de fronteras inestables. Durante la Primera Guerra Mundial, la región quedó bajo ocupación alemana y el balneario sufrió el parón de la guerra. Con el fin del conflicto y el renacimiento de los Estados de la zona, comenzó un período de disputas territoriales entre la recién restaurada Lituania y la nueva Polonia.
En el período de entreguerras, Druskininkai no formó parte de la Lituania independiente de entreguerras, cuya capital provisional era Kaunas, sino que quedó del lado polaco de la frontera, dentro de la Segunda República de Polonia. Como localidad polaca, siguió funcionando como estación termal, frecuentada por veraneantes de Varsovia y de las ciudades polacas, mientras Lituania y Polonia mantenían una relación tensa por el conflicto en torno a Vilna. Esa condición fronteriza marcó la vida cotidiana del balneario durante casi dos décadas.
La Segunda Guerra Mundial trajo nuevas ocupaciones y una tragedia profunda. Como en toda la región, la población judía —numerosa y con larga presencia en las localidades del sur lituano y polaco— fue perseguida y asesinada durante la ocupación nazi, en el marco del Holocausto que arrasó las comunidades judías de Lituania y Polonia. Al terminar la guerra, el nuevo orden de fronteras trazado por la Unión Soviética integró definitivamente Druskininkai en la República Socialista Soviética de Lituania. El viejo balneario del zar y de los veraneantes polacos iniciaba así una etapa completamente distinta, la soviética.
Durante las cuatro décadas de dominio soviético, Druskininkai vivió una expansión enorme, aunque de un signo muy distinto al de su pasado imperial. El régimen soviético apostó fuerte por el 'turismo de salud' organizado por el Estado, y convirtió a Druskininkai en uno de los grandes centros de reposo y tratamiento (kurort) de toda la Unión Soviética, junto con los balnearios del Cáucaso y del mar Negro. A la ciudad llegaban trabajadores, veteranos y funcionarios de toda la URSS, con estancias financiadas por los sindicatos estatales.
Para alojar a esas multitudes se construyeron enormes sanatorios de arquitectura modernista y funcional, con capacidad para miles de huéspedes, además de instalaciones de tratamiento con las aguas minerales y los barros, salas de fisioterapia y grandes comedores colectivos. La población de la ciudad creció con fuerza, y Druskininkai se consolidó como el principal destino termal de la Lituania soviética. Aquella época dejó una huella arquitectónica visible todavía hoy, con varios de esos sanatorios reconvertidos en hoteles-spa modernos.
Como en el resto de Lituania, bajo la superficie de la vida cotidiana funcionaba el aparato represivo soviético, con deportaciones, control político y la supresión de las libertades. Ese pasado —el de la ocupación soviética y sus símbolos— es precisamente el que, años después, quedaría expuesto de forma insólita en los alrededores de la ciudad, cuando el empresario local Viliumas Malinauskas reuniera en el bosque de Grūtas las estatuas de Lenin, Stalin y los héroes comunistas retiradas de las plazas del país. El Grutas Park, inaugurado en 2001, se convirtió en un peculiar museo de la memoria y en una de las atracciones más comentadas de Lituania.
Con la recuperación de la independencia de Lituania en 1990, Druskininkai afrontó una transición difícil. El desmoronamiento del sistema soviético de vacaciones subvencionadas dejó a los grandes sanatorios sin su clientela tradicional, y la ciudad, como tantos balnearios del antiguo bloque del Este, atravesó unos años de crisis y de búsqueda de un nuevo modelo. La solución fue reinventarse: pasar del viejo sanatorio estatal al moderno destino de spa, bienestar y turismo activo, con inversión pública y privada.
A lo largo de las décadas de 2000 y 2010, Druskininkai se transformó por completo. Se renovaron el centro, los parques y los paseos junto al río y los lagos, se construyeron nuevas atracciones de gran alcance —el enorme Aqua Park con su zona de saunas, el Snow Arena de esquí cubierto, el teleférico sobre el Niemen— y se modernizaron los hoteles-spa, muchos instalados en los antiguos sanatorios. La ciudad se dotó además de una excelente red de ciclovías por los bosques de Dzūkija, incluida una ruta transfronteriza hacia Polonia, apostando por el turismo de naturaleza y salud durante todo el año.
Hoy, Druskininkai es de nuevo el gran balneario de Lituania y uno de los destinos de bienestar más populares del Báltico, con visitantes lituanos, polacos, bielorrusos, letones y de otros países. Combina más de dos siglos de tradición termal con una oferta moderna de spa, deporte y ocio familiar, todo enmarcado por el bosque de pinos y el río Niemen. A esa mezcla se suma el aura cultural de Čiurlionis y la peculiar memoria histórica del Grutas Park, que convierten a Druskininkai en un lugar donde el descanso, la naturaleza y la reflexión sobre el pasado conviven de una forma difícil de encontrar en cualquier otro rincón de Europa.