Anykščiai es una criatura de la naturaleza que la rodea. Se asienta en el corazón de Aukštaitija, la 'Alta Lituania', la región de tierras altas, bosques densos, colinas suaves y una extraordinaria abundancia de lagos y ríos que ocupa el noreste del país. Por la ciudad discurre, serpenteando, el río Šventoji —cuyo nombre significa 'sagrado'—, y a su alrededor se extienden los pinares que darían a Anykščiai su fama y su alma.
La región estuvo habitada desde muy antiguo por tribus bálticas, antepasados de los lituanos. En estas tierras del noreste, alejadas de las grandes rutas, se conservaron durante mucho tiempo tradiciones, creencias paganas y una fuerte relación con la naturaleza: los bosques, las piedras y los ríos tenían un significado sagrado, y muchas leyendas populares —como las que rodean la enorme roca de Puntukas— hunden sus raíces en aquel mundo precristiano. Cuando Lituania se cristianizó, tardíamente, a finales del siglo XIV, esa vieja religiosidad de la naturaleza no desapareció del todo, sino que se mezcló con el catolicismo.
Anykščiai como asentamiento aparece mencionada en fuentes escritas en el siglo XV. Fue creciendo como una pequeña ciudad de mercado, ligada a la agricultura, la explotación del bosque y el río. Nunca fue grande ni poderosa, pero su emplazamiento —entre bosques, con el río sagrado atravesándola— la marcó con un carácter que siglos después la convertiría no en una potencia comercial ni militar, sino en algo más raro y duradero: en un símbolo cultural, en el paisaje elegido por los poetas para cantar a Lituania.
La gloria de Anykščiai llegó de la mano de la palabra. En 1835 nació aquí, en una familia campesina, Antanas Baranauskas, que llegaría a ser sacerdote, obispo, matemático, lingüista y, sobre todo, poeta. Siendo joven, entre 1858 y 1859, Baranauskas escribió 'Anykščių šilelis' ('El bosque de Anykščiai'), un largo poema en lengua lituana que describe con hondura y ternura la belleza del pinar de su ciudad natal, y lamenta su devastación a manos de la explotación forestal. Aparentemente es un canto a la naturaleza; en realidad es mucho más.
Porque el poema se escribió en un momento crítico. Tras el levantamiento de 1863 contra el Imperio ruso, las autoridades zaristas prohibieron la imprenta en lengua lituana con caracteres latinos, en un intento de rusificar al pueblo y borrar su identidad. Durante cuarenta años (1864-1904), publicar en lituano fue ilegal, y los libros se imprimían clandestinamente en la Prusia vecina y se pasaban de contrabando por los knygnešiai, los 'portadores de libros'. En ese contexto, cantar en lituano al bosque de Anykščiai era un acto de afirmación nacional: el poema de Baranauskas se convirtió en una prueba de la belleza y la dignidad de la lengua lituana, y en un símbolo de resistencia cultural.
Así, 'Anykščių šilelis' pasó a ser una de las obras fundacionales de la literatura lituana moderna, estudiada por generaciones de escolares y querida por todo el país. Y Anykščiai, la pequeña ciudad del bosque cantado, quedó para siempre unida a esa idea: la del paisaje lituano por excelencia, el lugar donde la naturaleza y la lengua nacional se fundieron en un poema. La humilde cabaña de troncos donde Baranauskas escribía, la Baranausko klėtelė, se conserva hoy como casa-museo.
Anykščiai no dio un solo escritor, sino toda una constelación literaria. A finales del siglo XIX nació aquí Jonas Biliūnas (1879-1907), autor de relatos breves de gran delicadeza y sensibilidad social, considerado uno de los grandes de la prosa lituana pese a su corta vida, truncada por la tuberculosis a los 27 años. Décadas después de su muerte, en 1958, se erigió sobre la colina de Liudiškiai un monumento funerario en su honor: 'Laimės žiburys' (La luz de la felicidad), un esbelto obelisco de 14 metros cuyo nombre remite a uno de sus cuentos. Al pie se conservan sus restos, y hasta la cima se sube por una escalinata de unos cien peldaños, con una hermosa vista del valle del Šventoji.
En los bosques cercanos, la naturaleza y la historia se dan la mano en otro monumento singular: la roca de Puntukas (Puntuko akmuo), un colosal bloque errático de granito de unas 265 toneladas, dejado por los glaciares hace milenios. Rodeada de leyendas paganas, la roca se convirtió en 1943 en un homenaje patriótico cuando el escultor Bronius Pundzius talló en ella los rostros de Steponas Darius y Stasys Girėnas.
Estos dos aviadores lituano-estadounidenses protagonizaron en julio de 1933 una hazaña que conmovió al país: cruzaron el Atlántico sin escalas desde Nueva York en su pequeño avión, el 'Lituanica', para llegar a Lituania, en uno de los vuelos transatlánticos más largos de la época. Cuando estaban a punto de lograrlo, el avión se estrelló en circunstancias nunca del todo aclaradas en un bosque de Alemania, y ambos murieron. Darius y Girėnas se convirtieron en héroes nacionales, y su recuerdo, tallado en la vieja roca de Puntukas, unió para siempre la memoria de aquella gesta con el paisaje de Anykščiai.
Como toda Lituania, Anykščiai atravesó un siglo XX convulso. Tras el largo dominio del Imperio ruso, el país declaró su independencia en 1918 y vivió dos décadas de Estado propio, en las que la pequeña ciudad del bosque siguió su vida tranquila de mercado agrícola y lugar de memoria literaria. Pero la Segunda Guerra Mundial trajo la tragedia: la ocupación soviética de 1940, la ocupación nazi desde 1941 —con el exterminio de la comunidad judía local, que había sido parte importante de la vida de la ciudad—, y de nuevo la reincorporación forzosa a la Unión Soviética en 1944.
Bajo el régimen soviético, Anykščiai y su comarca conocieron la colectivización forzosa de la agricultura, las deportaciones a Siberia de miles de lituanos y, en los bosques de la región, la resistencia de los 'hermanos del bosque' (partisanos) que combatieron durante años contra la ocupación. Aukštaitija, con sus densos bosques, fue uno de los escenarios de aquella guerra de guerrillas silenciada. Al mismo tiempo, el régimen aprovechó el prestigio cultural de Baranauskas y Biliūnas y desarrolló Anykščiai como lugar de memoria literaria y de descanso, con museos y casas de reposo.
Con la recuperación de la independencia en 1990, Anykščiai emprendió una nueva etapa. Sin dejar de ser el lugar de la poesía y el bosque, supo reinventarse como uno de los destinos de turismo activo y de naturaleza más completos del país. La apertura en 2015 del sendero entre las copas de los árboles —el primero de los países bálticos— marcó un antes y un después, atrayendo a visitantes de toda Lituania y del extranjero. Hoy conviven en Anykščiai las dos caras que la hacen única: la del santuario cultural, con la cabaña de Baranauskas y la luz de Biliūnas, y la del destino moderno de naturaleza, aventura y bosque, fiel, a su manera, a aquel poema que la hizo célebre.