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Historia de Turaida

El 'Jardín de Dios' de los livonios

Antes de que existiera el castillo rojo que hoy corona la colina, Turaida ya tenía nombre y dueños. La palabra viene de la lengua de los livonios —turaidas, que suele traducirse como 'Jardín de Dios' o 'jardín de Thor'— y designaba uno de los centros de este pueblo pagano de lengua finoúgria que, junto con los latgalios, poblaba el valle del río Gauja. Los livonios vivían de la pesca, la caza y el comercio fluvial; sus fortificaciones de madera coronaban las colinas que dominaban el río, y una de ellas se alzaba justo aquí, en la orilla izquierda, frente a la actual Sigulda.

El valle del Gauja era, para ellos, un mundo entero: el río como vía de comercio, los bosques como sustento, las colinas de arenisca roja como refugio natural. A comienzos del siglo XIII, ese mundo cambió para siempre. Desde la desembocadura del Daugava, donde en 1201 se había fundado Riga, empezó a expandirse una fuerza nueva y decidida: la de los cruzados alemanes, empeñados en someter y cristianizar a los pueblos bálticos paganos. Turaida quedó en primera línea de esa conquista.

El caudillo livonio de la zona, Kaupo, se convirtió al cristianismo y viajó incluso a Roma, donde el papa Inocencio III lo recibió; su figura, entre la colaboración y la traición según el punto de vista, simboliza el momento en que el viejo mundo livonio se disolvió dentro del nuevo orden cristiano y feudal. Cuando Kaupo murió en batalla en 1217, su tierra ya pertenecía a otros señores.

El castillo del arzobispo (1214)

En 1214, el obispo Alberto de Riga —el hombre que había fundado la ciudad y dirigía la cruzada en Livonia— ordenó levantar en la colina de Turaida un castillo de piedra y ladrillo, sobre las ruinas de la antigua fortaleza de madera livonia. Lo llamó Fredeland, 'tierra de paz', un nombre casi irónico para una fortaleza militar. Turaida se convirtió así en una de las plazas fuertes del obispado (luego arzobispado) de Riga, el poder eclesiástico que se repartía el dominio de Livonia con la Orden de los Hermanos de la Espada, más tarde integrada en la Orden Teutónica como Orden de Livonia.

Esa división del poder explica el paisaje del valle del Gauja: en la orilla derecha, el castillo de Sigulda pertenecía a la Orden; en la izquierda, Turaida era del arzobispo; y a poca distancia, Krimulda completaba el triángulo. Tres fortalezas mirándose de frente, aliadas y rivales según el momento, que durante siglos vigilaron el mismo río. Turaida fue ampliándose y reforzándose: sumó torres, murallas, un patio interior y edificios residenciales, hasta convertirse en un complejo imponente de ladrillo rojo.

Durante la Edad Media, el castillo fue residencia de los arzobispos de Riga y escenario de las tensiones constantes entre el poder eclesiástico y el militar de la Orden. La zona prosperó al ritmo del comercio por el Gauja y de la administración feudal, con los campesinos livonios y letones trabajando las tierras bajo el dominio de los señores alemanes que se habían instalado como élite del país.

Guerras, cambios de dueño y el incendio final

El equilibrio medieval se rompió en el siglo XVI. La Guerra de Livonia (1558-1583), larga y devastadora, enfrentó a la Rusia de Iván el Terrible con Polonia-Lituania, Suecia y Dinamarca por el control del Báltico oriental, y arrasó buena parte del actual territorio letón. El viejo Estado de la Orden de Livonia se derrumbó, y con él el orden feudal que sostenía a castillos como Turaida. La fortaleza cambió de manos y de contexto: cayó bajo la Mancomunidad polaco-lituana, más tarde bajo el Imperio sueco en el siglo XVII, y finalmente bajo el Imperio ruso tras la Gran Guerra del Norte, a comienzos del siglo XVIII.

En medio de esas guerras y ocupaciones ocurrió, en 1620, el episodio que haría de Turaida un lugar legendario: la muerte de Maija, la joven a la que llamaban la Rosa de Turaida, un caso real registrado en las actas judiciales de la época que la tradición popular convirtió en leyenda de amor y fidelidad. Le dedicamos la sección siguiente.

Como residencia y fortaleza, Turaida fue perdiendo importancia militar a medida que las fronteras se desplazaban y las guerras cambiaban de escenario. El golpe definitivo llegó en 1776: un gran incendio destruyó buena parte del castillo. A diferencia de otras fortalezas, no se reconstruyó, y Turaida quedó abandonado, deslizándose poco a poco hacia la ruina romántica que los viajeros del siglo XIX empezarían a admirar. La iglesia de madera levantada en 1750, en cambio, sobrevivió y sigue en pie hasta hoy.

Maija, la Rosa de Turaida

Ninguna historia está tan ligada a este lugar como la de la Rosa de Turaida. Según la tradición, en 1601, tras un enfrentamiento en el que las tropas suecas tomaron el castillo, el escribano Greif encontró entre los muertos a una niña de pocos meses, la recogió y la crió como hija. La llamó Maija. La niña creció convertida en una joven de tal belleza que en toda la comarca la conocían como la 'Rosa de Turaida'.

Maija se enamoró de Viktor, un jardinero del castillo de Sigulda, al otro lado del valle. Para verse, la pareja se citaba en un punto intermedio, dentro de la gran cueva de Gūtmanis, en el fondo del valle del Gauja. Tenían pensado casarse en el otoño de 1620. Pero un desertor del ejército polaco al servicio de la guarnición de Turaida, obsesionado con la joven, decidió tomarla por la fuerza. Con la ayuda de un cómplice, le escribió una nota falsa haciéndose pasar por Viktor y la citó en la cueva.

Cuando Maija comprendió el engaño, se negó a ceder. Para ganar tiempo —cuenta la leyenda— le ofreció al soldado su pañuelo, asegurándole que tenía poderes mágicos que la hacían invulnerable, y lo desafió a probarlo golpeándola. El hombre le creyó, la golpeó con su espada y la mató. Viktor, que llegó después y encontró el cuerpo, fue acusado del crimen, pero el verdadero culpable confesó ante el tribunal, y las actas de aquel juicio de 1620 son la base histórica de la historia. La tumba de Maija, al pie de un tilo junto a la iglesia de madera, se convirtió en un lugar de peregrinación romántica: todavía hoy muchas parejas de recién casados la visitan el día de su boda, dejando flores en memoria de un amor fiel hasta la muerte.

De la ruina romántica a la Reserva Museo

Durante el siglo XIX, con el auge del romanticismo y la llegada del ferrocarril que unió Riga con el interior de Vidzeme, el valle del Gauja se puso de moda como destino de excursión y veraneo, y Turaida —con su castillo en ruinas, su leyenda de amor y su paisaje de bosques y acantilados— se convirtió en una parada obligada. Escritores, pintores y viajeros contribuyeron a fijar su imagen romántica, y la historia de la Rosa de Turaida se difundió por todo el país como símbolo de la fidelidad y el sacrificio.

Ya en el siglo XX, tras la independencia de Letonia en 1918 y, más tarde, durante el largo período soviético, se emprendieron trabajos de investigación arqueológica y de restauración del castillo. La torre principal fue reconstruida y el conjunto empezó a musealizarse. En 1985 se inauguró en la colina vecina el Monte de los Dainas, con las esculturas de granito del artista Indulis Ranka dedicadas a las canciones populares letonas: un homenaje al folclore que, en plena ocupación soviética, tenía también un fuerte sentido de afirmación de la identidad nacional.

En 1988 se creó oficialmente la Reserva Museo de Turaida (Turaidas muzejrezervāts), que reúne en casi 58 hectáreas el castillo, la iglesia de madera de 1750, la tumba de la Rosa de Turaida, el Monte de los Dainas, los jardines y los edificios de la antigua granja señorial, con 39 estructuras históricas en total. En 1994 recibió el estatus de monumento cultural especialmente protegido. Hoy, integrado en el Parque Nacional Gauja, Turaida es uno de los museos más visitados de Letonia: un lugar donde la historia medieval, la leyenda y la naturaleza siguen tan entrelazadas como cuando los livonios lo llamaron el 'Jardín de Dios'.

📚 Bibliografía

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