La historia del Palacio de Rundāle no empieza con piedras ni con planos, sino con una de las relaciones de poder más famosas del siglo XVIII báltico: la de Ernst Johann von Biron y la zarina Ana de Rusia. Biron había nacido en 1690 en Curlandia —el pequeño ducado, vasallo de Polonia-Lituania, que ocupaba buena parte de la actual Letonia occidental— en una familia de la baja nobleza alemana del Báltico. Su ascenso fue meteórico: se convirtió en el favorito y hombre de confianza de Ana Ivánovna, duquesa de Curlandia, y cuando en 1730 Ana fue coronada emperatriz de Rusia, Biron subió con ella hasta las cimas del poder imperial.
Durante la década de 1730, conocida en la historia rusa como la 'Bironovshchina' (la 'época de Biron'), este noble curlandés fue, en la práctica, uno de los hombres más poderosos del imperio. En 1737 la propia zarina maniobró para que Biron fuera elegido duque de Curlandia y Semigalia, devolviéndolo como soberano a su tierra natal. Un hombre con tanto poder y tanta ambición necesitaba un símbolo a la altura, y ese símbolo fue un palacio.
Biron encargó no una, sino dos grandes residencias: el palacio de Jelgava (Mitau), la capital del ducado, y una residencia de verano en el campo de Zemgale, en un lugar llamado Rundāle. Para ambos proyectos contrató al mejor arquitecto disponible en la órbita rusa: el italiano Bartolomeo Francesco Rastrelli, la estrella del barroco imperial de San Petersburgo.
Bartolomeo Francesco Rastrelli (1700-1771) es uno de los grandes nombres de la arquitectura europea del siglo XVIII. Hijo de un escultor italiano, se formó y trabajó al servicio de la corte rusa, donde firmaría obras colosales como el Palacio de Invierno de San Petersburgo, el Palacio de Catalina en Tsárskoye Seló y la catedral de Smolny. Rundāle es, cronológicamente, una de sus primeras grandes obras de madurez, y muestra ya todo su lenguaje barroco: simetría monumental, cuerpo central con alas, patios de honor y una decoración exuberante.
La primera piedra de Rundāle se colocó en 1736. Rastrelli concibió un palacio en forma de U alrededor de un patio de honor, con más de un centenar de salas, pensado como residencia de verano rodeada de jardines. Para levantarlo se movilizaron artesanos y materiales de toda la región y de San Petersburgo, y las obras avanzaron a buen ritmo durante los primeros años, en paralelo al proyecto gemelo del palacio de Jelgava.
Pero la fortuna de Rundāle estaba atada a la fortuna de Biron, y esa fortuna era frágil. En 1740 murió la zarina Ana. Biron intentó aferrarse al poder haciéndose nombrar regente del imperio, pero apenas tres semanas después fue derrocado en un golpe palaciego, arrestado y condenado. La caída fue tan brutal como había sido el ascenso: Biron y su familia fueron desterrados a Siberia. Las obras de Rundāle, con el palacio aún inacabado, se detuvieron en seco.
Durante más de veinte años, Rundāle quedó como un esqueleto de piedra en medio del campo de Zemgale, mientras su dueño languidecía en el destierro. La suerte de Biron cambió recién en 1762, cuando la nueva emperatriz Catalina II la Grande, poco después de subir al trono, lo rehabilitó y le devolvió el ducado de Curlandia. Biron, ya anciano, regresó a su tierra y retomó los dos grandes proyectos arquitectónicos interrumpidos.
Rastrelli, entre tanto, había caído en desgracia en la corte rusa con el cambio de gustos hacia el neoclasicismo, y volvió a ponerse al servicio de su antiguo mecenas. Entre 1764 y 1768 se completó la decoración interior de Rundāle, esta vez con un equipo de artistas de primer nivel: el pintor italiano Francesco Martini y su colaborador Carlo Zucchi realizaron los frescos de los techos, y el escultor y estuquista alemán Johann Michael Graff creó los deslumbrantes relieves de estuco que todavía hoy asombran en el Salón Blanco y en decenas de estancias.
El resultado fue un conjunto barroco y rococó de una riqueza extraordinaria: el Salón Dorado como sala del trono, el Salón Blanco como salón de baile, largas enfiladas de habitaciones, estufas de porcelana, sedas y dorados. Biron disfrutó poco de su palacio terminado: murió en 1772. El ducado pasó a su hijo Peter von Biron, que residió sobre todo en Jelgava y usó Rundāle como residencia secundaria. En 1795, con la Tercera Partición de Polonia, Curlandia fue anexionada por el Imperio Ruso y el ducado dejó de existir.
Tras la anexión rusa, el palacio y sus tierras dejaron de pertenecer a los duques. Catalina la Grande regaló Rundāle a uno de sus favoritos, y a lo largo del siglo XIX el palacio pasó por manos de distintas familias de la nobleza rusa, entre ellas los Zubov y luego los Shuválov, que lo mantuvieron como residencia señorial. Durante ese período se conservó relativamente bien, aunque perdió parte de su mobiliario y su función original.
Los grandes golpes llegaron con las guerras. Durante las guerras napoleónicas, con el paso de tropas por la región en 1812, el palacio sufrió daños y saqueos. Mucho peor fue la Primera Guerra Mundial: la línea del frente oriental atravesó Curlandia y Zemgale, y Rundāle fue ocupado, usado como cuartel y hospital militar, y saqueado. En 1915-1919 la zona vivió combates, la ocupación alemana y luego la guerra de independencia de Letonia, y el palacio quedó malherido.
Con la independencia de la Primera República de Letonia (1918-1940), Rundāle pasó a manos del Estado letón y albergó usos diversos, incluida una escuela. Pero la Segunda Guerra Mundial y la posguerra soviética trajeron nuevas humillaciones para el viejo palacio de Biron: durante la época soviética llegó a usarse como almacén de granos, depósito y escuela, con sus salones barrocos degradados y su decoración en riesgo de perderse para siempre. Rundāle parecía condenado a una lenta ruina.
El renacimiento de Rundāle es una de las grandes historias de conservación del patrimonio en toda Europa del Este, y tiene un nombre propio: Imants Lancmanis. En 1972, en plena era soviética, se creó el Museo del Palacio de Rundāle y comenzó una restauración que iba a durar décadas. Lancmanis, historiador del arte, dirigió el museo desde entonces y se convirtió en el alma del proyecto: se propuso devolver al palacio, sala por sala, su aspecto barroco del siglo XVIII, investigando documentos, recuperando técnicas artesanales, reconstruyendo estucos, dorados, tapicerías, estufas y frescos con una paciencia y un rigor que asombraron a los especialistas.
La restauración avanzó lentamente, financiada con recursos siempre escasos, primero bajo el régimen soviético y luego, tras la recuperación de la independencia de Letonia en 1991, como uno de los emblemas del patrimonio nacional. Se recuperó también el jardín francés siguiendo los planos originales de Rastrelli, con sus parterres geométricos y una colección de rosas que hoy figura entre las más importantes del norte de Europa. La restauración de los salones ceremoniales se dio por completada en su mayor parte hacia 2014-2015, más de cuarenta años después de haber comenzado.
Hoy el Palacio de Rundāle es el palacio-museo más visitado de Letonia y una de las grandes atracciones del país: un barroco imperial en miniatura plantado en el campo báltico, con salones dorados, jardines de rosas y una historia que va del favorito de una zarina al destierro siberiano, de los saqueos de las guerras mundiales al granero soviético, y de ahí al minucioso renacer de la mano de un puñado de restauradores tercos y enamorados. El apodo de 'Versalles letón' le queda justo: pocos lugares cuentan mejor el esplendor y las tragedias de la Curlandia ducal.