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Historia de Kuldīga

Goldingen: un castillo de la cruzada sobre el Venta

La historia de Kuldīga empieza con la cruzada báltica, ese movimiento militar y religioso con el que, a comienzos del siglo XIII, los alemanes sometieron y cristianizaron por la fuerza a los pueblos paganos de la costa oriental del Báltico. En el año 1242, el legado papal Guillermo de Módena autorizó a la rama livona de la Orden Teutónica a levantar un castillo de piedra sobre el río Venta, en tierras de los curonios, para asegurar el dominio cristiano sobre la región. Aquel castillo, y el poblado que creció a su alrededor, recibieron el nombre alemán de Goldingen.

Los curonios —en letón, kurši, el pueblo báltico que da nombre a Kurzeme (Curlandia)— eran célebres navegantes y guerreros que durante siglos habían resistido a vikingos y cruzados. Su sometimiento definitivo en el siglo XIII abrió la puerta a la colonización alemana. Goldingen se convirtió en una de las plazas fuertes de la Orden en el oeste, con su castillo dominando el vado del Venta justo donde el río forma la ancha cascada que hoy llamamos Ventas rumba.

La posición era inmejorable: la cascada obligaba a interrumpir la navegación, de modo que las mercancías tenían que descargarse y transportarse por tierra, y quien controlaba el paso controlaba el comercio del río. Sobre esa lógica económica se construyó la prosperidad de la villa medieval, que pronto miraría hacia el gran circuito comercial del norte de Europa.

En la Liga Hanseática

En 1368, Goldingen ingresó en la Liga Hanseática, la poderosa red de ciudades mercantiles que dominaba el comercio del mar del Norte y del Báltico desde Novgorod hasta Londres. Para un pueblo del interior de Curlandia, formar parte de la Hansa era un salto de categoría: significaba conexiones comerciales, protección mutua y acceso a los grandes mercados. El río Venta, con salida al Báltico por Ventspils (Windau), convertía a Goldingen en un puerto fluvial capaz de mover grano, madera, cera, miel y pieles hacia el resto de Europa.

La villa hanseática que se fue formando al pie del castillo tenía ya el trazado que reconocemos hoy: calles estrechas y algo irregulares, una plaza de mercado, la iglesia parroquial —la actual iglesia de Santa Catalina, cuyos orígenes se remontan a esta época— y casas de comerciantes y artesanos. Bajo el dominio de la Orden de Livonia, Goldingen vivió los siglos bajomedievales como una plaza próspera y bien conectada.

Ese equilibrio se rompió en el siglo XVI. La Reforma protestante minó la legitimidad religiosa de la Orden, y la larga y devastadora Guerra de Livonia (1558-1583), desatada por la invasión del zar Iván IV 'el Terrible', descompuso por completo el viejo Estado monástico-militar. En 1561, la Orden de Livonia se disolvió. Pero, a diferencia de otras plazas que quedaron arrasadas, Curlandia encontró una salida política que abriría para Goldingen su época más brillante.

Capital del Ducado de Curlandia

De la disolución de la Orden de Livonia nació, en 1561, el Ducado de Curlandia y Semigalia, un Estado vasallo del rey de Polonia-Lituania gobernado por el último maestre livono, Gotthard Kettler, convertido ahora en duque. Y Goldingen —Kuldīga— fue, entre 1596 y 1616, una de las capitales y residencias principales del ducado. En su castillo e iglesia se desarrolló la vida cortesana de los primeros Kettler, y la villa se llenó del prestigio de ser sede ducal.

El gran momento llegó con el duque Jacob (Jakob Kettler, que gobernó de 1642 a 1682), uno de los personajes más asombrosos de la historia báltica. Jacob, bautizado y casado en la iglesia de Santa Catalina de Kuldīga, era un gobernante mercantilista y ambicioso: impulsó astilleros que construían barcos para toda Europa, fábricas de hierro, salitre y ladrillo, y convirtió al minúsculo ducado en una potencia comercial que llegó a tener colonias de ultramar en la isla de Tobago, en el Caribe, y en Gambia, en África occidental. Kuldīga, con sus talleres y su puerto fluvial, participó de aquella fiebre productiva.

Fue la época dorada del pueblo. El puente sobre el Venta, los molinos, las fábricas y las casas de madera de comerciantes y artesanos que hoy admiramos hunden sus raíces en la prosperidad del siglo XVII. Pero la fortuna del ducado era frágil: dependía de la paz, y la paz no duró.

Guerras, incendios y un pueblo detenido en el tiempo

La Guerra polaco-sueca de mediados del siglo XVII y, sobre todo, la Gran Guerra del Norte (1700-1721) golpearon duramente a Curlandia. Los ejércitos suecos, rusos y sajones cruzaron una y otra vez el ducado; llegaron el saqueo, la peste y el hambre. El duque Jacob fue incluso capturado por los suecos. La red comercial que había hecho famoso al ducado se deshizo, las colonias se perdieron y la energía económica de Kuldīga se apagó.

En 1795, con el tercer reparto de Polonia, el Ducado de Curlandia fue anexado por el Imperio ruso, y el poder administrativo de la región se concentró en Mitau (Jelgava), la nueva capital ducal, y más tarde en las grandes ciudades del Imperio. Kuldīga quedó reducida a una tranquila villa de provincia, alejada de las rutas del ferrocarril y de la industria que en el siglo XIX transformaron Riga o Liepāja. Ese aislamiento, que en su momento fue decadencia, resultó a la larga una bendición: nadie derribó las viejas casas de madera para levantar edificios modernos.

Así, mientras otras ciudades se reconstruían una y otra vez, Kuldīga se quedó quieta, conservando casi intacto su tejido urbano de los siglos XVII y XVIII. El puente de ladrillo que cruza el Venta junto a la cascada se construyó en 1874, ya bajo el Imperio ruso, y se convirtió en otro de sus símbolos. Cuando en el siglo XX llegaron las guerras mundiales y las ocupaciones, el casco antiguo sobrevivió una vez más.

Del siglo XX al Patrimonio de la Humanidad

El siglo XX fue para Kuldīga, como para toda Letonia, un tiempo de vaivenes dramáticos. Tras la independencia del país en 1918 y el período de entreguerras, vinieron la primera ocupación soviética de 1940, la ocupación de la Alemania nazi entre 1941 y 1945 —con el exterminio de la comunidad judía local, que había sido parte importante de la vida comercial de Goldingen— y la larga incorporación a la Unión Soviética hasta 1991, con sus deportaciones y su represión. La región de Kurzeme, además, fue escenario de los últimos combates de la Segunda Guerra Mundial en el continente: la llamada 'bolsa de Curlandia' resistió hasta la capitulación alemana de mayo de 1945.

Durante la época soviética, Kuldīga siguió siendo un pueblo pequeño y algo olvidado, y esa condición volvió a protegerla: no hubo grandes planes de demolición ni bloques que arrasaran el centro. Su casco de madera, con la cascada y el puente, empezó a ser valorado justamente por lo que era, un conjunto histórico excepcionalmente completo. Cineastas soviéticos y letones la usaron muchas veces como escenario de época.

Con la independencia recuperada en 1991, Kuldīga apostó por su patrimonio. Años de restauración cuidadosa y de candidatura culminaron en 2023, cuando la Unesco inscribió el casco histórico de Kuldīga en la lista del Patrimonio de la Humanidad, reconociéndolo como un ejemplo sobresaliente de ciudad de la época del Ducado de Curlandia con arquitectura tradicional de madera. Hoy, la vieja Goldingen es una de las joyas turísticas de Letonia: un pueblo donde el agua de la Ventas rumba, el ladrillo rojo del puente y las casitas de colores cuentan, sin necesidad de museos, ochocientos años de historia.

📚 Bibliografía

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