Riga no nació del comercio ni del azar, sino de una cruzada. A comienzos del siglo XIII, el Báltico oriental era una de las últimas regiones paganas de Europa, habitada por pueblos livonios, latgalios, semigalios y curonios que adoraban a sus propios dioses y comerciaban desde tiempos remotos con el ámbar, la miel y las pieles del norte. La Iglesia de Roma quería cristianizarlos, por las buenas o por las malas, y para eso mandó a hombres duros.
El más decisivo fue Alberto de Bekeshoveden (Alberto de Riga), un clérigo alemán de Bremen que llegó en 1200 al frente de una flota de cruzados. En 1201 trasladó la sede del obispado de la pequeña Ikšķile a un punto estratégico junto al río Daugava, cerca de su desembocadura en el Báltico, y allí fundó Riga. Ese acto de fundación, respaldado por comerciantes de la isla de Gotland, es el que hoy se celebra como el nacimiento de la ciudad.
Alberto no vino solo a rezar. En 1202 fundó la Orden de los Hermanos de la Espada (los Portaespadas), una orden militar de monjes-guerreros encargada de someter a los pueblos bálticos, y en 1211 puso la primera piedra de la catedral, el Domo, que todavía domina el casco antiguo. Riga se convirtió así en la capital de Livonia, la base desde la cual la cruzada del norte, a sangre y fuego, incorporó estas tierras a la cristiandad occidental. Durante los siete siglos siguientes, quienes mandaron en Riga hablaron alemán.
Superada la fase de conquista, Riga descubrió su verdadera vocación: el comercio. Su posición era inmejorable, en la boca del Daugava, el gran río que conectaba el Báltico con el interior de Rusia y con las rutas hacia Bizancio. Por Riga salían el lino, la madera, el cáñamo, la cera y las pieles del este, y entraban las manufacturas de Europa occidental.
En 1282 Riga ingresó en la Liga Hanseática, la poderosa confederación de ciudades mercantiles del norte de Europa, y se transformó en el mayor puerto comercial del Báltico oriental. La ciudad se llenó de gremios, de casas de comerciantes, de iglesias de ladrillo y de riqueza. De esa época vienen instituciones tan curiosas como la Hermandad de las Cabezas Negras, un gremio de mercaderes solteros y extranjeros que tenía por patrón a San Mauricio —de ahí la cabeza negra de su escudo— y cuya sede, la Casa de las Cabezas Negras, sigue siendo el edificio más fotografiado de Riga.
El poder real estaba en manos de una élite de comerciantes y clérigos de habla alemana, los llamados alemanes del Báltico, que dominaron la vida económica y social de la ciudad durante siglos, por encima de la mayoría letona, campesina y a menudo sierva. Esta división entre una élite germana urbana y un pueblo letón rural marcaría la historia de Letonia hasta bien entrado el siglo XX. La Reforma protestante llegó pronto y con fuerza: ya en la década de 1520 Riga abrazó el luteranismo, que sigue siendo la confesión mayoritaria.
La riqueza de Riga la convirtió también en botín codiciado. Tras el derrumbe del Estado de la Orden Livona a mediados del siglo XVI en la larga Guerra de Livonia, la ciudad pasó por varias manos. Estuvo un tiempo bajo la Mancomunidad polaco-lituana y, en 1621, fue conquistada por el rey Gustavo Adolfo de Suecia. Bajo dominio sueco, Riga llegó a ser la ciudad más grande del Imperio sueco, incluso mayor que Estocolmo, y se reforzaron sus murallas y su economía.
El siglo XVIII trajo el gran cambio de dueño. En la Gran Guerra del Norte, Pedro el Grande de Rusia arrebató Riga a los suecos: la ciudad capituló en 1710 y el Tratado de Nystad de 1721 la incorporó formalmente al Imperio ruso. Durante los dos siglos siguientes Riga fue una ciudad rusa en lo político, pero conservó su carácter alemán en lo cotidiano: los zares dejaron a los alemanes del Báltico administrar la provincia, con su idioma, su Iglesia luterana y sus privilegios.
Bajo el Imperio ruso, y sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX, Riga vivió una transformación vertiginosa. La llegada del ferrocarril y la industrialización la convirtieron en uno de los principales puertos y centros industriales de todo el Imperio, con fábricas, astilleros y una población que se multiplicó. Fue en ese boom, hacia 1900, cuando la ciudad se llenó de los espectaculares edificios art nouveau que hoy son su marca de identidad: un tercio del centro se levantó en ese estilo exuberante en apenas dos décadas. También creció una clase obrera y una intelectualidad letonas que empezaron a soñar con una nación propia.
El siglo XX empezó con violencia. La Revolución de 1905 tuvo en Riga y en el campo letón uno de sus episodios más intensos, con huelgas, quema de mansiones de los terratenientes alemanes y una dura represión zarista. La Primera Guerra Mundial arrasó la región: el frente entre el Imperio ruso y Alemania quedó clavado durante años cerca de Riga, la ciudad fue tomada por los alemanes en 1917 y buena parte de su industria fue evacuada a Rusia.
Del derrumbe simultáneo de los imperios ruso y alemán surgió la oportunidad. El 18 de noviembre de 1918, en el Teatro Nacional de Riga, se proclamó la independencia de la República de Letonia. Pero la independencia hubo que ganarla en el campo de batalla: durante la Guerra de Independencia de Letonia (1918-1920), Riga fue disputada por el gobierno provisional letón, los bolcheviques que instalaron una breve república soviética, y las tropas alemanas y rusas blancas. Con ayuda de aliados —incluida la Armada británica— y de una movilización nacional, los letones consolidaron su Estado.
La Letonia de entreguerras, con Riga como capital, fue un país pequeño pero pujante: reforma agraria que repartió la tierra de los antiguos barones alemanes, cultura floreciente, y una Riga cosmopolita apodada 'la París del Norte'. Como en gran parte de Europa, la democracia sufrió: en 1934 Kārlis Ulmanis dio un golpe y gobernó de forma autoritaria. Pero la verdadera catástrofe venía de fuera.
En agosto de 1939, el pacto secreto entre la Alemania nazi y la Unión Soviética (el pacto Molotov-Ribbentrop) repartió Europa oriental y colocó a Letonia en la esfera soviética. En junio de 1940 el Ejército Rojo ocupó el país y lo anexionó a la URSS tras unas elecciones fraudulentas. El primer año soviético fue brutal: nacionalizaciones, terror y, en junio de 1941, la deportación masiva de miles de letones —familias enteras, incluidos niños— a Siberia.
Pocos días después, en julio de 1941, la Alemania nazi invadió y ocupó Letonia. Comenzó entonces uno de los capítulos más oscuros de la historia de Riga: el Holocausto. La comunidad judía letona, que rondaba las 70.000 personas y era parte central de la vida de la ciudad, fue casi exterminada. En noviembre y diciembre de 1941, en el bosque de Rumbula, a las afueras de Riga, unos 25.000 judíos del gueto de la ciudad fueron asesinados a tiros en dos jornadas, en una de las mayores matanzas del Holocausto anteriores a las cámaras de gas. Al gueto de Riga fueron deportados además miles de judíos de Alemania y Austria para correr la misma suerte. Es una herida que la ciudad recuerda hoy con memoriales sobrios en Rumbula y en el antiguo gueto.
En 1944 el Ejército Rojo reconquistó Riga y Letonia volvió a quedar bajo dominio soviético, esta vez durante casi medio siglo. Hubo nuevas deportaciones masivas en 1949, colectivización forzosa del campo e industrialización acelerada, acompañada de una fuerte inmigración de trabajadores rusoparlantes que cambió para siempre la composición demográfica de Riga. El régimen soviético dejó también su marca en el paisaje: los bloques de viviendas, las fábricas y el imponente rascacielos estalinista de la Academia de Ciencias, que los rigueses apodan 'la tarta de cumpleaños de Stalin'.
La libertad volvió con la perestroika. A finales de los años 80, un movimiento nacional pacífico —canalizado por el Frente Popular de Letonia— empezó a exigir la independencia. El símbolo más emocionante de aquel despertar fue la Vía Báltica del 23 de agosto de 1989: dos millones de personas de Estonia, Letonia y Lituania formaron una cadena humana de casi 600 kilómetros que unió Tallin, Riga y Vilna para reclamar libertad. La 'Revolución Cantada' báltica hizo del canto coral un arma política.
El momento decisivo llegó en enero de 1991. Tras la declaración de restauración de la independencia, Moscú intentó frenarla por la fuerza y unidades soviéticas de tropas especiales (los OMON) actuaron en Riga. Miles de letones se lanzaron a las calles y levantaron barricadas con camiones, troncos y maquinaria agrícola para proteger los edificios clave del gobierno, la radio y la televisión. Fueron las Barricadas de Riga. En los enfrentamientos murieron varias personas —incluidos operadores de cine que filmaban los hechos—, pero la ciudad no cedió. Aquel invierno de coraje se recuerda hoy en el Museo de las Barricadas de 1991.
El 21 de agosto de 1991, en pleno derrumbe del golpe de línea dura en Moscú, Letonia declaró de forma plena la restauración de su independencia, reconocida poco después por la propia URSS. Desde entonces Riga ha renacido: capital de un país miembro de la Unión Europea y de la OTAN desde 2004, que adoptó el euro en 2014. Hoy es la ciudad más grande y dinámica del Báltico, con un casco antiguo cuidado, un barrio art nouveau que es Patrimonio de la Humanidad, una escena gastronómica y cultural joven, y la conciencia, siempre presente, de lo que costó recuperar la libertad. Caminar Riga es leer, en sus piedras góticas, sus fachadas modernistas y sus memoriales, ocho siglos de historia europea condensados a orillas del Daugava.